Algunos amigos y lectores me han preguntando la razón por la cual estoy enseñando en estos días con unas presentaciones kilométricas, minimalistas y cargadas de colores. Aprovecho este artículo para compartir las ideas que tengo relativas a la enseñanza entre los latinoamericanos. De más está decir que son estas solo mis impresiones personales, fruto de la observación y del método prueba-error.
Afilando la herramienta
Leí hace muchos años el libro «Discurso a mis estudiantes», de Spurgeon —Sí, ya sé que últimamente no puedo escribir nada sin mencionarlo, pero es que me he dado cuenta de lo mucho que le he copiado, y no le he sido del todo agradecido en estos años—. En el mismo, este hermano de los 1,800, habla de que el predicador debe cuidar y pulir sus herramientas, pues mientras más descuidadas estén, mayor dificultad tendrá para concluir su empresa.
En este sentido, he aprendido que cualquier mejora que pueda hacer en las herramientas con las que cuento para cumplir mi ministerio (mi voz, mis letras, mi manera de conducirme ante la gente) será de gran utilidad.
Pocos lectores, muchos auditores
Es muy grande la desproporción existente entre auditores —aprenden oyendo— y lectores —aprenden leyendo— en América Latina. Nuestra gente no es dada a la lectura, por ende, los posibles destinatarios de un mensaje son en su gran mayoría auditores. Por esta realidad, al final, la escritura termina siendo una herramienta para pulir las ideas y guardarlas en un lugar seguro a la espera de ser predicadas a una gran masa de auditores por medio de un sermón. Sería casi imposible pretender cosechar un fruto significativo de la enseñanza en esta lado del mundo utilizando exclusivamente un medio escrito.
Disfruto mucho la escritura. La forma en que trabajo es compartir constantemente las ideas que me surgen, en tiempo real, por medio de ensayos cortos, en este espacio, y luego predicarlas reuniéndolas de la manera más lógica que me sea posible. Normalmente, cuando voy a predicar tomo oraciones o párrafos de artículos anteriores y los uso como el armazón del sermón, esperando irlos ampliando y abundando en el momento.
Entre el púlpito y el televisor
He notado que la gente de este tiempo está acostumbrada a consumir grandes cantidades de información, de que la digieran todo es otra cosa, pero por lo menos no les molesta. Mi punto es el siguiente: si pueden pasar 2 horas con una película frente a la pantalla de un televisor, ver las imágenes, escuchar el sonido y leer los subtítulos, y con todo esto siguen la trama de la misma, podrían escuchar por 40 minutos una enseñanza cargada de ideas, siempre y cuando tengan algún tipo de relación, sentido y ritmo.
Antes incluía el número en cada slide de mis presentaciones, alcanzando en ocasiones hasta el 60. Mi hermana Rocío, a quien tengo en la audiencia frecuentemente, me hizo la observación. Me dijo que le baje algo, que reduzca. Borré el número y mantuve la misma cantidad de hojas, con esto lo dejé resuelto. Estoy muy consciente de que es imposible que alguien regrese a su casa con el 100% de lo que predico, pero tampoco es este nivel de retención es mi objetivo. Si alguien es tocado por uno o dos puntos y escucha los otros de manera superficial, estaré conforme.
Ese comercial tenía razón
También me he acostumbrado a hablar en taglines, como los anuncios comerciales. Lo que intento es resumir un concepto a su mínima expresión funcional. Esto es, tallar las ideas hasta que puedan expresar la misma emoción y el mismo sentido con la menor cantidad de letras. Pongo en la pantalla, por ejemplo: «Cristiano 24/7: 24 horas, 7 días a la semana». Podría pasar 5 minutos disertando sobre la importancia de testificar, convivir e influir todo el tiempo en toda la gente y además… Lamentablemente, las personas de este tiempo tienen dificultad para mantener la atención en un punto por más de un minuto, si quiero que se apropien de algo, tengo que ser austero. Una oración corta, cargada de sentido, es más funcional que un largo discurso.
A parte cuidar las herramientas, predicar a auditores, aprender del mundo de la televisión y hablar como si de un anuncio comercial se tratara, hay otras dos cosas que tomo en cuenta: imaginar la presentación como una valla publicitaria y cambiar constantemente el color.
Una valla publicitaria
Siempre he admirando a los creativos de las agencias publicitarias por el gran trabajo que hacen al lograr que un mensaje muy amplio pueda ser consumido por un conductor que transita por la autopista a 130 kilómetros por hora. Nos enseñan una foto de la playa con un simple mensaje: «Visa, porque la vida es ahora». Cuando predico con una presentación, esa es mi meta: colocar una valla publicitaria bien grande en mis espaldas, la cual me sirve como pie de amigo —no como muleta— para comunicar un mensaje. La mente de un hombre es como una autopista, sus pensamientos divagan a kilómetros por hora. Una forma de dejarle un mensaje sin provocar un accidente es poner menos letras y más mensaje.
Tampoco me gusta hacer de la presentación el mensaje. Creo que las personas nos influimos mutuamente de forma muy profunda. No hay nada comparado con la presencia, ver una persona (un ser humano, gente, un ser vivo) compartir una idea es más impactante que el texto de la pantalla. Si un predicador solo leerá la pantalla es mejor que la imprima, la entregue al auditorio y regrese a su casa. La gente no quiere un locutor para que le lea, quiere escuchar a alguien que está sintiendo un mensaje, que le apasiona, que está envuelto, y hasta dominado —en el sentido poético— por una idea.
Cambiando de colores
Con relación a los colores, iniciaron como una simple curiosidad. Una vez cambié el fondo de una parte de la presentación y noté algo interesante. La iglesia donde estaba predicando era un poco oscura, y vi cómo la luz del proyector rebotaba en las paredes y se proyectaba sobre la gente. Cuando pasaba de un punto a otro cambiaba totalmente la atmósfera. Quedé tan impresionado que lo hice rutinario.
He visto que el impacto que crea un color es tan significativo como las imágenes. Leí en un libro que los colores impactan el estado de ánimo de las personas, que el color rojo se relaciona con la energía, el verde con la esperanza y el amarillo con los sentimientos negativos. Lo que hago es pensar en los colores como si fueran los adjetivos con los cuales adorno una oración. Inicio con colores oscuros y voy alternándolos a lo largo de la enseñanza, de acuerdo a lo que quiero transmitir en el momento.
Finalmente
Sé que muchas de estas ideas parecerán muy cosméticas para muchos creyentes, quienes ven la enseñanza o predicación como un trabajo funcional. Dirán: lee un versículo, explicarlo y regresar a tu montaña, como los profetas antiguos. En mi opinión, lo más importante es el contenido, pero así como la envoltura prepara el camino para un regalo importante, estos asuntos, aunque sean cosméticos, allanan el camino para la predicación de las buenas noticias del evangelio.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.