Hablando recientemente con un pastor amigo, llegó el tema de las iglesias que están creciendo por medio de los miembros transferidos. Me decía que la matrícula de algunas congregaciones está mermando debido a que sus feligreses se mudaron a otra de las que están de moda y sus pastores originales la han emprendido contra los «cuatreros» que le roban su ganado. Yo le decía que no lo veía mal, pues si mi hijo prefiere estar en la casa ajena, y no en la propia, quien debe revisarse soy yo, y no el vecino.
Es cierto que en los últimos años se han levantado en el país unas congregaciones muy dinámicas, de las que tienen un equipo de alabanzas para cada gusto, luces de colores, tarimas que expulsan humo y programas para todas las necesidades, pero que no me diga nadie que un miembro en su sano juicio de una familia saludable se muda para la casa del frente solo porque compraron una nueva lámpara o un televisor más grande. Algunos argumentan falta de lealtad u oportunismo, pero yo sigo creyendo que este conflicto en el ganado no hace más que evidenciar que algún problema hay en la granja. Dudo mucho que los pastores estén poniendo carteles en los murales de las congregaciones ajenas, si alguien se fue, entro a la otra iglesia usando sus propios pies.
También está el caso de las congregaciones tradicionales que se han visto amenazadas —perdieron algún nuevo creyente— ante la agresividad de esos «competidores» del mercado de las almas y mandaron a quitar los vitrales, a esconder los Himnarios de Gloria y Triunfo y a pintar los bancos de colores. Apresurados, intentan hacer el crossover antes que sea demasiado tarde. Estos tienen el problema de que sus miembros originales —que muy pocas veces se cambian—ya no saben si están es su casa. Cuando se reúnen el domingo experimentan la misma desorientación que da despertarse en un cuarto de hotel, sobre una cama ajena. Tienen que esperar unos segundos antes de caer en cuenta.
Primero quiero dejar en claro que ni estamos en el viejo oeste ni en la serie Bonanza, aquí los miembros no se marcan con estampa y todo creyente es libre de elegir una comunidad de fe donde se sienta a gusto. Cambiar de iglesia no es un pecado, tampoco es un agravante el hecho de haber conocido a Cristo allí. Una razón que he escuchado es que si durante 15 años han sido alimentados, no es justo que se vayan. Y yo respondo que si un pastor ha estado alimentado una oveja por 15 años y esta no ha hecho más que comer, el problema es del pastor, no de la oveja.
Quizás el origen del conflicto esté en la eventualidad y superficialidad que ha tomado la liturgia en los últimos años. Muchos de los creyentes de las últimas camadas no han vivido la experiencia de llegar a formar parte de una comunidad, de vender pastas de dulce para construir el templo o hacer actividades pro-fondo para comprar un piano Casio. Lo que han conocido como iglesia es el anfiteatro donde se desarrolla el espectáculo del domingo y asisten solo para ser entretenidos. Una congregación de vanguardia puede ofrecer una temporada de actividades entretenidas, pero mantenerse innovando es algo costoso y agotador. Cuando la calidad decae, estos asistentes —no miembros— emigran a la nueva congregación de moda.
Esta mutación (de iglesia a evento) también ha dado lugar al nuevo sembrador, que en base a su carisma y un estudio de mercado, encuentra un nicho donde las congregaciones de la zona no estén dando un buen servicio. Con dos libros de iglecrecimiento debajo de un brazo y una serie de videos debajo del otro, se lanza al ruedo con la intención de en tiempo record alzarse son su tajada. En las sobremesas se habla de los números como si de acciones en la bolsa de valores se tratara: fulano está creciendo, a sutano se le van los miembros, mengano se estancó.
Es más fácil lograr el crecimiento de la iglesia local agregando más entretenimiento a la liturgia que fortaleciendo la comunidad, pero este crecimiento será siempre muy volátil, se sostendrá hasta que la liturgia de la congregación del otro lado de la calle no tenga algo mejor que ofrecer. Esta necesidad de innovar, para mantener los miembros entretenidos, ha traído una lluvia de nuevos recursos.
Antes teníamos, como mucho, departamentos o sociedades por edades, hoy cada segmento del mercado es atendido de manera particular y tenemos la danza judía —jovencitas en trajes extraños adornados de colores vivos; todo bíblico, en la medida de lo posible—, el teatro tradicional y negro, la pantomima y las banderolas. Se rescataron antiguos instrumentos, como el shoffar, y no ha faltado alguno que no se contentara con la utilidad práctica de los mismos y hasta haya ofrecido cursos para ministrar con ellos según las necesidades: liberación con dos toques, restauración con tres toques y una media vuelta.
Las pantallas gigantes, la buena música o el uso del arte dentro de la iglesia no son recursos para nada desdeñables, el problema está en queder medir el valor de una congregación en base a estos aspectos, superficiales, sin son comparados con la gran comisión. Creo que gran parte de la inconstancia de los miembros de estas congregaciones, asuntos por los cuales los pastores se acusan unos a otros de cuatreros, está en una visión mal sana de lo que es la iglesia. La realidad es que hasta que nuestros miembros no comprendan de qué se trata ser parte del cuerpo de Cristo tendremos estos movimientos de entrada y salida.
Tenemos que reconocer que la iglesia es una familia, no una empresa de servicios, medir ambas instituciones con los mismos parámetros (atención al cliente, horarios de servicio, variedad) es injusto. Es muy bueno que una congregación disponga de servicios para suplir las necesidades de sus miembros, he sabido de algunas que ofrecen desde masajes hasta combustible para el auto, pero nuestra razón de ser va más allá de todo eso.
Pero aún peor que la iglesia tipo empresa de servicios múltiples, o autoservicio, es el pastor que piensa que existe para eso y vive apagando fuegos y jugando al líder como el conejo Bugs. El verdadero liderazgo no consiste para suplir todas las necesidades de la iglesia, sino en ayudar a que los miembros se suplan mutuamente sus necesidades (los unos a los otros) usando sus dones, habilidades y recursos.
El que quiera crecer por medio del entretenimiento tiene material de sobra en la literatura contemporánea sobre el tema, pero para construir una comunidad paso a dar las siguientes recomendaciones.
El mejor ejemplo de un líder creando sentido de comunidad es el apóstol Pablo. Él se trasladaba a un pueblo, predicaba el evangelio y vivía un tiempo con los nuevos creyentes sembrándoles los valores cristianos, ayudándoles a desarrollar sus dones, enseñándoles como integrar a otros y haciendo que se sientan parte de la iglesia. Pero dentro de un tiempo prudente, desaparecía. Tomaba un barco y se trasladaba a otro pueblo a comenzar otra comunidad. Cuando Pablo no estaba, ellos tenían que apañárselas para resolver entre ellos sus conflictos y en el trajín hacían su propia historia.
Solo si no podían resolver entre ellos el conflicto, Pablo intervenía con una visita o una carta. Luego, enviaba uno de sus colaboradores a «reconocer» en la nueva comunidad —no imponer por la fuerza—el liderazgo natural que había surgido. Estos nuevos líderes eran los que habían demostrado cualidades de amor, sensatez, justicia y eran escuchados y respetados por sus iguales.
Entiendo que el futuro de la iglesia está en la comunidad. Aunque crear comunidad (valores, participación, integración, sentido de pertenencia, historia, capacidad de autogestión) es un trabajo lento, a largo plazo rinde sus frutos. La tentación es entretener, aunque los nuevos miembros nunca desarrollen raíces. Algunos preferirán que sea así, que los espectadores solo asistan al evento, así, cuando se vayan, siempre podrán culpar a otro pastor, o desacreditarlo llamándole cuatrero.
Dice Peter Senge:
En alguna ocasión la mayoría hemos formado parte de un gran «equipo», un grupo de personas que juntas funcionaban maravillosamente, se profesaban confianza, complementaban mutuamente sus virtudes y compensaban mutuamente sus flaquezas. Que tenían metas comunes más amplias que las metas individuales, que producían resultados extraordinarios. He conocido personas que han experimentado esta profunda labor de equipo, en los deportes, en las artes dramáticas o en los negocios. Muchas han pasado gran parte de su vida procurando reencontrar esa experiencia.
Un buen evento puede ser recordado a corto plazo, pero la experiencia de formar parte de una comunidad dinámica, donde nos sentimos útiles porque servimos a otros con nuestros dones y ellos nos sirven con los suyos, y trabajamos juntos por algo más grande que nosotros mismos, es una experiencia memorable, se recuerda para toda la vida.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.