He visto una realidad muy triste que sucede en nuestras iglesias: muchos creyentes no cambian su carácter, sino que solo se ponen un disfraz o hacen mimetismo (imitando a los demás) para parecer maduros y ser aceptados. Me recuerdan esas muñecas rusas que se meten una dentro de la otra y esta otra a la vez dentro de otra. Entonces, cuando escuchan un mensaje no se lo aplican su carácter, sino que solo modifican el disfraz que llevan por fuera.
Recuerdo que por mucho tiempo yo actué de esa manera: tenía dos perfiles, uno era el perfil «evangélico» y el otro mi perfil real, al que yo consideraba mundano, y rechazaba. Cuando escuchaba alguna enseñanza solo retocaba el traje, pero por dentro seguía siendo igual. En esta bifurcación viví por muchos años, y cuando me cansé y rompí el disfraz que me cubría, para venderme ante mis hermanos tal cual era, ellos pensaron que me había descarriado, pero realidad lo que había pasado es que yo nunca me había convertido, solo aprendí a ser como ellos para poder ser aceptado.
El primer paso para romper el traje es llegar a entender que Dios nos acepta tal como somos, que no importando nuestras debilidades, nuestro carácter y nuestra condición actual, Él nos aceptó como hijos y su trabajo con nosotros no es de tres meses, sino de toda una vida. Cuando llegamos a entender esta gran verdad, podemos vendernos ante los demás como somos en realidad, y comenzar a retocar no el traje hecho a la medida de los otros que llevábamos por fuera, sino el verdadero ser imperfecto que habitaba allí dentro.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
Cualquiera podría pensar que la iglesia del Señor es un lugar ideal, uno en el que no existen los conflictos y si acaso se presentara alguno se resolvería de forma rápida y sin mayores dificultades. No, eso no es así. La iglesia es una familia real, una en la que las diferencias y desavenencias se presentan día tras día entre hermanos que no siempre logran ponerse de acuerdo, por lo menos, no en el momento.
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.