El dilema de la tolerancia — PezMundial
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El dilema de la tolerancia

ToleranciaMientras veía en E! Entertainment la biografía de Ellen DeGeneres, actriz y comediante declaradamente lesbiana, quedé asombrado ante los comentarios de un predicador norteamericano —del cual ya no recuerdo el nombre—. Este le llamó «Ellen la degenerada». Al escucharlo me enojé en gran manera y comencé a reprender mentalmente a este hermano. Le decía (en mi mente):
— ¿Acaso no estaría Cristo dispuesto a recibir a esta mujer, a darle amor sin importar su preferencia sexual? ¿Acaso se convirtió Cristo en adultero cuando le salvó la vida aquella mujer de dudosa condición moral?

Pero me di cuenta que mientras defendía a esta actriz de las garras de este predicador implacable, estaba también manifestando mi desaprobación ante su lesbianismo (lo igualé a otras inmoralidades). La paradoja es que intentando defender a Ellen DeGeneres posiblemente también me gane su mala voluntad. He aquí una realidad: las personas no solo quieren ser aceptadas, sino que desean que asumamos sus preferencias particulares, sus caprichos y hasta sus vicios, de tener algunos.

Estoy casi seguro de que estaría dispuesto a ofrecer mi amistad a personas con quienes no comparto su conducta (digamos las cosas como son: con quienes no comparto sus pecados), y de hecho se la he ofrecido, pero cuando ellos llegan a conocer que no comulgo con sus particularidades, entonces me rechazan a mí en mi generalidad. Ellos no solo quieren ser tolerados, sino que también exigen ser seguidos para sentirse bien. DeGeneres dio a conocer públicamente su preferencia sexual en uno de los episodios más vistos de su serie Ellen, y el público la toleró (ella que haga lo que quiera con su vida), pero Ellen no se conformó con ser tolerada y su siguiente movimiento fue convertir su programa en una demostración pública de una relación homosexual, y el mismo público que inicialmente le dio el espaldarazo le retiró el apoyo, y la serie fue cancelada.

Más de uno de mis amigos se han sorprendido cuando he aceptado acompañarlos a lugares no frecuentados por cristianos, pero al estar ya en el sitio, ocurre una de dos: o desean que yo no solo visite el lugar con ellos (que les acompañe), sino que participe de cosas que en lo personal no comparto (y se ofenden); o piensan que me estoy desangrando por dentro solo por estar en el sitio (y sienten que me están ofendiendo a mí). Yo les aclaro que solo fui por acompañarlos y en parte para hacerles entender que mis convicciones van más allá de lugares o establecimientos, pero su mente excluyente solo acepta que me emborrache o me vaya, y son tan radicales como el mismo Cristo: el que conmigo no recoge, desparrama. Les he dicho que me acepten, que aunque no me emborrache disfruto estar con ellos, pero me responden que los borrachos no se fían de los abstemios, pues al otro día ninguno de ello recordará las locuras de la borrachera, pero yo sí.

Un dilema en cuanto a la integración y los prejuicios es que aquellos que eligen (palabra esta muy de moda e integradora, paladín de la libertad) modos de vidas alternativos no solo desean que aceptemos su elección, sino que abandonemos la nuestra, que «sintonicemos» con ellos. Esta confusión se la atribuyo, en parte, al relativismo moral del postmodernismo, donde se asume que la verdad es un asunto local y se debe ser incluyente aunque eso signifique excluirse uno mismo.

El paradigma que predican es que para un cristiano aceptar a un musulmán debe asumir los valores de su religión, que para llegar a aceptar un judío debe circuncidarse y para no ofender las sensibilidades todos debemos esconder las cruces, las estrellas de David y las media lunas (respectivos símbolos del cristianismo, el judaísmo y el islamismo). He sabido de casos donde pastores protestantes son obligados a casar homosexuales (para no denigrar). Y yo me pregunto que si este hombre y su congregación, quienes no comparten los valores de aquellos, no están siendo denigrados. Si fuera el pastor quien visitara una reunión de homosexuales, ¿ellos tendrían que soltarse de las manos y sentarse calmadamente a escucharlo a él promover sus valores cristianos para no denigrar al reverendo? Si un chino visitara mi casa, ¿tendríamos yo y mi familia que guardar el tenedor y comer con palitos para no ofender su cultura?

Elegir es un derecho, en eso estamos de acuerdo, pero si para validar tu elección tienes que anular (por la fuerza) la mía, la libertad de todos se convierte en aberración. Sueño con una iglesia donde los homosexuales y las lesbianas sean bienvenidos, pero sueño también con que ellos estén dispuestos a escucharme llamar pecado a su conducta; y me encantaría, en vez de tener que casarlos, ayudarles a comprender el plan de Dios para sus vidas y poder decirles: váyanse y no pequen más.

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Rafael PérezRafael Pérez (Pastor)
Conoció al Señor en el Templo Evangélico de la 19 de Marzo (1989) —Azua—, sirvió durante diez años en la Iglesia de Lucerna (Asambleas de Dios) y como maestro en varias congregaciones de Santo Domingo. También ha trabajado para el Departamento de Publicaciones de las Sociedades Bíblicas Unidas (SBU). En Abril del 2008 comenzó junto a su familia y un grupo de amigos la Comunidad Cristiana PezMundial. Rafael es Administrador de Empresas y vive en Santo Domingo (República Dominicana) junto a su esposa Carolina.

Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com



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