A diferencia de Larry Downs, Lizzie Sotola o Melvin Rivera, quienes están bien metidos en el mundo de libro («la industria», para ellos), yo soy un simple usuario de las librerías, pero usuario frecuente. Ya que siempre es útil, para los que están dentro, escuchar la opinión de los de afuera, me permito recomendarle a cualquier librero un detalle que me haría visitar su librería: la facilidad de leer el libro allí mismo. Parecerá que estoy pidiendo mucho, pero creo que si lo explico podría conseguir este favor.
Permítanme terminar estos ocho puntos diciendo que las librerías cristianas, por lo menos las locales, tiene muy poco que ofrecer a sus usuarios. Cuando he entrado alguna, a los tres segundos tengo encima a un vendedor, de los que al parecer cobran por comisión, metiéndome por los ojos el último de algún evangelista famoso. Muchas figuritas, muchos forros de Biblias con portarretratos, muchos CDS y poco ambiente, nada de café, solo libros de moda y diez ojos encima para que no me les robe su mercancía. Su concepto es: entre, tome este, pase por caja y Dios le bendiga.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.