He visto una realidad muy triste que sucede en nuestras iglesias: muchos creyentes no cambian su carácter, sino que solo se ponen un disfraz o hacen mimetismo (imitando a los demás) para parecer maduros y ser aceptados. Me recuerdan esas muñecas rusas que se meten una dentro de la otra y esta otra a la vez dentro de otra. Entonces, cuando escuchan un mensaje no se lo aplican su carácter, sino que solo modifican el disfraz que llevan por fuera.
Recuerdo que por mucho tiempo yo actué de esa manera: tenía dos perfiles, uno era el perfil «evangélico» y el otro mi perfil real, al que yo consideraba mundano, y rechazaba. Cuando escuchaba alguna enseñanza solo retocaba el traje, pero por dentro seguía siendo igual. En esta bifurcación viví por muchos años, y cuando me cansé y rompí el disfraz que me cubría, para venderme ante mis hermanos tal cual era, ellos pensaron que me había descarriado, pero realidad lo que había pasado es que yo nunca me había convertido, solo aprendí a ser como ellos para poder ser aceptado.
El primer paso para romper el traje es llegar a entender que Dios nos acepta tal como somos, que no importando nuestras debilidades, nuestro carácter y nuestra condición actual, Él nos aceptó como hijos y su trabajo con nosotros no es de tres meses, sino de toda una vida. Cuando llegamos a entender esta gran verdad, podemos vendernos ante los demás como somos en realidad, y comenzar a retocar no el traje hecho a la medida de los otros que llevábamos por fuera, sino el verdadero ser imperfecto que habitaba allí dentro.