Un tema recurrente en la literatura sobre siembra de iglesias es el tope de los 200. Se ha demostrado que la gran mayoría de las iglesias no supera este límite, que el número 200 es como la barrera natural, el techo donde todas las congregaciones dejan de crecer y comienzan a suceder los problemas: divisiones, chismes, transferencia de miembros. Les he dicho a algunos pastores amigos, en broma, que para pasar ese número mítico las congregaciones necesitan tomar esteroides. Me sorprendí al encontrar en el libro The Tipping Point [El punto clave], este tema analizado desde una perspectiva científica muy interesante.
El autor, Malcolm Gladwell, habla de la capacidad de canalización social, que sería como el límite natural de nuestro cerebro para manejar la carga de información que representa conocer determinada cantidad de personas. Citando al antropólogo Robin Dunbar dice:
Si el individuo pertenece a un grupo de cinco personas se enfrenta a diez relaciones diferentes: las que tiene con los otros cuatro miembros del grupo, más las otras seis relaciones que tienen lugar entre todos los pares posibles. Conocer a todos los miembros del grupo implica esto. Hay que comprender las dinámicas personales, adaptar la propia personalidad a la de los otros, hacer que todos se sientan felices, organizarse para dedicar tiempo a los demás y la atención que nos piden etcétera.
Este antropólogo determinó que al parecer 150 es el número máximo de individuos con los que podemos relacionarnos socialmente de acuerdo a la carga de información que puede manejar el cerebro humano. Cuando los grupos han superado este límite, entonces de desconectan y entran en crisis. He aquí un argumento biológico para el tope de los 200 y muchas de las crisis que ocurren en nuestras congregaciones cuando comienzan a crecer.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.