Ya que son más las cosas en las que yo podría estar trabajando que las que por asunto de disponibilidad puedo involucrarme, he encontrado una forma ingeniosa de desestimar un proyecto o integrarme cuando me invitan a participar: pedir una contrapartida. Esto no me lo inventé yo, sino que lo aprendí de las organizaciones internacionales de ayuda. Si ellos van a realizar una donación de 10 millones para construir una carretera, por ejemplo, exigen que el país beneficiado aporte 3 millones (su contrapartida) antes de desembolsar su parte. Así se aseguran de no botar su dinero: solo los que de verdad valoran el proyecto aportan su parte, aunque sea menor; la gente regularmente toma todo lo que es gratis, aunque no lo use.
Cuando uno intenta estar disponible para los demás siempre hay gente que abusa ―regularmente sin proponérselo―, pues en el mismo momento en que se le ocurre una idea, sin meditarla bien, ya quiere involucrar a otros para «ver lo que sucede». Lo que hago es lo siguiente: si alguien me pide que trabaje en algo, me aseguro de que esté tanto o más comprometido que yo con el asunto, y para comprobarlo, utilizo el truco de la llamada (llámame tal día a tal hora; solo llaman los más interesados) o le pido de forma clara un compromiso de tiempo, dinero o relaciones.
Se puede medir el nivel de compromiso de alguien en cualquier proyecto determinando que tanto de su dinero está invirtiendo en el mismo, que tanto de su tiempo está sacrificando y cuantos de sus conocidos (amigos, familiares) están involucrados en el mismo o por lo menos le han dado su apoyo moral. Si alguien no tiene una buena contrapartida tampoco yo hago mi desembolso, así evito desperdiciar mis recursos.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
Cualquiera podría pensar que la iglesia del Señor es un lugar ideal, uno en el que no existen los conflictos y si acaso se presentara alguno se resolvería de forma rápida y sin mayores dificultades. No, eso no es así. La iglesia es una familia real, una en la que las diferencias y desavenencias se presentan día tras día entre hermanos que no siempre logran ponerse de acuerdo, por lo menos, no en el momento.
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.