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Sembrando por estacas

En los últimos tiempos, ha sido una de mis preocupaciones el poco interés que tienen las congregaciones contemporáneas en sembrar nuevas iglesias. Lamentablemente, casi todas las nuevas obras que conozco son el fruto de divisiones, desacuerdos entre hermanos, pleitos o diferencias. Hasta he llegado a pensar que Dios está utilizando esta situación para multiplicar su cuerpo, pues ya que intencionalmente no sembramos, de alguna manera el cuerpo tiene que seguir creciendo.

Cada cierto tiempo escucho hablar de una nueva iglesia, ¡y me emociono! Lamentablemente, mi alegría dura muy poco, pues cuando pregunto sobre el sembrador nadie lo conoce —en muchos casos no es sembrador, sino cabecilla—, pregunto que de donde vienen y nadie sabe decirme. La razón de la nueva siembra no es más que un conflicto, un capricho o algún problema no resuelto. Los hermanos estaban en desacuerdo y no pudieron limar sus asperezas, eso provocó que una de las partes recogiera sus motetes y empezara la flamante nueva iglesia.

Ya el fruto no madura ni deja caer al suelo la semilla, sino, que trepamos el árbol con un serrucho o desmembramos sus ramas con el machete. Cada quien arranca la suya, para tener su propia rama, y es feliz. El sembrador ya no va por los caminos, tomando la preciosa semilla de la bolsa y colocándola en los lugares adecuados, sino que sembramos estacas, trozos del árbol que desprendimos con violencia.

En estos días nadie piensa en sembrar para multiplicarse, sino en acaparar o sumar, para ser más grande que el vecino. Cuando el éxito de un ministerio está medido por la cantidad de miembros, ningún líder quiere gastar sus recursos en desarrollar nuevos sembradores o apoyar las nuevas iglesias. La pregunta más frecuente no es ¿cuántas nuevas iglesias han sembrador? Sino, ¿cuántos miembros tiene tu iglesia? En este tipo de coyunturas, el sembrador no es muy bien visto, pues se convierte en la competencia.

Casi todas las iglesias que se siembran por estaca —desprendiendo ramas a machetazos del árbol original— están condenadas a repetir con el tiempo la misma historia. Tienen un problema de nacimiento, en los genes, que le trasfieren a sus hijos, y es la falta de amor. No sintieron el afecto de una iglesia madre, no tuvieron el apoyo, la asesoría ni el cuidado que necesita un bebé recién nacido de unos padres espirituales. Con los años no hacen más que repetir el mismo patrón. Alguien trepa nuevamente con el serrucho y se lleva otra rama. ¡Eureka, ha nacido una nueva iglesia! Pero nadie celebra, solo llora.

En febrero pasado escribí «Superhéroes de papel», uno de los artículos que más me han dolido, pues lo escribí mientras la iglesia donde he servido los últimos trece años perdía una de sus ramas. Decía en esa ocasión: «Es vergonzoso, pero en pleno siglo veintiuno, con mucha teología, mucha doctrina y cabezas grandes, las iglesias son tan frágiles como en los tiempos más oscuros. Nuestras muchas líneas de dogmas y reglamentos son totalmente inefectivas cuando tienen que cumplir la función esperada, esa de la cual tanto alarde se hizo. No importa lo muy alineada que este una congregación en torno a libros o posiciones, nos falta amor, y por ahí nos viene la desgracia».

Pero después de todo, el problema no es de los nuevos sembradores, sino de sus padres. Nadie tiene la culpa de ser un hijo indeseado o no recibir el apoyo de su familia. Las nuevas iglesias solo están siguiendo un patrón ya arraigado en nosotros; solo hacen hoy aquellas cosas que ayer hicieron sus padres. Como dicen los psicólogos: «los abusados terminan siendo abusadores».

Si una iglesia no está intencionalmente sembrando otras iglesias, tarde o temprano termina perdiendo alguna rama. Hasta que no dejemos de medir el éxito numéricamente y empecemos a invertir recursos en formar sembradores que depositen semillas con amor, tendremos que repetir la vieja historia. Otra vez tendremos que decir, o escuchar: aquí no se siembra por semilla, se siembra por estacas.

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Rafael PérezRafael Pérez (Pastor)
Conoció al Señor en el Templo Evangélico de la 19 de Marzo (1989) —Azua—, sirvió durante diez años en la Iglesia de Lucerna (Asambleas de Dios) y como maestro en varias congregaciones de Santo Domingo. También ha trabajado para el Departamento de Publicaciones de las Sociedades Bíblicas Unidas (SBU). En Abril del 2008 comenzó junto a su familia y un grupo de amigos la Comunidad Cristiana PezMundial. Rafael es Administrador de Empresas y vive en Santo Domingo (República Dominicana) junto a su esposa Carolina.

Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com



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