Una cabeza llena de aire — PezMundial
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Una cabeza llena de aire

Rafael Pérez Cristianismo, Música, Personales, Reflexiones 1,437 Lecturas

TrombónDe niño tomé clases de música. Recuerdo que llegué a la biblioteca del pueblo, donde ensayaba la banda municipal y enseñaban los mismos músicos. Me recibió el profesor Manuel, quien era amigo de la familia y estaba casado con Carmen, mi primera profesora. Era un señor moreno, de cuerpo grueso, mediana edad y cuello prominente. Tocaba el trombón de vara, y cuando soplaba una nota, su cabeza, como un globo, se llenaba de aire.

Llegué junto a otro amigo, con la ilusión de aprender a tocar el piano, pero la banda carecía de dicho instrumento y mi maestro soñaba con que yo siguiera sus pasos. Usó todos los medios que estuvieron a su alcance para que me enamorara de su trombón, pero cuando veía su cabeza inflada y su brazo ir y venir sobre la vara, se me moría cualquier ilusión. (Me llevó varias veces la noche del domingo la glorieta del parque, para que lo viera tocar, pero ante la ausencia del piano, los tambores y redoblantes me parecían más interesantes.) Después de meses de solfeo cantado me entregaron un clarinete al cual le partí una caña por cada cuatro notas que logré sacarle. Para colmo, las cañas no las vendían en el pueblo y había que mandarlas a comprar a la capital. A mi amigo le fue peor, la última vez que nos vimos, él venía bajando la Emilio Prud’Homme con un bajo de viento que se le envolvía por el cuello como una serpiente y le sobresalía por encima como un caracol.

Conservo fresca en mi mente la lección 31 del Pozzoli. Eran lecciones cantadas, yo me las embotellaba y le hacía mímicas al profesor Manuel como si las estuviera leyendo del libro que tenía sobre el atril, mientras marcaba con la mano derecha un compás de cuatro tiempos. Cuando alguna nota se me extraviaba, me la inventaba o soltaba un estornudo, y el profesor me decía con su voz grave: ya empezamos con la estornudadera.

Lo que recuerdo de la música es que en mi primer contacto con ella, por el método educativo al que me sometieron, estuve tan concentrado en el tecnicismo de la misma: los compases, las blancas, las negras, las fusas y semifusas, que nunca le tomé amor. Por otro lado, tuve años después otro acercamiento, menos formal y esencialmente empírico, pero mucho más significativo y relevante para mí. Durante un tiempo escribí canciones, y mi primo Moisés, quien domina de oído varios instrumentos, me enseñó a sacarle algunas notas a la guitarra y a escribirlas en el lenguaje cifrado. Fue una gran experiencia para mí ver como la música podía acompañar las ideas mientras los sonidos se abrazaban con el tiempo. Mi primera vez con la música escuché esas ideas en clase, pero solo como definiciones abstractas que nunca se hicieron reales.

Vengo a hablar y recordar mis experiencias con las notas porque con Dios y el cristianismo me pasó igual. Cuando tuve inquietudes espirituales me matriculé en el Instituto Bíblico a estudiar Teología Bíblica y Sistemática. (Pueden leer el artículo: Para volver al instituto.) Horas de estudiar a Dios por el microscopio llegaron a ser para mí primero un vicio para convertirse después en una tortura insoportable. Debía de tener entonces unos 15 años, pero recuerdo las definiciones como si fueran la lección 31 del Pozzoli que aprendí a los 10. Las reglas hermenéuticas me saben a blancas, negras, fusas y semifusas.

Cuando escucho un teólogo, con su lenguaje técnico, su autoridad académica y sus múltiples definiciones, recuerdo el trombón de vara, el bajo de viento, el atril que sostenía el Pozzoli y una cabeza llenándose de aire. Nunca llegué a terminar mis clases de música, cuando nos mudamos a la capital pasé por la casa de Manuel, le di las gracias y le entregué el clarinete. Solo por su paciencia merecía un premio. Y cuando casi terminaba el pensum del instituto, deje de asistir. Si algún día retomo la guitarra, seré un músico de oídos, evitaré los compases y anotaré las notas sobre simples servilletas.

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Rafael PérezRafael Pérez (Pastor)
Conoció al Señor en el Templo Evangélico de la 19 de Marzo (1989) —Azua—, sirvió durante diez años en la Iglesia de Lucerna (Asambleas de Dios) y como maestro en varias congregaciones de Santo Domingo. También ha trabajado para el Departamento de Publicaciones de las Sociedades Bíblicas Unidas (SBU). En Abril del 2008 comenzó junto a su familia y un grupo de amigos la Comunidad Cristiana PezMundial. Rafael es Administrador de Empresas y vive en Santo Domingo (República Dominicana) junto a su esposa Carolina.

Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com



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