La iglesia necesita medir
Hace unos años leí en el libro La Comunidad del Futuro un capítulo de Stephen Covey donde sostiene que ni las organizaciones sociales ―incluida la iglesia― ni los gobiernos pueden hacer tanto como las empresas por mejorar la calidad de vida de la gente, pues a diferencia de las empresas, dichas instituciones no miden sus frutos en base a criterios objetivos. Este mismo concepto lo desarrolla el economista C.K Prahalad. Aunque no quisiera compartir esta idea, ya que es contraria al objetivo de PezMundial, sería imposible para mí negarla, pues es un retrato de nuestra realidad: nosotros en contadas ocasiones medimos el éxito de lo que hacemos, y para muchos, medir es malo.
En la imágen: La regla, un instrumento de medición.
Regularmente la iglesia solo cuantifica la cantidad de sus emprendimientos (10 campañas, 4 cultos, 3 misiones) pero no se detiene a medir el éxito de los mismos, y lo que es peor, responsabiliza totalmente a Dios por los resultados. Nuestro paradigma es este: siembra la palabra a tiempo y fuera de tiempo sin preguntarte sobre los frutos, pues el crecimiento lo da Dios. Lo sorprendente es que la Biblia enseña todo lo contrario: sus páginas están repletas de números ―hay libros dedicados exclusivamente a ellos―, de mediciones y estimaciones de rendimiento.
Quien tenga dudas sobre la importancia de medir los resultados, que lea la parábola de los talentos, allí queda demostrando con claridad meridiana que Dios sabe cuánto ponemos a rendir lo que nos entregó, cuándo nuestros «negocios» generan perdidas, se mantienen estancados, se duplican o se triplican. Y lo que es más revelador: dice que a quien no produce tanto como él espera ―según su capacidad―, le quita lo que le fue entregado para ponerlo en manos más productivas (optimizar). Para producir mejor con lo que Dios nos ha dado necesitamos comenzar a medir, y hacerlo bien.













Dios espera de nosotros que plantemos y que demos Amor sin medida. Supongo que preferirá “productos” de calidad que de cantidad y que no “negociemos” con Su Amor, sino que lo demos a manos llenas, gratis como gratis lo recibimos.
Un saludo Rafael! Me gusta mucho tu blog.
Mois
Saludos Mois, no me parece que la calidad tenga que reñir con la cantidad. Que un grupo sea pequeño no asegura que tenga calidad; y viceversa. A Dios le interesan ambas cosas.
Me parece importante tu punto de vista, sin embargo yo creo que las cosas materiarles se pueden medir, cuanto multiplicas tus talentos, sin embargo David tuvo una experiencia poco agradable debido a que Censo al pueblo de Dios.
Deja tu comentario!
o a nuestro RSS →
Durante años he predicado sobre la importancia de hacer cosas para Dios (ministerio, misión) y tener una visión; en resumen, he hablado mucho de «hacer» y ahora tengo más urgencia por hablar de «ser». Me he dado cuenta de que hablar de visión obviando el carácter es sumamente peligroso, tanto como una bomba de tiempo, una construcción mal sustentada o una olla de presión.
Es muy cierto que no todo el mundo tiene la capacidad de moverse de una realidad socioeconómica a la otra, pues hacerlo requiere primero tener las oportunidades necesarias y luego pagar un alto precio en carácter y sacrificio, y cierto también es, que aquellos que lo pagan con frecuencia son perseguidos por quienes se quedan rezagados.
Aquellos que poseen mucho conocimiento (ya sea porque se sacrificaron para adquirirlo o porque tienen una mente privilegiada) a menudo no son los más aventajados. Esto sucede porque se obvian otros dos puntos de apalancamiento (aparte del conocimiento) de igual o quizás hasta mayor poder e importancia: la experiencia y las relaciones.
Este método lo he puesto en práctica (con mayor y menor rigor y relativo éxito) para determinar la viabilidad de proyectos tan variados como la escritura de artículos, distribución de materiales, preparación de enseñanzas y conferencias e iniciativas de discipulado dentro de mi iglesia local. Al ser sumamente genérico estoy seguro de que sería extrapolable a otras áreas.
Últimos comentarios
Conversemos!