El predicador tiene vergüenza — PezMundial
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El predicador tiene vergüenza

Rafael Pérez Discipulado, Ministerio, Personales 760 Lecturas

VerguenzaTal como dije en un artículo del pasado abril («Ninive no puede esperar») estoy decidido a hacer todo lo que esté a mi alcance para cumplir mi ministerio. He aprendido que cuando se tiene el llamado de Dios, para hacer algo, el contenido es tan importante como la acción. No basta con llamarse misionero y tener pasión por esparcir la semilla, creerse maestro porque se sabe algo de Biblia o escritor porque se rayen letras; si de verdad se tiene algo que decir, ¡hay que decirlo! Si verdaderamente tienes un ministerio, es tan importante que lo tengas como que lo cumplas.

Si el apóstol Pablo hubiera esperado una carta de invitación de cada pueblo donde estuvo, hubiera muerto con menos fruto que una planta ornamental. Una de las cosas que más admiro en Pablo es su determinación, estaba empecinado, obsesionado; le urgía compartir las buenas nuevas entre los gentiles.

He visto que una de las limitaciones que tenemos los creyentes para cumplir nuestro ministerio es que somos muy pasivos. Estamos sentados, esperando que nos inviten nos llamen o nos incluyan en algún proyecto para cumplir nuestros ministerios. Cuando iba por las casas de mis amigos y familiares entregándoles invitaciones a la conferencia que yo mismo estaría compartiendo, me sentía avergonzado. Mi temor era que me tuvieran como vano, organizando un evento para mí mismo. Además, nadie quiere verse como un ofrecido. Ahora, pensando en retrospectiva, comprendo que el vano y orgulloso no es el que sale a la calle a romper brazos para cumplir su ministerio, por amor a la causa, sino el que se queda sentado en su casa, como un oráculo, a esperar que vengan a rogarle para que sirva a la iglesia.

¡Cuanta gente con talento está hoy esperando ser invitada porque les da vergüenza! Ellos quieren servir, desean poner sus dones y habilidades al servicio de la iglesia, pero como nadie piensa en ellos —y cómo van a pensar si nunca los han visto actuar— no tienen la oportunidad de hacerlo. Ya lo dije una vez, pensando en las letras, perdónenme que me repita:

No estoy dispuesto a esperar que un ejecutivo de saco y corbata decida, en una fría oficina, evaluar el potencial comercial de mi obra para que me firme un cheque. Quizás no sea yo la mejor pluma evangélica contemporánea, pero no estoy haciendo esto para comer, sino, para servir. Estoy convencido de tener un llamado de Dios, como Jonás. Ninive no podía esperar, y a este mensajero de Dios no le valieron las excusas. Si algún día «la industria» quiere publicarme algo, aceptaré gustoso, pues llegaré a más gente, pero si no lo hacen ellos, lo haré yo.

Quizás, la primera vez que alguien me dio la oportunidad para pararme en un púlpito fue hace ya muchos años, en un culto de misioneritas. Yo era solo un niño inquieto en las clases de Escuela Bíblica Dominical de mi iglesia y la maestra pensó que yo podía predicar el jueves en la noche. Recuerdo que la noticia me emocionó y preocupó al mismo tiempo. Aunque siempre me ha gustado enseñar, hablar en público nunca ha sido mi fuerte, además, en esa noche la iglesia estaría llena de niñas. Mi madre me dio la mano y preparé un sermón sobre Zaqueo, cuando bajó del árbol. Fui el jueves a la iglesia, con una corbata atada al cuello, y prediqué aquel mensaje estando a punto de convulsión, por los nervios.

No pude hacer mucho más que repetir una y otra vez que tenemos que bajarnos del árbol de nuestros pecados, del árbol de nuestros temores y del árbol de nuestras dudas para que Cristo nos visite. Esto, y rascarme la cabeza como un maniático, acción nerviosa que todavía conservo —en la pasada conferencia me obsesioné con un vaso—. Aún así, cuando bajé de la plataforma me dispuse a hacerlo nuevamente, aunque sea pirateando los sermones de Carlos Spugeon, de quien prediqué sus mensajes en innumerables ocasiones como si fueran propios, y de una revista de corte bautista que me llegó a las manos.

En muchas ocasiones he invitado a compartir la palabra en mi congregación a personas que nunca lo habían hecho, pero por su perfil me parecía que podían hacerlo. He visto como les brillan los ojos, como sonríen y se emocionan como niño que acaba de recibir un regalo. Estaban anhelando una oportunidad para hacerlo, deseaban con todas sus fuerzas que llegue el momento para cumplir sus ministerios, pues como la usanza es ser invitado, no invitarse, no lo hacían.

En mis primeros años guardaba un bosquejo —casi siempre ajeno— dentro de mi Biblia, a la espera de ser invitado para predicarlo como propio. Si personas como esa maestra de Escuela Bíblica, o mi madre, quien se encargaba de venderme como predicador entre sus conocidos, —regularmente familiares— no me hubieran dado el espaldarazo, quizás todavía hoy estaría calentando un banco. Posiblemente ahora ya tenga algo que decir —aunque todavía le copio a Spurgeon—, pero no espero ser invitado para decirlo. Tengo la bendición de recibir muchas oportunidades al año para compartir la enseñanza en las iglesias, pero cuando no las tenga, lo haré yo. Buscaré la gente, los reuniré debajo de una mata de mango y allí cumpliré mi ministerio. No les niego que todavía me da vergüenza, pero cuando la urgencia es mucha, la pasión se traga el miedo.

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Rafael PérezRafael Pérez (Pastor)
Conoció al Señor en el Templo Evangélico de la 19 de Marzo (1989) —Azua—, sirvió durante diez años en la Iglesia de Lucerna (Asambleas de Dios) y como maestro en varias congregaciones de Santo Domingo. También ha trabajado para el Departamento de Publicaciones de las Sociedades Bíblicas Unidas (SBU). En Abril del 2008 comenzó junto a su familia y un grupo de amigos la Comunidad Cristiana PezMundial. Rafael es Administrador de Empresas y vive en Santo Domingo (República Dominicana) junto a su esposa Carolina.

Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com



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