Frecuentemente escucho entre jóvenes cristianos aquella expresión que reza «yo nací en el evangelio», y cuando la escucho, pienso que quien la pronuncia es un candidato perfecto para morir fuera de él. Hace unos días una pareja de amigos me invitó a compartir ―la enseñanza sobre Sansón― con el grupo de jóvenes de su congregación y cuando terminó la reunión fuimos a comer algo para seguir hablando. Descubrimos que los tres habíamos «nacido en el evangelio» e intentamos identificar la razón por la cual nosotros nos quedamos cuando muchos de nuestros amigos desertaron.
En lo personal me confesé hace mucho en la serie de artículos Hacia el cielo en bicicleta: no tuve el valor de dar el salto. Si me quedé no fue por gusto, sino por falta de valor. Inicialmente el cristianismo y la religión tenían para mí el mismo valor que los vegetales: lo consumía no por gusto, sino porque supuestamente eran saludable para mi alma. Cuando me hastié de ellos, ya era demasiado tarde: le había perdido el gusto a la carne. Ellos se quedaron por costumbre, al ser lo único que conocían.
Me temo que muchos jóvenes cristianos siguen visitando la iglesia al día de hoy porque al haber pasado en ella toda su vida, el centro de su vida social se encuentre allí. Para muchos otros es un valor familiar, ir a la iglesia es una tradición y Cristo es un amigo de sus padres, no de ellos. Estoy terminando una enseñanza que compartiré mañana en un grupo de jóvenes, el objetivo es animarlos a redescubrir su fe, no de segunda mano, sino personalmente.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.