Normalmente recibo dos o tres correos al mes de hermanos solicitándome diferentes cosas desde distintos lugares del mundo: Biblias, alimentos, casetes, libros o que les apadrine un niño. Que pidan cosas no es problema, lo que sí molesta es la forma en lo que lo hacen: Envíenme 500 Biblias para una actividad evangelística, esta es mi dirección…. Quiero el último CD de Jesús Adrián Romero… Envíenme toda la información relativa a tal tema… No hay un saludo o una justificación, sino tan solo una dirección de correo y la creencia de que con solo pedir se recibirá.
Cuando los recibo me quedo pensando qué les hace pensar a ellos que yo tengo tres cajas de Biblias o CDS en mi casa a la espera de que me las soliciten; o que dirijo alguna ONG que apadrina los niños de los creyentes. Luego recuerdo los tiempos en que escuchaba radio cristiana en onda corta y anunciaban direcciones a las que uno podía escribir para recibir «cosas»: notas y bosquejos o libros y casetes. Ellos, y los misioneros gringos que nos predicaron el evangelio con versículos y dólares, fueron quienes nos malacostumbraron.
Esta cultura de pedir está muy arraigada en nuestras iglesias y me parece que es una herencia de las misiones americanas, las cuales venían a nuestros países y predicaban el evangelio junto a un enorme despliegue de recursos. La visita de los misioneros era sinónimo de alimentos, ropa, salud y juguetes; cosas que no son malas en sí mismas pero que en algunas situaciones hacen más daño que bien. Es sumamente normal, y hasta de esperar, que si vienes de un país desarrollado a visitar un tercer mundo pobre y necesitado algo traigas, pero creo que si en vez de traer un pez para saciarnos el hambre de un día nos hubieran enseñado a pescar, para comer todo el mes—como dice el viejo proverbio—, hoy estaríamos mejor.
El primer problema de ese paternalismo era que sacaba a los creyentes de su entorno y los hacía vivir artificialmente en una burbuja de comodidad importada. En el preciso instante en que alguien llegaba a la iglesia aumentaba su calidad de vida, pero no porque haya desarrollado los hábitos o las actitudes necesarias para mejorar su condición, sino porque la iglesia tenía un ombligo con el norte que permitía un sistema parásito donde los unos eran alimentados por medio de la riqueza que producían los otros.
Cuando los misioneros se iban se rompía el ombligo y el problema que dejaban era mucho mayor que el que habían encontrado. Antes eran pobres, pero por lo menos sabían trabajar la tierra y estaban habituados a su condición limitada, ahora tenían otra calidad de vida, pero sin capacidad para mantenerla. Hubiera preferido mil veces que en vez de traer a nuestras iglesias sus instituciones de beneficencia los misioneros nos hubieran traído sus herramientas para producir riqueza, pues en vez de una iglesia dependiente hoy tendríamos una iglesia productiva; podríamos estar dando en vez de seguir pidiendo.
Si alguien hoy está encerrado en el templo quemando incienso es porque otros, al mismo tiempo, están poniendo la tierra a parir para producir riqueza. Si los cristianos no creamos conciencia sobre la necesidad de ser productivos para extender el reino, abandonando aquella enfermiza dependencia, nuestro tan anhelado sistema de ministerio «a tiempo completo» tiene los días contados. Necesitamos un Pedro que deje la barca cargada de peces a la orilla del mar para llegar a ser pescador de hombres, pero también a un Nicodemo y a otro José de Arimatea que produzcan el dinero para alimentar a Pedro.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.