Estoy preparando una serie de enseñanzas que estaré compartiendo próximamente en diferentes iglesias, entre ellas, una para un grupo de jóvenes el próximo sábado, dos para una nueva congregación que tiene menos de un mes reuniéndose y otra para una iglesia ya establecida que está en su segundo año. Algo que me ha dado resultado es agrupar las audiencias de acuerdo a sus necesidades, las que son parecidas reciben el mismo mensaje y las que no lo son reciben otro nuevo o calentando, pero según su necesidad. (Anoto cada mensaje compartido junto a la iglesia para llevar el control.)
Como he comentado antes, a mi me enseñaron que los predicadores no repiten, sino que se van a la montaña y bajan todos los domingos con un sermón caliente listo para ser servido. Comencé a recalendar los mensajes en los púlpitos por la misma razón que se recalienta la comida en la casa usando el microondas: para no desperdiciar. En una ocasión fui con mi novia a compartir una enseñanza en una iglesia y ella me comentó que sería interesante repetirla en otros lugares. Me había visto mudado por una semana en la librería recolectado material y pensó que sería un desperdicio compartirlo solo una vez para un solo grupo de personas. La repetí muchas veces ―mejorándola en cada vez― y terminó convirtiéndose en la conferencia Generando el cambio.
Última mente he ido un poco más lejos. Conseguí una grabadora digital de bolsillo y grabo allí todas las enseñanzas. Luego me dedico a escucharlas y anoto las ideas nuevas que surgen en el momento. Siendo así cada vez que repongo una enseñanza no queda igual, sino que mejora con el tiempo. Me doy cuenta de qué ideas funcionaron y cuales fueron difíciles de entender para incluir o reemplazar. La enseñanza Viviendo entre peces la he repetido tantas veces que ya perdí la cuenta y La dinámica de la vida, aquella sobre el desprendimiento, va por el mismo camino. Ya ha crecido tanto que estoy pensando hacer con ella una conferencia para noviembre.
Etiquetas: Discipulado
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.