Es esta la primera película que veo en este año. Comedia sobre los Hoover, una familia disfuncional que emprende un viaje kilométrico para que la pequeña Olive, el miembro más pequeño de la misma, participe en un concurso de belleza infantil: Little Miss Sunshine.
Todo transcurre en pocos días, entre la preparación acelerada el viaje y las peripecias dentro y fuera del autobús en que viajaban, un viejo Volkswagen con problemas mecánicos. En gran medida la película me gustó porque satiriza uno de los elementos que más me molestan de la cultura americana: el afán enfermizo por alcanzar un éxito estándar haciendo lo imposible para conseguirlo.
Es una familia de fracasados—según los cánones reinantes—. El abuelo aspira cocaína, la madre de Olive lucha por dejar el cigarrillo y mantener la casa, su tío es un experto en Proust frustrado con preferencias sexuales cuestionables y con tendencias suicidas, su hermano idolatra a Nietzsche y mantiene un voto de silencio mientras ella sueña con ganar un concurso de belleza —repleto de niñas plásticas— con unos lentes gigantes, una apariencia decadente y algo de sobrepeso. Su Padre es mi personaje favorito: un escritor frustrado tratando de vender un libro trillado sobre los nueve pasos para alcanzar el éxito.
Al final, la película tiene un lindo mensaje, pues en el camino ellos aprenderán a aceptarse los unos a los otros, su realidad familiar y si se quiere hasta su decadencia. Muy recomendada, he repetido tres veces el final para ver el talento de Olive.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.