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Evitando el contagio

Rafael Pérez Cristianismo, Personales, Religion 967 Lecturas
Últimamente me han entrado las memorias de entre finales de los ochenta y principios de los noventa. Esta es de mis primeros días en un colegio católico. Soy un simple cristiano, sin apellidos, y no me considero ecumenista, pero tengo muy buenos amigos católicos y hace mucho que deje de pelear contra Roma. Tengo batallas más urgentes —internas, muchas de ellas— en las cuales invertir mis energías.

MiedoDe mi primer día en mi primera escuela solo tengo un vago recuerdo: el murmullo leve a niños ruidosos, presos en muchas aulas, el cual se dejaba de sentir a los pocos minutos de haber entrado, y el eco que producía la entrada del la escuela primaria Bartolomé Olegario Pérez, en Azua. Pero el que tengo más vívido es el de tercero de primaria, cuando me matricularon en el colegio católico San José, dirigido por las Madres Carmelitas, el de las monjas, como le decíamos.

Llegué temprano, al hombro, una mochila gigante con el peso todos los libros de la lista. Crucé un patio enorme, con la cancha a mano derecha, y mi prima Alina, mucho más grande y con más experiencia, me llevó al fondo del recinto, donde mis nuevos compañeros ya estaban formados en fila. La madre Elvira, una monja española que hablaba con la zeta, tronaba enérgica por un micrófono contra la nueva moda que habían adoptado algunos muchachos: una colita trenzada detrás de la nuca.

Mientras Elvira hablaba, otra monja de hábito crema iba de fila en fila, tijera en mano, cortando el pecado que desde el micrófono se acababa de poner en evidencia. Yo tenía tendencia a enamorarme perdidamente de mis maestras, y tal como hice en la primera escuela, donde llegué a pedirle a mi madre que me bordara en la camisa una foto de mi profesora Carmen, ahora le clavé los ojos a esta, la monja más joven del colegio, profesora de Lengua Española. Se llamaba Karen.

No fueron gratos mis días en el San José, aunque sí muy memorables. De tercero a sexto de primaria era yo la figura menos popular del colegio y el destinatario de cuando calificativo despectivo y motes raros encontraron mis compañeros. Pero lo que más recuerdo de esos tiempos en el colegio más grande del pueblo es el pánico que sentía. Desde que me ubicó mi prima en el último lugar de la fila hasta dos semanas después, no abrí la boca.

La secretaria del colegio, llamó a mi casa para preguntar la razón de mi ausencia. La verdad es que estuve en clases todos esos días, aunque con la boca cerrada, mi meta era pasar desapercibido entre una multitud de estudiantes. El profesor Pili, de naturales, pronunciaba mi apellido y después mi nombre, pero yo no tenía el valor de levantar la mano. Solo bajo las amenazas de mi madre empecé a hacerlo discretamente, aunque con mucha dificultad.

Quizás fue el cambio de la escuela pública a un colegio de estudiantes de clase acomodada, tal vez tenía —o todavía tengo— un problema en la personalidad que me convirtió en un ser antisocial; otra posibilidad, a la que doy más crédito, serían aquellos temores que creó en mí un predicador que escuché por aquellos días tronar contra la iglesia católica, tal como lo hizo Elvira contra la trencita en la nuca, llamándole la gran ramera, cuna de la idolatría y casa del diablo. La verdad es que era un poco difícil para mí, como niño protestante, mantenerme indiferente encerrado en un recinto rodeado de imágenes, de honores a la Madre Teresa y de clases de Religión permeadas de Roma.

Llegaba al colegio dentro de un caparazón, para evitar el contagio, y solo al escuchar el último timbre, el de salida, sacaba la cabeza. Veía a todo el mundo como el enemigo, los profesores, con hábito o sin él, eran parte del sistema y esperaban al asecho de la oportunidad para rotularme en la frente un cartel grande con el 666.

Cada cierto tiempo nos sacaban del colegio, en filas por las calles de Azua, para llevarnos hasta la parroquia de Nuestra Señora de los Remedios, en el centro del pueblo, a participar de la misa. Mis compañeros, al entrar, se medio hincaban y persignaban, yo pasaba de largo con el pecho abierto, en rebeldía. Entrábamos y ellos cantaban «ven con nosotros a caminar, Santa María, ven», yo, por mi parte, ocupaba la mente en otros asuntos y recordaba las advertencia del predicador sobre la idolatría de Roma. De cada recoveco de la parroquia salía un santo a mi encuentro.

Con el tiempo, muchos años después, le perdí el miedo a los santos y dejé de ver el catolicismo como el enemigo. Se hizo real en mí aquella cita de Pogo: «hemos encontrado al enemigo, y somos nosotros mismos». Dejé de buscar la fiebre en las sabanas y la idolatría en simples pedazos de yeso o papel, comencé a buscarla en lugares más sutiles y escurridizos, como dentro de mi corazón. Aún así, todavía siento claustrofobia cuando piso una catedral, y me falta el aire. También me hacen sentir incomodo los templos muy adornados.

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Rafael PérezRafael Pérez (Pastor)
Conoció al Señor en el Templo Evangélico de la 19 de Marzo (1989) —Azua—, sirvió durante diez años en la Iglesia de Lucerna (Asambleas de Dios) y como maestro en varias congregaciones de Santo Domingo. También ha trabajado para el Departamento de Publicaciones de las Sociedades Bíblicas Unidas (SBU). En Abril del 2008 comenzó junto a su familia y un grupo de amigos la Comunidad Cristiana PezMundial. Rafael es Administrador de Empresas y vive en Santo Domingo (República Dominicana) junto a su esposa Carolina.

Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com



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