Acab y la viña de Nabot

7 septiembre 2007 / Rafael Pérez

ViñaEstuve leyendo ayer la historia de Acab y la viña de Nabot (1 de Reyes 21). Esta tiene un valor especial para mí, pues fue uno de los pasajes de la Biblia que primero prediqué, hace ya unos 12 años. Encontré en ella unos cuantos principios ―no sé si los mismos que encontré aquella vez― que paso a compartir a continuación. Aprovecho también para probar en PezMundial otro estilo, alejándome temporalmente de los acostumbrados ensayos tópicos para compartir principios en forma de estudios bíblicos. Me gustaría recibir la retroalimentación de los lectores, ¿qué les parece este formato?

Principio #1: Es difícil administrar justicia cuando estamos en condición de tomar ventaja.

Un tiempo después sucedió lo siguiente: Nabot el jezrelita tenía un viñedo en Jezrel, el cual colindaba con el palacio de Acab, rey de Samaria. Éste le dijo a Nabot: Dame tu viñedo para hacerme una huerta de hortalizas, ya que está tan cerca de mi palacio. A cambio de él te daré un viñedo mejor o, si lo prefieres, te pagaré lo que valga. Pero Nabot le respondió: —El Señor prohíbe que yo le venda a Su Majestad lo que heredé de mis antepasados.

Lo que primero me llama la atención es que al rey Acab le pareció justo el trato que le ofreció a Nabot, el problema es que este ni lo quería ni se lo había pedido. A nosotros siempre nos parecen justas las cosas que nos convienen, aunque estas sean un soberano abuso ante los ojos de todos los demás. Ponerse en los zapatos ajenos para ver y sentir las cosas desde su posición siempre es difícil, pero necesario. También conviene calibrar nuestros puntos de vista con un tercero que no sea parte de la transacción. Una simple consulta podría evitarnos desconsiderar a los demás.

Principio #2: Cuando nos dejamos seducir por nuestros caprichos, rebajamos nuestra posición moral, y la otra parte puede avergonzarnos.

Pero Nabot le respondió: —El Señor prohíbe que yo le venda a Su Majestad lo que heredé de mis antepasados.

El rey sabía que la ley prohibía vender las tierras que se habían recibido como herencia, pero su capricho fue más fuerte que su prudencia. Pocas cosas son tan vergonzosas como recibir la reprensión de aquellos a quienes deberíamos estar guiando por cosas que de antemano sabemos, no deberíamos estar pidiendo, solicitando o haciendo. Aquí, Nabot, un simple agricultor, estaba en una posición moral fuerte y por ende, en condiciones de avergonzar al rey, quien ostentaba un poder político coyuntural. (Existen tres tipos de poderes: poder político, poder legal y poder moral, de éstos, el primero es el más débil y el último el más fuerte. Un verdadero rey debería dominarlos todos, exhibirlos con prudencia y usarlos con comedimiento.)

Es muy común que grandes hombres sea vean empequeñecidos al descender al nivel de sus más bajos deseos; a veces, el campesino más humilde puede ser más poderoso que el rey si mantiene su posición moral. Acab era un rey moralmente débil al que sus súbditos, sus familiares y sus iguales tenían que estarle recordando constantemente lo que se esperaba de él y por ello también, regularmente, se dejaba guiar mal.

Principio #3: Lo importante no es cuánto se recibe, sino cuánto se valora lo recibido.

Acab se fue a su casa deprimido y malhumorado porque Nabot el jezrelita le había dicho: «No puedo cederle a Su Majestad lo que heredé de mis antepasados.» De modo que se acostó de cara a la pared, y no quiso comer.

Nabot tenía una pequeña Viña y la valoraba, pero el rey Acab tenía un reino completo y todavía estaba insatisfecho, quería tener más. Si se analiza políticamente, hasta lo que administraba Nabot era parte del reino, y por ende su viñero prestigiaba a Acab, pero éste no se conformaba con sólo observarlo desde lejos o disfrutar de algunos de sus frutos, sino que deseaba poseerlo, sentir que era suyo. Es muy común encontrar personas que tienen grandes posesiones empecinados en quitarles a los demás lo poco que tienen, lo que no se detienen a pensar es en que el valor de las cosas depende en gran medida de lo que representan para su dueño. Cuando se la logran arrebatar, comprenden que sólo era un pedazo de tierra sin mucho valor en sí misma. Como dijo El Principito: «Lo esencial es invisible para los ojos, lo que hace más importante a tu rosa, es el tiempo que tú le has dedicado».

Principio #4: Usando la excusa apropiada, hasta los hombres más sabios y nobles pueden ser seducidos.

Ante esto, Jezabel su esposa le dijo: —¿Y no eres tú quien manda en Israel? ¡Anda, levántate y come, que te hará bien! Yo te conseguiré el viñedo del tal Nabot. De inmediato escribió cartas en nombre de Acab, puso en ellas el sello del rey, y las envió a los ancianos y nobles que vivían en la ciudad de Nabot. En las cartas decía: «Decreten un día de ayuno, y den a Nabot un lugar prominente en la asamblea del pueblo. Pongan frente a él a dos sinvergüenzas y háganlos testificar que él ha maldecido tanto a Dios como al rey. Luego sáquenlo y mátenlo a pedradas.»

Es común encontrar a personas inteligentes e instruidas tomando parte en las peores causas. Si Jezabel hubiera invitado a estas personas sólo a darle muerte a un justo, quizás se hubieran negado, pero les dio junto a la orden, la excusa para que mantuvieran su imagen ante los hombres: ayuno y falso testimonio. Los hombres más ilustres han prestado sus servicios a las más sangrientas dictaduras, pero para hacerlo, quienes los invitaron a participar siempre les ofrecieron una buena excusa: así como el nacionalismo obnubila a algunos, a otros los complace el ayuno y los actos de piedad. Muchos grandes despropósitos han empezado con una jornada de oración.

Principio #5: Dios, allá en el Cielo, se mantiene muy atento a las injusticias que se cometen aquí en la tierra y siempre actúa para restablecer el derecho robado.

Entonces la palabra del Señor vino a Elías el tisbita y le dio este mensaje: «Ve a encontrarte con Acab, rey de Israel, que gobierna en Samaria. En este momento se encuentra en el viñedo de Nabot, tomando posesión del mismo.

Principio #6: Si no aceptamos la reprensión de nuestros iguales (Principio#2), manteniéndonos en nuestra obstinación, entonces lo hará Dios, y las consecuencias serán mucho más grandes. Primero viene la vergüenza, pero después viene la desgracia.

Dile que así dice el Señor: ¿No has asesinado a un hombre, y encima te has adueñado de su propiedad?» Luego dile que así también dice el Señor: «¡En el mismo lugar donde los perros lamieron la sangre de Nabot, lamerán también tu propia sangre!»

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