Ayer, mientras compartía la enseñanza «La dinámica de la vida» con los hermanos de la Iglesia Misión Bíblica, les decía que la única forma de encontrar paz en medio de la incertidumbre de un mundo cambiante era confiar en el amor del padre, quien desea lo mejor para nosotros sus hijos; que por más que intentemos cuidarnos a nosotros mismos la opción más «razonable» no era tomar mejores precauciones, sino abandonarnos en sus grandes manos. Entonces recordé la forma en que hace unos años yo acostumbraba a predicar.
La palabra «razonable» me trae muchos recuerdos, pues comencé predicar utilizando la razón y lanzando piedras a la cabeza de la gente para desmontarlos de sus argumentos. Para mí, el escenario perfecto para compartir mi fe era la galería de mi casa, con dos sillas (una para mí y otra para el mormón o el testigo de Jehová de turno); en la mesa del centro, una Thompson, libros de apologética y muchos recortes de revistas. La mañana del sábado era el día en que yo cumplía mi ministerio contendiendo ardientemente por la fe.
Evaluándolo en retrospectiva, fue tiempo perdido. Es casi imposible que utilizando razonamientos lógicos (sin importar la validez de los mismos) podamos presentarle a Cristo a otra persona, por las siguientes cinco razones:
El terreno ideal para compartir nuestra fe no es el razonamiento o enfrentamiento directo entre contrarios, sino amar primero y discipular (enseñar) después. La gente no vendrá a Cristo por mucha información que le demos, vendrá porque será atraída por su amor. Quizás sea esta la diferencia más grande entre Cristo y nosotros y el factor que lo hizo tan atrayente: Cristo amaba primero —sin importar la situación de la persona— e instruía después. Dejemos de apuntar a la cabeza y apuntemos a los corazones.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.