Estoy investigando los temas para unos artículos que pienso escribir sobre la utilidad práctica de la teología. Lo que quiero presentar es que así como la ciencia se convierte en innovación al ser aplicable a la resolución de algún problema y llega a ser tecnología cuando mejora la calidad de vida de la gente, el conocimiento que tenemos sobre Dios debe servir para algo concreto, más allá de llenarnos la cabeza de aire.
Pueden hacerme llegar cualquier información que aporte algo en este sentido o sus comentarios al respecto. Los temas que investigo son los siguientes:
La última es un poco más personal (estoy abierto a recibir cualquier consejo): ¿Me serviría de algo completar los créditos pendientes para terminar el Profesorado en Teología que inicié en 1998 o continuar con el estudio académico de esta?
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.