Todos vemos la realidad a través de una serie de filtros, unas imágenes mentales que adquirimos en su mayoría de nuestras familias o en el camino y que funcionan como líneas rectoras, condicionándonos para determinar lo bueno y lo malo; lo adecuado y lo incorrecto; lo apropiado y lo inapropiado; lo que hacemos o dejamos de hacer. Pero los cristianos tendemos a subestimar todo eso, el aspecto de la conducta, la formación familiar y las experiencias pasadas, creemos que por el simple hecho de poner a las personas en contacto con una nueva información serán transformadas.
Todos tenemos un conjunto de supuestos, y cuando vamos cambiando nuestras suposiciones por las afirmaciones de Dios, empieza a suceder la transformación. A continuación comparto algunos supuestos posibles:
Es imposible transformar el carácter de alguien por medio de una enseñanza de 45 minutos. Podemos moverle un poco o desafiarle a re-pensar sus supuestos, pero a menos que no se creen las condiciones adecuadas, se invierta el tiempo necesario y la persona esté conciente del cambio, no cambiará. Nuestros modelos mentales son sumamente elásticos: podemos estirarlos y moverlos de un lado al otro, pero a menos que se rompan, tarde o temprano volverán a su lugar original.
El cambio siempre es un asunto conciente y voluntario, las personas tienen primero que reconocer cuales son sus modelos mentales, luego saber que necesitan moverse y después, tomar la decisión personal y voluntaria de hacer el cambio. Discipular no se trata solamente de ofrecer información, sino de ayudar a las personas a reconocer esas imágenes, ofrecerles el pensamiento de Dios y acompañarles en el proceso.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
Cualquiera podría pensar que la iglesia del Señor es un lugar ideal, uno en el que no existen los conflictos y si acaso se presentara alguno se resolvería de forma rápida y sin mayores dificultades. No, eso no es así. La iglesia es una familia real, una en la que las diferencias y desavenencias se presentan día tras día entre hermanos que no siempre logran ponerse de acuerdo, por lo menos, no en el momento.
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.