Hace unos años hice una encuesta, vía e-mail, entre mis compañeros de trabajo. Eran tres preguntas muy sencillas y las hice con la intención de conocer un poco mejor su posición con relación al cristianismo y la iglesia. La semana pasada, mientras buscaba unos papeles, me topé con sus respuestas impresas. Por ser preguntas muy abiertas, son algo difíciles de tabular, pero el elemento común que he encontrado en todas es que ellos no ven en nosotros modelos a imitar, sino que nos tienen como un grupo de hipócritas que intentan parecer lo que en realidad no son. Desde aquella vez, hace ya unos tres años, he estado tratando de entenderles.
Lo más fácil sería irse por la vía corta y desestimar el asunto tomándolo como una critica barata. Ellos dicen eso para no convertirse —me dijo un hermano—, son solo excusas. Quisiera consolarme en ese simplismo, pero la verdad es que en muchos de sus puntos tienen razón y por lo menos tengo que reconocer que hablan con mucha base: muchos me pusieron a sus padres o sus hermanos, quienes son cristianos, como ejemplo. Por otro lado, estoy casi seguro que si convertimos sus pedradas en ladrillos podemos sacarles algo de provecho y construir algo de valor.
Yo también he notado que la renovación del pensamiento —cambio profundo— no es lo más frecuente en nuestras iglesias, sino la alineación, y ellos —los no creyentes— no ven esto como un esfuerzo loable, sino como soberana hipocresía. Aunque tampoco creo que hagamos esto con una mala intención, sino que nuestra gente intenta sinceramente cambiar su comportamiento y el único camino que encuentra para hacerlo es la imitación.
Sucede que un nuevo creyente llega a la iglesia, toma la doctrina, se bautiza, se sienta y comienza a ver como nos comportamos los cristianos para copiar nuestro carácter. Aprende a hablar como nosotros utilizando un vocabulario cristiano, a visitar lugares santos, a mantener una actitud de reverencia y a rechazar a todo lo que rechaza la iglesia. Luego procede a conocer las historias la Biblia memoriza uno o dos versículos y ya está hecho: parece un cristiano maduro, pero en realidad es una copia barata de otra copia mal hecha.
A simple vista lo es, pues habla y se comporta como tal, pero existen al menos dos problemas: él está haciendo un esfuerzo para mantener su comportamiento —agotadora labor— y su carácter no está moldeado siguiendo el patrón del carácter de Cristo, sino el de otros cristianos, los cuales, no necesariamente son ejemplos a imitar. Ya que está haciendo un esfuerzo para mantener su nuevo comportamiento, tarde o temprano se cansará y terminará mostrándose tal cual es.
En gran parte este alineamiento sucede por la presión de grupo. Nuestras iglesias no están preparadas para recibir las personas en su estado natural ni para verlas tal como son, por tanto, hemos llegado a creer que en el mismo momento de la conversión el nuevo creyente deja atrás sus dudas, preguntas, pensamientos y malos hábitos. Pero la realidad es que a menos que ocurra una renovación en los pensamientos que producen tales comportamientos, la persona no estará en condiciones de cambiar. Así, termina colgándose una careta forzada para hacerse compatible.
Nuestros programas de discipulado tampoco se preocupan mucho por la renovación de la mente, nos importa poco como piense el nuevo creyente siempre y cuando el se comporte como esperamos que lo haga. No trabajamos al nivel de las convicciones, sino al nivel de las actuaciones; no vemos el origen de un determinado comportamiento, sino su consecuencia. Cuando un creyente se sale de la línea (peca) no pensamos en sus motivaciones que lo llevaron allí, sino solamente en el acto.
A menos que la iglesia proyecte una cultura de sinceridad, sus miembros nunca se sentirán en confianza para modificar sus comportamientos. Ser sinceros no significa ser condescendientes o permisivos, sino, ser transparentes y dejar de vendernos como todavía no somos, aunque podamos llegar a serlo. La principal razón por la cual los creyentes no crecen es porque no tienen la oportunidad de lidiar con sus problemas sin ser rechazados.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.