Ayer estuve participando en un estudio bíblico bastante interesante, estudiaban el libro de Génesis. Mientras leíamos sobre Abram y sus primeras experiencias con Dios, pensaba en la dificultad que tienen algunos para entender asuntos como la esclavitud o la poligamia en hombres como el padre de la fe. También les es difícil asimilar los hechos sangrientos que narran las escrituras, donde pueblos enteros son destruidos por orden de Dios y la violencia es lo más común.
Lo que sucede es lo siguiente: en miles de años de historia el hombre ha alcanzado ideales de paz y derechos humanos muy elevados. Es injusto leer la historia de pueblos nómadas peleándose entre ellos y esperar que resuelvan sus problemas de forma civilizada como si existiera la ONU. Por otro lado, la revelación de Dios al hombre ha venido de forma progresiva hasta resplandecer con claridad meridiana por medio de Cristo. Lo que conocía Abram del plan de Dios para la humanidad no era tan claro o preciso como lo que conoció Moisés; ni lo que conoció Moisés fue tan claro como lo que conoció Pablo.
Algunos han propuesto que la Biblia tenga un cintillo donde se advierta, como en las películas, sobre contenidos violentos, cosa que de entrada no suena tan descabellada. Pero si eso fuera necesario, todos deberíamos esperar hasta la mayoría de edad antes de abrir cualquier libro de historia. Esta realidad no hace de la Biblia un libro peligroso, sino, que confirma su validez histórica. Lo sorprendente es, que estos conservadores que proponen colgarles cintillos a las escrituras para esconder la crudeza de las batallas, se manifiestan de forma muy liberal ante muchas otras cosas.
Es sumamente injusto aquello de mutilar la historia y suponer que el presente es solo un asunto fortuito o del destino. La paz no es una casualidad, sino el fruto de la obra de Dios en el mundo a través de miles de años. Él comenzó donde estábamos nosotros y nos trajo hasta aquí.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
Cualquiera podría pensar que la iglesia del Señor es un lugar ideal, uno en el que no existen los conflictos y si acaso se presentara alguno se resolvería de forma rápida y sin mayores dificultades. No, eso no es así. La iglesia es una familia real, una en la que las diferencias y desavenencias se presentan día tras día entre hermanos que no siempre logran ponerse de acuerdo, por lo menos, no en el momento.
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.