Una vieja parábola dice que el pintor colgó su cuadro en la pared de la galería y le puso el siguiente cartelito: «Quien encuentre algún error, firme con su nombre». Al día siguiente regresó y encontró el lienzo lleno de garabatos. Se enojó, descolgó el cuadro y puso otro en su lugar, pero esta vez el rotulo rezaba: «El que encuentre algún error, y pueda hacer algo mejor, firme con su nombre». Nadie se atrevió a tocarlo. He escuchado esa ilustración una y otra vez y confieso que hasta la he usado, pero creo que su moraleja, aunque pueda parecer útil e ingeniosa, puede llegar a hacer más daño que bien.
Es posible que la parábola haya sido útil durante un tiempo, y su moraleja haya servido de alguna manera a sus oyentes, pero con el tiempo su uso se ha desvirtuado y ahora precisamos volver a explicarla o construir nuevas imágenes para transmitir las mismas ideas.
Esta parábola es una de las mordazas más artísticamente construidas que he conocido, haciendo uso de ella se puede vender por arte cualquier adefesio o pasar como verdad cualquier expresión artística. El arte es un asunto subjetivo y según los cánones actuales es incorrecto juzgarla desde punto de vistas meramente formales. Un cuadrado negro tiene ahora mismo la misma validez que un paisaje impresionista; pero con la verdad no pasa lo mismo que con las pinturas. Lo que sí ocurre es que ella puede ser ser entendida o interpretada artísticamente: un hereje es un artista que usando la paleta de colores de sus dudas, temores y deseos matiza el gran cuadro de la verdad para hacerla atractiva ante sus ojos, pero su nueva imagen, a pesar de haber sido construida con elementos verdaderos, no tendrá una buena crítica, y solo unos cuantos vanguardistas como él podrán hacerla suya.
Cuando Pablo estuvo predicando entre los bereanos se encontró con una audiencia bastante crítica, la cual le escuchaba atentamente («con toda solicitud») pero ponía el mismo empeño en contrastar sus ideas. Pablo no se sintió ofendido, sino que se integró al dialogo. Si la relación entre Pablo y los hermanos de Berea hubiera seguido el planteamiento de la parábola del pintor, ellos hubieran tenido dos opciones: o aceptaban sin más las ideas expresadas por Pablo o le demostraban por medio de un discurso más elaborado que estaba equivocado. Tomando en cuenta la capacidad intelectual de Pablo, tenían todas las de perder.
No es justo pulsear para hacer doctrina, pues de vez en cuando hermanos simples, quienes no tienen mucha fuerza intelectual, detectan el error por medios poco exhaustivos, como la forma de conducirse del predicador o su falta de amor. Un maestro lleno de orgullo y vanidad, el cual habla más de él mismo y sus logros que de Cristo, no tiene que mencionar al diablo para ponerse en evidencia. Ahora, no le pidas al hermano que encontró el error por medios empíricos que haga una demostración pública usando las herramientas de la apología. La iglesia debe conversar, para que haciendo uso de todos los dones y ministerios que Dios puso en ella se llegue a la verdad.
Por otro lado, está el hermano poco letrado, pero orgulloso, que a priori, cataloga cualquier enseñanza como falsa y tampoco conversa. Este, en su ignorancia, cae en el mismo error que aquel hereje. El problema más grande de ellos no es predicar el error, sino hacerlo desde su individualidad. Siempre he creído que la única diferencia entre el hermano errado y un hereje es el orgullo. El primero puede reconocer que creyó mal y aceptar la ayuda de la comunidad, pero el segundo tiene la cabeza más grande que el corazón y creerá estar en la verdad aunque todos sus iguales le intenten mostrar el camino.
La crítica es importante porque si está bien intencionada encontraremos en ella una expresión comunitaria, la cual, misteriosamente, funciona como filtro y estabilizador de las ideas. Un libro, un cuadro o una canción se hacen públicos no solo para transmitir un mensaje, sino para recibir una retroalimentación y, mediante ese intercambio, alcanzar un dialogo, una conversación constructiva que aporte algo a la comunidad. Una buena obra no solo comunica, sino que conversa, no siempre soluciona, sino que de vez en cuando solo sirve para abrir el dialogo.
Cuando escribo no siempre lo hago porque tenga la solución, o una propuesta superior, sino porque estoy viendo el problema. Tengo la convicción de que cuando se trabaja en comunidad es más difícil detectar correctamente la causa raíz de los asuntos que nos afectan que conseguir la más adecuada de las soluciones (aunque ambas cosas son importantes). O dicho de otra manera: el planteamiento correcto y sincero del problema tiene el mismo merito o validez que un intento de solución; y una solución impuesta verticalmente, o simplista, es tan lamentable como la crítica malintencionada.
Lo que más me molesta de la parábola que cité al principio es que ella no pretende construir progresivamente usando los pequeños aportes de la comunidad, sino que solo admite soluciones terminadas o superiores. El autor no busca un dialogo horizontal con su audiencia mediante una obra interactiva, sino gritos verticales, y en su cartel deja colar el orgullo y la vanidad de sus motivaciones. No siempre tengo la capacidad de corregir los errores que veo en los cuadros, o los recursos para enmendar las injusticias de la vida, pero tengo la seguridad que entre todos podemos hacer algo, o por lo menos, alcanzar juntos una expresión superior.
Comprendo que hay un ejercito de críticos dentro de toda comunidad que nada aportan —a mi entender, estos eran los destinatarios originales de la mencionada parábola—, sino que encuentran su identidad transparentando su mediocridad por medio del desmérito, pero tampoco es correcto suspender el dialogo para darles el gusto a unos pocos. Me parece que aquí entra en juego el criterio del artista, quien usando el sentido común, sabrá valorar el esfuerzo que hicieron otros para contemplar su obra.
Un buen inicio para detectar la intención de la crítica es hacer la siguiente pregunta: ¿Leyó usted completamente la obra? (Casi todos los críticos malintencionados abren la boca antes de abrir la mente.) Estoy escribiendo casi a diario en este espacio desde el 2003, y en los 5,069 comentarios que han recibido las 837 ideas que he compartido, podría decir, con satisfacción, que los que he dado por malintencionados han sido los menos. Claro, siempre está el hermano que lee el título y pasa directamente a manifestar su desacuerdo o aquel que tira la piedra y no se queda para conversar, pero por unos pocos no valdría la pena que todos nos quedáramos callados.
Una experiencia interesante para mí fue cuando el mes pasado compartí el ensayo «De la religión a la espiritualidad; y viceversa». Ya he recibido casi 100 comentarios, entre formales e informales, buenos y malos, por escrito y oralmente, optimistas y pesimistas; pero todos ellos los he agradecido de corazón. Lo que pienso es que si alguien se toma el tiempo para leerse un mamotreto de más de 8,000 palabras, como mínimo, merece mi atención. Sería muy descortés de mi parte rechazarlos solo porque no comulguen con mis ideas.
Las comunidades se edifican por medio del dialogo sincero, constructivo y transparente. Cuando para valorar una aportación solo se toma en cuenta la superioridad de esta con relación a la mía, o criterios pragmáticos, sin hacer el esfuerzo por comprender las motivaciones que dieron lugar a una opinión, se destruyen. Donde no hay conversación, sino solo gritos, el resultado no es arte, o una buena obra, sino el silencio. Por eso: sigamos conversando.
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En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.