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Amor, 2,000 años después

EdiciónHe estado analizando el asunto del amor, pero no a la luz de las percepciones contemporáneas, sino sobre lo que enseñó Jesús, con su ejemplo, sobre este tema. He notado cómo el amor se ha convertido en comodín, y en su nombre se llegan a justificar cosas hasta contradictorias —yo también he caído en la trampa—. Expresiones como «lo hicimos porque nos amábamos», «si me amas no me juzgues», o, «es imposible luchar contra el corazón», son comunes en nuestras conversaciones, pero pienso que tienen más que ver con la poesía que con la Verdad. No conozco el límite de la poesía, pero sí conozco el origen de todo lo bello: Dios.

Cuando escucho aquello de «no me arrepiento de lo que hice, pues lo hice por amor», pienso que la expresión inversa es la correcta: porque le amabas, no debiste haberlo hecho. Otro comentario común es «hago esto con amor, por lo tanto, agradará a Dios». Cualquier expresión, por más apasionada, profunda y sobrecogedora que sea, si no refleja el carácter de Dios, no puede ser considerada como amor verdadero. Si Dios es amor, el amor debe reflejar su carácter.

El buque insignia del activismo amoroso contemporáneo, a lo interno de la iglesia, es el «ámense los unos a los otros». Lo que suponen algunos es que yo debería amar a mi hermano hasta un punto tal en que nuestras diferencias, racionales y reales, queden difuminadas por los colores pasteles del afecto, la tolerancia y la aceptación. Siendo así, sin importar lo que él y yo creamos, nuestras diferencias, podríamos alcanzar dicho ideal. Lo que no se dice regularmente es, que antes de pronunciar el consabido estribillo, el maestro dijo, tajantemente, que el verdadero amor consiste en obedecer sus mandamientos. Antes que usted y yo podamos amarnos, es necesario que estemos, ambos, amando a Dios.

En los tiempos en que vivimos parecería que la gente, por fin, ha aprendido a amarse, pues se nos repite tanto aquello de amar en vez de juzgar y aceptar a los demás tal cual son y están, sin ningún tipo de miramientos, que el verdadero amor cristiano ha venido a ser reducido a una vil mentira, muy parecida al odio. He aquí una paradoja: el amor es algo muy profundo para la mayoría de las personas, sin embargo, son estos mismos los que nos piden que seamos superficiales a la hora de entregarlo. Digo esto porque la única manera en que puede funcionar su amor ciego es manteniendo las relaciones en el mínimo nivel de cercanía, eligiendo así no ver. Cada vez que dos personas profundicen en cuando a sus convicciones y supuestos, aflorarán sus enormes diferencias: ¿Cómo andarán dos juntos si no estuvieran de acuerdo? ¿Qué relación tendrá la luz con las tinieblas? Antes de amar, es necesario conversar.

Otra cosa que se pide comúnmente, al hablar del amor, es la sinceridad, y pensando en esto, tengo que decir que encuentro mucho más sincero decirle a mi prójimo que aunque le valoro como persona, creada por Dios, no me agradan de ningún modo sus ideas o su cosmovisión —las cuales pueden ser hasta ofensivas para el creador—, que sinceramente estoy tratando de persuadirlo —pues siempre lo hacemos, aunque digamos que no—, a plantarle una sonrisa artificial o decirle que le recibo completamente y sin reservas a pesar de que nuestras posiciones se repelen. Prefiero ser excluyente de forma transparente que incluir a todo el mundo usando máscaras. Permítanme utilizar el título de un libro y parafrasear otro para ilustrar este punto: El amor siempre tiene razón, amar es también pensar.

El amor que aprendimos de Jesús no es ciego, sino lucido, basado en decisiones constantes, tomadas con claridad meridiana y firmes convicciones. Cuando Cristo estaba por ser clavado en la cruz no estaba sintiendo mariposas en la barriga o pensando en flores: el sentía angustia y aflicciones, pero estaba profundamente convencido de su llamado, por eso mantuvo hasta el final su decisión (tomada a conciencia y bien meditada durante miles de años) de morir por nosotros. Su sacrificio no fue un impulso ni un capricho. Así mismo, el verdadero amor entre hermanos no consiste en la percepción de emociones profundas, o en la aceptación simplona, si no en una profunda comprensión de lo que esto significa y todas sus implicaciones.

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Rafael PérezRafael Pérez (Pastor)
Conoció al Señor en el Templo Evangélico de la 19 de Marzo (1989) —Azua—, sirvió durante diez años en la Iglesia de Lucerna (Asambleas de Dios) y como maestro en varias congregaciones de Santo Domingo. También ha trabajado para el Departamento de Publicaciones de las Sociedades Bíblicas Unidas (SBU). En Abril del 2008 comenzó junto a su familia y un grupo de amigos la Comunidad Cristiana PezMundial. Rafael es Administrador de Empresas y vive en Santo Domingo (República Dominicana) junto a su esposa Carolina.

Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com



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