Ayer estuve compartiendo con una nueva iglesia que se está sembrando en Santo Domingo. Ellos tienen reuniéndose unas 4 semanas y el sembrador (un «sabio» amigo al que admiro) tuvo que salir de viaje y me dejó la enseñanza para las siguientes dos reuniones. (Ya antes funcioné como bateador emergente en el grupo de hogar de otro sembrador amigo que también se fue de viaje.) Mientras preparaba el material, me sorprendí al descubrir lo difícil que es predicarle a una nueva congregación, pues pienso que lo que más necesitan sus miembros en este momento son los fundamentos y siento que la persona más adecuada para ponerlos no soy yo, sino quien los sembró.
Les llevé una enseñanza sobre la semilla del reino tomando como ejemplo las parábolas de Jesús sobre el tema que están en el libro de Mateo: la «palabra del reino» que cae en buena y mala tierra, el trigo y la cizaña que inicialmente no se distinguen pero que son diferentes, la semilla de mostaza que inicialmente casi no se ve y luego emerge de la tierra como una planta frondosa, la pizca de levadura que es casi imperceptible pero produce un enorme efecto y otras más. Luego escribiré un poco más al respecto.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.