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Confesiones de un lector

Rafael Pérez 28 November 2006 : 3:47 pm 674 Lecturas
Melvin Rivera acaba de publicar un artículo sobre los hábitos de lectura en México. En este, que ahora yo comparto, dejo mis impresiones sobre la lectura y al mismo tiempo dejo inaugurada una nueva sección en este blog.

LectorAcostumbro a leer tomando notas y rayando, con el lápiz en la mano. Cuando termino una revista —y si vale la pena— trascribo todas las citas que subrayé y me auto envío un e-mail con todas ellas. Después me las encuentro siendo parte de un artículo o alguna enseñanza. Si tengo un libro en la mano y me falta el lápiz, me siento incompleto. Pienso que puede surgir alguna idea qué a notar o algún párrafo jugoso qué marcar, por eso me causa estrés leer sin tener un lápiz.

Cuando he terminado un libro, aparte de sentir aquella sensación de satisfacción que he mencionado antes, me persuado a mí mismo de que es improbable que pueda leerlo nuevamente, de que no importando lo bueno que estuvo, la vida es corta para estar dando vueltas sobre lo mismo y de que lo único que conservaré de él son aquellas marcas imperceptibles que pudo haber dejado en mi alma y las citas que tomé. Aparte de esto, tengo una librería bien grande frente a mi trabajo, cuando recuerdo una idea de un libro que ya no tengo solo cruzo la calle, voy a la estantería y lo hojeo.

Esto de dejar marcas en los libros que se leen tiene su riesgo, y es el que lo psicoanalicen a uno. Cuando terminé la novela de Mario Vargas Llosa, La fiesta del chivo, se la pasé a mi hermana. Después estuve pensando en lo que habrá pensado ella de mí cuando encontraba esos párrafos comprometedores que con tanta fuerza marqué. Mejor no sigo pensando en esto para no preocuparme de nuevo. Tómese en cuenta también, que la calidad de los libros que últimamente he tenido no es la mejor, que esas ediciones baratas no resisten más de tres lecturas.

Estoy convencido de la inutilidad de almacenar libros en el librero. Quien guste de coleccionar objetos que lo haga, por mi parte solo deseo tener a la vista libros de referencia y aquellos que estoy leyendo en el momento. Cuando termine otro lo regalaré. De todos modos, si lo entrego a otras manos en condición de préstamo termina siendo un regalo, pues no me lo retornan. Y lo mismo pensarán otros, quienes me prestan sus libros, sobre de mí. Para que no venga a ser cosa que algún lector me haya prestado alguno y esté a la espera, y se preocupe, diré que tengo actualmente tres libros ajenos —nadie presta tres al mismo tiempo— los cuales pretendo entregar a brevedad. ¿Conformes?

El libro abierto es una herramienta; cerrado solo un adorno. En un tiempo también yo adorné mi habitación con la cultura. Puse dos tramos de estanterías, bien elegantes, en lo alto de una pared, al ras del techo. Cuando algún conocido entra y mira hacia arriba, abre los ojos y estira el cuello, ve mi colección de novelas de Dostoievski, en su mayoría sin leer, y se asombra de mi intelectualidad. Tengo dos ediciones del Quijote, libro este que no debe faltar en el estante de ningún snob, y los comentarios de Matthew Henry. El Quijote es bueno porque todo el mundo lo conoce, y los comentarios bíblicos lo ponen a uno como buen cristiano, profundo.

Cierta vez me entrevisté con un señor, en su oficina. Era un espacio bastante culto, con paredes repletas de estanterías y estas a su vez repletas de libros. Los brazos de las estanterías parecían los barrotes de una prisión y a las paredes no se les alanzaba a distinguir el color. El librero era su papel tapiz. Todos los libros estaban organizados, ninguno sobresalía de su línea y cada cual había sido sometido rigurosamente a la clasificación, según el sistema Dewey. En su escritorio, el cual estaba situado en el mismo centro de la cárcel de papel, tenía también otros volúmenes, todos clásicos y gruesos. Lo que me sorprendió fue que el lomo de estos no daba el frente hacia su dueño y protector, sino hacia el lado del visitante. Con ingenuidad, le recomendé que girara la pequeña pila de libros, para que pudiera leerlos. Me miró raro y no me respondió…

No es que ahora sea más humilde que antes, sino que ha llegado la onda del Feng Shui barato, del que se aprende en la revista para mujeres que están en las recepciones. Desde entonces, han comenzado a estresarme los libros que veo colgados en lo alto de la pared de mi cuarto cuando me recuesto en la cama a descansar. Estoy haciendo la selección de aquellos con los cuales pienso quedarme y otros tantos que quisiera leer en este año. Los otros, o van a una caja o a otras manos.

Sirvan todas estas divagaciones mentales como preámbulo para avisar que estreno una nueva sección, con aquellas citas que le robo a los libros y voy digitalizando casi en tiempo real: Leyendo.