Hoy, temprano en la mañana, me levanté para ir a llevar un amigo al aeropuerto. Es un señor ya entrado en años al que me atrevo a llamar «sabio» y no vacilaría ante la oportunidad de sentarme a sus pies. Es una de esas personas que ya hicieron en la vida todo lo que normalmente se espera: una hermosa familia ya avanzada, una carrera exitosa como profesional (de los nacionales, uno de los más respetados en su área, sino el más), muchos libros publicados y mucho servicio social. Está en un tiempo —pienso— donde pocas cosas sorprenden e importa más aquello que se deja que aquello que no se ha tenido: su meta ya no es alcanzar o conocer, sino preservar y transmitir. Justamente iba rumbo a New York a compartir un diplomado.
Hay una diferencia interesante entre un hombre sabio y uno inteligente: cuando el inteligente habla, se nos abren los ojos, cuando habla el sabio, medio se cierran los ojos, se abren los oídos mientras se asiente con la cabeza y se cierra la boca. La sabiduría tiene pocas palabras y se transmite lentamente; no deslumbra, sino que ilumina.
Teniendo él casi tres veces mi edad, y quizás diez veces mi experiencia, cualquiera pensaría que tenemos muy poco de qué hablar, y quizás así sea. Lo que sí sé es que en la cabeza de ese señor hay algo que no se aprende ni en los libros ni en la universidad, y es la sabiduría. Con la paciencia que da el tiempo, me habló de muchos de los problemas de la iglesia contemporánea, pero no solo a la luz de la Biblia, sino también a la luz de los años. Comprobándose así aquello que dijo el predicador: «Generación va, generación viene, mas la tierra siempre es la misma». Quizás sea esa la diferencia más grande entre él y yo al hablar de cualquier tema: mis ojos están en el presente y los suyos en el pasado, aquello que yo veo hoy como una novedad, y me asombro, para él es solo una repetición de lo que ya vio hace mucho tiempo, y ni siquiera se inmuta.
Casualmente, este amigo que llevé hoy al aeropuerto fue quien acompañó en sus últimos momentos a aquel otro, al que le dediqué mi último ensayo: «De la religión a la espiritualidad; y viceversa».
Conversar con personas de otras generaciones es algo que disfruto enormemente, me ayuda para esto tener muchos amigos que me doblan en años. Pienso que es una necesidad muy urgente en la iglesia contemporánea esta conversación entre generaciones, pues, lamentablemente, no es tan común como pudiera ser. Para que suceda, se necesitan dos cosas: las generaciones anteriores necesitan tener disposición para transmitirnos a nosotros aquellas cosas que vieron, vivieron y aprendieron en el camino, y nosotros, las nuevas generaciones, necesitamos humildad para sentarnos a los pies de ellos. Sobre todo, se necesita mucho carácter cristiano para romper con aquellos prejuicios malditos que acarreamos de generación en generación: los jóvenes no sirven y los viejos nada valen.