El pasado fin de semana estuve en Santiago, compartiendo una serie de tres enseñanzas en el Encuentro de Capacitación Nacional (ECAN) de la Asociación Dominicana de Estudiantes Evangélicos (ADEE). Este es un evento para estudiantes de universidades y secundarias de diferentes pueblos. Fue una experiencia muy interesante compartir con ellos y conocer de primera mano sus experiencias predicando en las aulas.
El tema centrar fue el mismo de la asamblea mundial: En Cristo en el mundo. Los lectores habituales de este espacio deben de estar ya familiarizados con las ideas compartidas, pero de todos modos les dejo las tres presentaciones.
Lamentablemente no pude quedarme hasta el cierre el campamento, pues tenía un compromiso la tarde de ayer aquí en Santo Domingo y salí corriendo para llegar a tiempo. De todos modos pude conocer mucha gente y participar en algunos de los talleres, muy interesantes.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.