En Santiago de los Caballeros, después de compartir la enseñaza sobre el amor, estuve conversando con un amigo —me hospedé en su casa— sobre mil y un temas distintos como hasta las 3 de la mañana. Entre todo lo tratado, le mencioné las pocas expectativas que tengo de generar algún fruto significativo usando solo el púlpito. Mi punto es que la predicación contemporánea ha derivado en un simple proceso de razonamiento entre el predicador y el creyente que escucha el mensaje (individuo), y como el contenido está dirigido hacia la persona, y no hacia la iglesia (comunidad de creyentes), todo se dificulta enormemente.
Algo que me llama la atención de las enseñanzas de Cristo es que eran enormemente comunitarias —el maestro predicaba en plural—, y lo mismo podría decir sobre las cartas de Pablo, las cuales tenían regularmente a las iglesias locales como destinatario. Aunque es innegable que en ocasiones ambos se dirigieron a particulares, el grueso de lo que enseñaron no estuvo dirigido a la persona, sino a la iglesia. Estoy convencido de que el mensaje predicado, para que de verdad produzca algún fruto, debería ser «para ustedes», y no «para ti», pero para que esto suceda se necesita más que un púlpito y un auditorio, se requiere una verdadera comunidad, donde todos sus miembros puedan cumplir los unos a los otros y ayudarse del mismo modo a implementar lo aprendido.
Una estrategia interesante que he visto implementar en algunas congregaciones son las reuniones post-sermón, donde los miembros se reúnen algún día de la semana para rumiar lo que aprendieron el domingo. Este es un buen paso, pero por más que se repase, si de verdad no existe el sentido de comunidad, estas reuniones solo ayudarán a fijar lo aprendido en la mente de cada persona, no en la vida de la iglesia.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
Cualquiera podría pensar que la iglesia del Señor es un lugar ideal, uno en el que no existen los conflictos y si acaso se presentara alguno se resolvería de forma rápida y sin mayores dificultades. No, eso no es así. La iglesia es una familia real, una en la que las diferencias y desavenencias se presentan día tras día entre hermanos que no siempre logran ponerse de acuerdo, por lo menos, no en el momento.
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.