El pasado sábado estuve compartiendo una enseñanza con los jóvenes de la Iglesia Misión Bíblica. El titulo era Generando el cambio, de generación en generación. Ya antes había mencionado algunos de los púntos, incluídos en dos artículos anteriores, «La influencia se mide en audiencia» y «Piensa en el agua, no en el pozo».
El tema era un juego de palabras con el término «generación».
Generación:
1.Acción de producir, provocar o causar algo.
2.Conjunto de personas nacidas en fechas próximas.
Les decía a ellos que cada generación de creyentes debe producir, provocar y causar algo; y que para esto, tiene un tiempo limitado. Esta es una de mis preocupaciones, pues he visto que mi generación tiene todos los recursos para lograr un cambio significativo en casi todas nuestras realidades (en la familia, en la empresa, en la sociedad, en la iglesia) pero al mismo tiempo está sentada, haciendo nada, y si así seguimos se nos acabará el tiempo.
Quizás seamos nosotros la generación más capacitada en la historia de la iglesia, la más comunicada, la más integrada a la sociedad donde sirve. Pero al mismo tiempo, podemos ser la menos fructífera. Admiro que la gran parte de mis contemporáneos ya sea profesional, algunos tienen post-grados y maestrías y son exitosos en el mercado laboral. Pero al mismo tiempo, me duele que ellos mismos, con tantas herramientas, sean los que menos hacen por extender el reino. Todavía la generación de mis padres, ya entrada en años y peinando canas, hace más por la causa de Cristo que nosotros, la flamante nueva generación de creyentes.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
Cualquiera podría pensar que la iglesia del Señor es un lugar ideal, uno en el que no existen los conflictos y si acaso se presentara alguno se resolvería de forma rápida y sin mayores dificultades. No, eso no es así. La iglesia es una familia real, una en la que las diferencias y desavenencias se presentan día tras día entre hermanos que no siempre logran ponerse de acuerdo, por lo menos, no en el momento.
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.