Cultura cristiana: entre lo estético y lo práctico — PezMundial
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Cultura cristiana: entre lo estético y lo práctico

Lo he intentado con todas mis fuerzas, pero no puedo, he perdido la capacidad de resumir. No encuentro la manera de volver a ser conciso y poder expresar las ideas utilizando pocas palabras. Tomen aire, que este, artículo tiene el record de longitud.

ArteTodo artista cristiano se encuentra ante un gran dilema al moverse entre dos corrientes: una estética, la cual se siente comprometida con lo artístico, y otra práctica, que afirma que una obra debe servir para algo más que deslumbrar los sentidos —como si los sentidos fuera malos— y tener alguna aplicación práctica. Este es un pleito muy viejo que va y viene con diferentes nombres, pero en el fondo siempre produce lo mismo: artistas cristianos que tienen que poner versículos en su obras, o llenarlas de significados evidentes, para que no ser perseguidos.

Con relación a la literatura cristiana, muchos opinan que todo debe ser doctrina (en forma de normas abstractas), y cuando alguna obra llega a sus manos no pueden hacer otra cosa que abrir la gaveta de la ortodoxia y sacar de allí la regla y el compás para medir el alcance doctrinal de la misma y la circunferencia de sus ideas. Si las afirmaciones del autor no son tan redondas como ellos esperaban, sino más bien ovaladas, encontrarán que no pasa el examen y se incluirá en la lista negra. Esto puede llegar a extremos en que se miden obras cuya pretensión lejos está el ser religiosas, o sentar doctrina cristiana, de acuerdo a estos cánones.

A principios del siglo XX Marcel Duchamp creó cierto revuelo en los círculos artísticos al mostrar una serie de obras elaboradas utilizando objetos cotidianos que por medio de algunas modificaciones, fruto del punto de vista del autor, mutaban en arte. Bajo este paraguas conceptual, que llamó Ready-Mate presentó un urinario como fuente y con un taburete junto a una rueda creó una de mis obras de arte favoritas: la bicicleta. En la obra de este artista los objetos cotidianos adquieren valor estético sacrificando, en algunos casos, su funcionalidad —presagio de la postmodernidad—, y podemos estar o no estar de acuerdo con esto, pero ese era su concepto, no el nuestro. La bicicleta de Duchamp solo sirve para transportar su punto de vista.

En la imágen: Rueda de Bicicleta, Marcel Duchamp (1913).

De los libros que leí el año pasado uno de los que más disfruté fue el de Donald Miller, Tal como el Jazz. Cundo lo terminé, pasé a recomendarlo entre mis conocidos y a esperar para recibir su respuesta ante el mismo, las cuales estuvieron divididas. Para algunos fue bueno, para otros insulso y para unos cuantos irrelevante. Alguien que lo leyó me dijo que era tan subjetivo y personal que no aportaba nada a la doctrina cristiana. Casualmente, en mi opinión, la relevancia de este libro estuvo precisamente en eso: sus pocas pretensiones. Un autor toma lápiz y papel y comienza a escribir —muy estéticamente— sobre su experiencia con la religión cristiana. Por otro lado, el cintillo del libro, donde se leía «pensamientos no religiosos sobre la espiritualidad cristiana» me parece sumamente revelador del sentir de mi generación, concepto exploté en el ensayo De la religión a la espiritualidad; y viceversa.

En la cultura cristiana ocurre lo inverso que con el Ready-Mate, aquí un urinario solo servirá para recibir nuestros desechos líquidos y la bicicleta solo será un medio de transporte. Para nosotros, si no se puede correr en la Bicicleta importará poco su valor estético, o lo que es lo mismo, si el libro no se puede clasificar en algunas de las ramas de la teología será solo basura. Junto a esto, tengo que decir, que se prefiere justificar basura utilizando versículos traídos por las greñas antes que recibir arte sin citas bíblicas intercaladas. Duchamp inició un movimiento disruptivo porque no se conformó con aceptar el significado obvio de las cosas que tenía a su alrededor, sino que se atrevió a ver más allá de la caja.

En la imágen: Garrote de Mr. Eko, Lost [Perdidos].

Un ready-mate muy actual es el garrote que utiliza Mr. Eko, uno de los protagonistas de la serie Lost [Perdidos]. Incrustados, el palo tiene una serie de versículos bíblicos, por lo que igual le sirve al dueño para dejárselo caer entre las costillas a alguno de sus enemigos como para predicar la palabra en medio de la isla (el garrote de Mr. Eko va de lo práctico a lo estético). Este garrote no es solo madera, es arte, es Biblia y una herramienta sumamente práctica. Tiene la característica especial de poder ser estético sin sacrificar su funcionalidad. Ya desearían algunos pastores tener a su disposición un recurso como este. Otro ejemplo de la misma serie es un grupo de vírgenes de porcelana (arte sacro) que aparecieron en el episodio Deus Ex Machina y fueron utilizadas para transportar heroína (estas vírgenes van de lo estético a lo práctico).

En la imágen: Estatuilla de Heroína, Lost [Perdidos].


Una parte o ambos a la vez

No todo es estético o funcional, hay obras donde se conjugan ambas cosas. La arquitectura está llena de ejemplos de este tipo. Una catedral, por ejemplo, es bella, representa algún movimiento culturar y sirve para acomodar la gente en su interior. Algunas llegan a ser tan funcionales que hasta se puede hablar a miles de personas sin utilizar un equipo de sonido. Pero sería injusto pedirle a todas las obras que demuestren su relevancia utilizando criterios pragmáticos. El enfoque ambos a la vez puede ser útil para determinados fines, como para el evangelio de Lucas (escrito con usando el griego más correcto, según me han dicho) y el de Marcos (altamente vívido y expresivo), pero esto no invalida las partes. Me interesa poco la relevancia estética de un tornillo, siempre y cuando este cumpla su función correctamente estaré conforme, pero no así con el cuadro que adorna la sala de mi casa, pues en este caso no quiero que solo se sujete a la pared, sino que sea bello.

Un caso interesante es cuando se va de la estética a la practicidad por otras razones. He escuchado algunas canciones cristianas que evidentemente sus letras no estaban originalmente dedicadas a expresar el amor de la iglesia hacia Cristo, sino entre humanos. Puedo especular que quien las escribió quizás pensó en su pareja, pero para poder interpretarla dentro de la nube, se vio obligado a cristianizarlas usando los sustantivos Padre, Señor o dos o tres «te alabo» o «te exalto» que siempre le vienen bien a las santas melodías. Así, por evitar la censura, se cae en la hipocresía y todas las canciones terminan pareciéndose. Creo que urge hacer la diferencia entre una canción cristiana (o de contenido cristo-céntrico) y otra cantada por cristianos pero con intereses más humanos, que tampoco es malo.

El mejor ejemplo para explicar cómo las artes pueden ser utilizadas por los creyentes sin caer en las moralinas, es la obra musical de Juan Luís Guerra. Su canción Testimonio está dedicada a Dios, aunque no le nombra directamente. Dice:

No necesito pastillas para dormir
si estás conmigo
todos los sueños florecen
cuando me hablas al oído.

No necesito millones
ni acorralar los corazones
y sólo en tu cafetera
todo el cielo enamorado se cuela.

La producción Ni es lo mismo ni es igual (1998), donde esta fue incluida, contiene otras diez canciones dedicadas en su mayoría al amor e impregnadas del folklore dominicano, entre ellas, La hormiguita:

La conocí una tarde
con su guitarra cazaba boleros
tenía puesto un jean
y una rosita amarilla en el pelo.

Qué vas a hacer, me preguntó, sonriendo
lo que tú quieras, respondí
fuimos al mar y mojamos los sueños
guiñé mis ojos y un delfín
pintó una ola rizada en su pecho.

Luego reí y rompimos el hielo
y rompimos el hielo
nos mordimos los dedos
nos mordimos los dedos
como viola en un solo de chelo.

A algunos no les gustó que este artista, el cual daba testimonio de su nueva fe, siguiera cantando para «el mundo», pero olvidaban que Juan Luís, antes que teólogo o maestro, es músico, y aparte de todo aquello, dominicano. Mi mayor preocupación cuando se convirtió era que comenzara a intercalar versículos en sus melodías, y en un momento, de forma egoísta, hasta deseé que se perdiera para seguir tarareando Bachata Rosa. El primer sencillo de su última producción poco tiene que ver con religión —a Dios las gracias—, pero es una canción alegre, sin pretensiones de erudición, donde la estética (representada por su buen gusto al mezclar varios ritmos) toma el lugar principal. Con todo eso, en el 2006, mientras era ovacionado en Viña del Mar, este gigante pronunció las siguientes palabras:

Después de haber compuesto tantas canciones de amor, he llegado a la conclusión de que nadie tiene un amor más grande que aquel que da la vida por sus amigos. Eso fue lo que Jesús hizo por mí y también lo hizo por ti.

Johnny Cash comenzó su carrera cantando música gospel. En la película Walk the Line [En la cuerda floja] hay un dialogo interesante que sucede entre este y Sam Phillips, quien era entonces presidente de Sun Records, sello que grabaría su primera canción. El cantante inicia una de sus canciones con temática religiosa, pero Phillips lo detiene después de escuchar la primera parte, y le dice:

– Aguarden, odio interrumpir, ¿pero, no tienen otra cosa? Perdón, pero no puedo seguir vendiendo gospel.
– ¿Es todo?
– No gravo material que no se vende. Perdón señor Cash, pero el gospel ya no gusta a la gente.
– ¿Es el gospel o la forma de cantar?
– Ambos.
– Que tiene de malo como canto.
– No puedo creerle.

Esto me recordó Cristianos al lado del camino, un artículo que escribí el año pasado sobre lo irreal que me parecen la mayoría de las canciones cristianas. Me pasa lo mismo, suenan tan lindas que no puedo creérmelas. Las escucho tan celestiales que no me imagino que algún hombre que haya pisado esta tierra pudiera haberlas escrito. Me sorprendió la reacción del cantante, pues le dio al director la misma respuesta estándar que me dan los creyentes cuando le pongo el tema. Es algo como que si no creo en sus canciones tampoco creo en Dios.

Transcribo la otra parte:

- Entonces no cree en Dios. (responde el cantante)
– JR, vámonos, dijo que no (le dice uno de los músicos).
– No, quiero entender, tocamos un minuto y me dice que no cree en Dios.
– Sabe exacto lo que estoy diciendo. Ya he escuchado esa canción cientos de veces, igual todos la cantan como usted lo hace.
– No dejó que llegáramos al final.

Tuve que repetir está parte unas diez veces, la escuché una y otra vez. Mejor respuesta no se podía haber dado:

– Vamos, voy a escuchar el final, pero pongan su estilo. Mire, si lo atropellan y estuviera en una cama muriendo y solo pudiera cantar una canción, solo una, que las personas recordaran antes de irse. Una canción que le dijera a Dios lo que sintió aquí al vivir en la tierra. Una canción que dijera absolutamente todo, ¿cantaría esa canción? La misma que Jimmy Davis ha cantado en la radio todo el día. Sobre su paz interior, lo real que es, o como va a gritarlo al cielo. O cantaría algo muy diferente, algo real, algo que sintiera. Y le voy a decir una cosa, esa es la clase de canciones que quieren escuchar, esas son las canciones que salvan personas. No tiene nada que ver con creer en Dios, señor Cash, tiene que ver con creer en usted mismo.

Y justamente aquí comenzó a cantar diferente, con fuerza y sinceridad:

– Tengo un par de canciones que escribí en la Fuerza Aérea. ¿Tiene algo contra la Fuerza Aérea?
– No
– ¡Yo si!

Paradójicamente, actualmente el gospel si se vende, y mucho. Pero sigue siendo tan irreal, celeste y poco sincero como aquella vez, en el pequeño estudio de Sun Records, cuando Johnny Cash todavía lo cantaba.

Buscando herejías
Otro ejemplo, en este caso con relación a las letras, son las obras de C.S. Lewis y J.R.R. Tolkien, las cuales no son complacientes ni aptas para la mesa del censor evangélico, pues mencionan brujas y personajes mitológicos. Estos dos no escribían devocionales espiritualizantes o tratados evangelísticos, sus obras están cargadas de mitología nórdica y fantasía. Quien quiera entenderlas, tendrá que hacer su pequeño esfuerzo.

La tendencia dentro de la nube evangélica es encontrar doctrina —o herejías— en todo lo que consumimos, leer el periódico cotejando hechos con el libro de Apocalipsis y en vez de disfrutar la película o la canción ponerlas al revés para encontrar mensajes subliminales. Con relación a las artes dramáticas, se hurga en los recovecos de la historia para encontrar que el teatro negro tiene un origen pagano, se les pone música rock a las plantas para demostrar que este ritmo es perjudicial para la salud o se hacen listones con el conjunto de instrumentos que son o no son bíblicos.

Me reí mucho ayer, mientras cenaba con un amigo, pues me comentaba que los expertos en iglecrecimiento han determinado que la batería aleja a los no creyentes y muchos pastores, de los que se conducen por estos informes, se han apresurado a sacarla del templo. La pobre, hace diez años nos peleábamos para que nos dejaran incluirla en la alabanza y ahora nadie la quiere dentro. Paradojas del mundo evangélico, tan dado a satanizar lo desconocido y a beatificar lo particularmente conveniente.

Creo que el temor que produce ver el artículo, el libro, la canción o el poema siendo diseccionada en el escritorio del censor es el principal causante de que al día de hoy la mayor parte de la cultura cristiana que tenemos a la mano carezca de relevancia estética, pues sus autores se ocuparon tanto por mantener los trazos dentro de la zona de seguridad (para no ser criticados o aislados) que no pudieron ir más allá de la repetición de patrones o los modismos aprobados del momento. Es importante ser correcto, tener el cuidado de la sana doctrina y ocuparse por expresar buenos valores utilizando las artes, pero cuando el motivo de nuestro cuidado no es honrar a Dios, sino cuidarnos las espaldas, el asunto comienza a tomar un mal camino. Cuando la paranoia es el motor que mueve al artista su obra no será ni estética ni funcional, sino rígida, servil y complaciente; un adefesio que ni sirve para los ojos ni para nada más allá.

Artes solo sacras
Otra posibilidad es que dentro de la iglesia solo estemos fomentando los «ministerios bíblicos», pero nos estemos olvidando de las artes. Me parece que hay muy buenos oradores dentro de la iglesia que no son maestros, pero podrían contribuir también por medio de su arte (la oratoria) y ser de bendición para la iglesia. Como para todo se necesita un versículo, es común encontrar a un arquitecto divinizando su oficio usando como ejemplo el tabernáculo o a una bailarina encontrar su equivalente en la danza —perdón, se les dice danzarina, no bailarina, para no pecar— y su ejemplo en el rey David.

Recuerdo que en un campamento, cuando trabajaba como líder de jóvenes de mi congregación, organizamos una actividad donde había que dramatizar historias de la Biblia usando hechos contemporáneos, la llamamos Biblia al día. Uno de los grupos imaginó a José siendo asistente de Potifar, presidente de la República, mientras la mujer de este le tentaba en un penthouse. Yo dramaticé a Sansón, un joven sureño que se había mudado a la capital recientemente por razones de estudio y era tentado por Dalila, una de sus compañeras. No pretendíamos dar estudios bíblicos ni explicar doctrina profunda alguna, nuestra única pretensión era pasar un buen rato viendo las historias que casi todos aprendimos de niños, en la escuela dominical, desde otra perspectiva. Cuando me despojé de mi personaje, tuve que ir corriendo a apagar los fuegos que se levantaban en las mentes más conservadoras, las cuales no podían soportar a un José politizado o a un Sansón sanjuanero.

Como no somos los creyentes muy dados a degustar las artes, todo tiene que ser muy obvio y evidente, todo significado debe estar a flor de piel. Si alguien no entiende el párrafo a la primera lectura encontrara el espíritu de confusión y si los colores empleados en el cuadro no son pasteles, verán inmoralidad. Este fariseísmo artístico ha llevado a algunos a encontrar lujuria en el rojo, satanismo en el negro y confusión en los degradados. Lo más natural entonces fue prohibir los cines, las emisoras de música no cristiana y cualquier manifestación del arte que no tenga un versículo rotulado.

Y hablando de versículos, muchos opinan cualquier otra cosa que un predicador incluya en su sermón es herejía. En varias de las ocasiones en que compartí la enseñanza Viviendo entre peces encontré creyentes con los ojos brotados y la boca abierta, solo porque aparecía en el datashow sagrado el tagline de una película sobre Ernesto Che Guevara, Diarios de Motocicleta: «Deja que el mundo te cambie…y podrás cambiar el mundo». Lo que no sabían ellos es que hace unos años me invitaron a predicar en una iglesia y se me olvidó leer la Biblia al inicio. Casi nadie lo notó, pero sí mi madre, que me estuvo reprendiendo por una semana.

Por respeto a los hermanos más tradicionales deje de enseñar leyendo las escrituras en mi Palm —era la misma Biblia en formato electrónico, pero algunos hermanos no escuchaban la voz de Dios si no veían el libro—. Ahora, siempre que subo a un púlpito leo el pasaje en mi Reina Valera, dando la cita al principio, y llevo una Biblia (en físico); aunque los versículos estén escritos en el datashow con letras gigantes. De todos modos, creo que es mejor predicar utilizando palabras llanas que han sido previamente iluminadas por la luz de las escrituras que hacerlo en la oscuridad entregando versículos como si fueran fósforos apagados, solo para cumplir.

Esta liturgia en la predicación (ponerse de pie reverentemente y con cara de haber bajo del cielo, leer un versículo y hacer la oración) tampoco me parece obligatoria. No es extraño encontrar predicadores leyendo el tradicional versículo de entrada para proceder a cerrarla inmediatamente y pasar a hablar de su pasado violento entre pandillas y drogas, sus enfrentamientos con demonios o sus exitosas campañas allende los mares. Es bueno indicar que aquello de lo que hablamos tiene su referencia escritural, pero también es posible utilizar las escrituras para hablar de cualquier cosa que se antoje y aquí se podría decir entonces que el predicador no solo usa las artes para comunicar el mensaje, sino que predica con licencia artística, lo cual no comparto.

Otros puntos de vista
Quien desea impactar positivamente su cultura debe estar dispuesto a lidiar con la realidad de que no todo el mundo vive metido dentro de una nube. El fin de semana tuve el gusto de ver It’s a Wonderful Life, una clásico de 1946. Es una película preciosa con un hermoso mensaje, y no aparece ninguna mujer desnuda, cosa extraña en nuestros días. Llámenle decadencia o como quieran, pero de las 20 películas que he visto en este año solo cuento dos o tres que no atenten directamente contra mis valores cristianos, y eso, que si las veo de nuevo algo le encuentro. Entonces, ¿Qué hago? Sería ideal solo ver cine clásico o mudo, pero aún allí podrían encontrar pecado en algunos de los bailoteos de Chaplin.

El arte es arte porque comunica algo, y ese algo no es necesariamente una enseñanza cristiana o un guiño de ojos para lo santos, sino el punto de vista del artista. Regularme los artistas contemporáneos tienen las mismas inquietudes, por lo que por medio del arte se podría entender algún momento histórico. Ya sea la importancia del individuo en un entorno colectivo, representada por Woody Allen en Antz (1995); la solidaridad y la aceptación de la muerte que expresa Almodóvar en Volver (2006) o la aceptación de la realidad familiar, la falacia del positivismo y el afán enfermizo por alcanzar el éxito estándar que evidenciaron Toni Collette y Steve Carell en su Little Miss Sunshine (2006); todas estas obras comunican algo.

Con lo que expresa una obra de arte, podemos o no estar de acuerdo, pero regularmente vale la pena conocerlo. La funcionalidad de estas obras no reside en que después de verlas tengamos una respuesta, sino, en que sirven para conocer otros puntos de vista alternativos y poder ofrecer la respuesta de Dios. O, a fin de cuentas, para llorar, reír y pasar un buen rato, pues divertirse tampoco es pecado y bien que le vendría a unos cuantos fundamentalistas (léase aquí no aquellos que se apegan a los fundamentos, sino los quienes tienen la mente metida dentro de una funda).

Los que viven como los hijos de Ned Flanders, dentro de una nube de versículos, deben recordar que es imposible cambiar una realidad que no conoces, y Pablo estaba muy conciente de esto cuando visitó los altares paganos para «ambientarse» en cuando a la cosmovisión del pueblo que intentaba ministrar. Nuestro mayor error es ver Hollywood MTV y los medios de comunicación como malas influencias, ellos no son influencia, sino reflejo de la sociedad contemporánea. Es triste, pero el mundo al que vamos a ministrar (mi generación), se parece más a ellos que a la escuela bíblica de mi iglesia, donde estuve sentado el domingo. Con mi comentario no me refiero a que un creyente apoye o disfrute de esos contenidos, sino, a salir de la caja para desarrollar un criterio cristiano y poder entender nuestro mundo.

Viajar es una buena forma de conocer otras realidades, aunque a un costo un tanto prohibitivo. Pero también están las artes, transportadas en diferentes medios, las cuales nos permiten viajar sin movernos del salón. Hace unos días World Press Photo presentaba la mejor fotografía del 2006, una de Spencer Platt que describe una realidad bastante alejada de mi entorno, pero que aún así pudo conmoverme. Tomada durante la invasión Israelí en Líbano, le imagen muestra las contradicciones sociales. En palabras del jurado: «Tiene la complejidad y la contradicción de la vida real, en mitad del caos. Va más allá de lo obvio».

En la imágen: Foto ganadora del World Press Photo 2006.

Debería ser esta forma de arte un grito que nos impulse a la acción, o por lo menos nos inquiete en nuestras cristianas indiferencias locales, pero la mente evangélica solo verá vanidad y altivez de espíritu y dará el asunto por olvidado. Este es el problema de la iglesia con las artes: ellas van más allá de lo obvio para expresar las contradicciones de lo cotidiano, pero como no queremos hacer el esfuerzo, entonces nos quedamos sin entender. Me dirán que hay arte donde no vale la pena detenerse, como el cuadrado negro que ve la chica en el anuncio de Coca-Coca (Ok, ya lo vi, es un cuadrado negro) pero también hay otros cuadrados, como el de esta foto, tan negro como aquel, pero lleno de significado.

Besos, abrazos y mucho sexo
Limítate a leer la Biblia —me dijo una hermana—, ella tiene literatura de todos los géneros y así no corres ningún riesgo. Pero eso es si la leo con los lentes puestos —le respondí— pues la misma Biblia está llena de actos que serían censurados si se escribieran en este tiempo. Si no hubiera sido por la destreza poética de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera, muchos pasajes tuvieran mensajes de advertencia y clasificación. Cantar de los Cantares, por ejemplo, un libro con muy poca doctrina (tomando doctrina por filosofías complicadas que nadie entiende muy fácilmente) y muchos besos, abrazos y escenas altamente sexuales (esto sí es entendido por todo el mundo). También algunos Salmos imprecatorios y comprometedores se seguirían leyendo en latín.

Escuché una vez, en un estudio bíblico, que Cantares no es un libro sobre el amor entre un hombre y una mujer, sino una metáfora de la relación entre Dios y la iglesia, pero prefiero seguir pensando en Salomón espiando a su morena detrás de las celosías, o en ellos dos retozando entre la viña, que imaginar a la Divinidad en hechos tan comprometedores. Estas justificaciones simplistas se parecen a los cuentos que les hacen los padres a los hijos para no decirle la verdad sobre como los trajeron al mundo. Cuando el muchacho es preguntón, el cuento se vuelve más comprometedor que la realidad. Papi, ¿y donde tienen los senos las cigüeñas? ¿Dónde pone su espermatozoide el señor cigüeño para fecundar el óvulo? ¿Será por debajo de las alas?

¡Hazme del todo tuya! ¡Date prisa!
¡Llévame, oh rey, a tu alcoba!

Me llevó a la sala del banquete,
y sobre mí enarboló su bandera de amor.
¡Fortalézcanme con pasas,
susténtenme con manzanas,
porque desfallezco de amor!

Hay sexo y sensualidad en el libro de cantares, y mucho arte, pero el mismo no es vulgar, o inmoral, pues el lenguaje poético envuelve las palabras de forma tal que las deja bien vestidas. Quien no entienda los hechos, por su elaborado vocabulario artístico, que lea el libro en una versión popular, o use una paráfrasis, y se dará cuenta.

Entonces, ¿para qué sirve Cantares? Quizás para recordarnos nuestra humanidad, para hacernos ver que a Dios no le molestan ni el arte ni las manifestaciones estéticas y para demostrar que se puede consumir algo más que normas sin rayar en lo vulgar. Sirve para enseñarnos cómo se puede ser estético y disfrutar de lo bello sin mencionar los aleluyas siempre y cuando se haga con una mente renovada y de acuerdo a un conjunto de valores superiores.

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Rafael PérezRafael Pérez (Pastor)
Conoció al Señor en el Templo Evangélico de la 19 de Marzo (1989) —Azua—, sirvió durante diez años en la Iglesia de Lucerna (Asambleas de Dios) y como maestro en varias congregaciones de Santo Domingo. También ha trabajado para el Departamento de Publicaciones de las Sociedades Bíblicas Unidas (SBU). En Abril del 2008 comenzó junto a su familia y un grupo de amigos la Comunidad Cristiana PezMundial. Rafael es Administrador de Empresas y vive en Santo Domingo (República Dominicana) junto a su esposa Carolina.

Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com



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