El tema del mes de diciembre en la República Dominicana no ha sido la navidad, versión niño Jesús o Santa Claus, sino, el conflicto del cardenal dominicano, Nicolás de Jesús López Rodríguez, con un periodista. Se lee en la prensa plana, se ve en todos los televisores, se escucha en la radio y se puede buscar en Internet. Es el tema del momento en todas las sobremesas.
El caso inició a finales de noviembre, durante un encuentro con el cardenal, donde este se despachó largo y tendido, efusivamente, sobre su oposición a la participación de homosexuales dentro de las Fuerzas Armadas. Cuando hubo terminado, el periodista Adolfo Salomón —ingeniosamente, pero con mucha altura— le hizo la pregunta obligada: «¿Qué piensa usted de la participación de homosexuales dentro de la iglesia católica?» El purpurado, con mucho enojo, la arremetió contra el comunicador en una serie de afirmaciones despectivas y dio el encuentro por terminado.
Lo que sucedió a continuación fue que llegó a Color Visión —medio para el cual trabajaba el periodista— una carta del Secretario de las Fuerzas armadas, donde al parecer por descuido, se incluyó el término censura, y Salomón fue cancelado. La censura es a los medios lo que la cruz le es al diablo. El colectivo periodístico local se ha lanzado a la defensa de su colega bajo el eslogan «hoy por ti mañana por mí». Su premisa es inteligente, pues si los periodistas son despojados de su herramienta estrella (el derecho a preguntar) bajo amenaza de despido, faltarán unos cuantos pavos sobre unas cuantas mesas la noche buena está cerca.
Desde entonces, locutores enérgicos y periodistas atrevidos, cargados con una buena excusa, no han dejado de lanzar piedras contra la iglesia ni de proferir reproches, señalamientos sensibles (como la estadística de la cantidad de curas sexualmente activos), y acusaciones contra el cardenal; a tonalidades, colores y niveles imposibles de imaginar en otros tiempos en países como el nuestro, donde el catolicismo históricamente ha ostentado tanto poder. El cardenal se expuso vulnerable —como somos todos los hombres— y la prensa no ha dado tregua para asentarle la más fuerte de las estocadas.
Se habla de los tres poderes: la iglesia —católica inicialmente, y ahora evangélica, por imitación—, la prensa y el estado. Dos gigantes se han enfrentado, y la bola pica y se extiende. Curiosa forma de recibir las navidades.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.