La vida está llena de baches, situaciones donde nos encontramos que limitan nuestro crecimiento. Uno de ellos puede ser una iglesia. No estoy hablando de que el cuerpo de Cristo puede ser una limitación, sino, que muchos creyentes se encuentra atrapados en congregaciones donde no quisieran estar, no están de acuerdo a sus valores o no se sienten a gusto. Siguen allí a lo largo de los años aunque esto afecte su crecimiento.
Antes de entrar de lleno al tema, quiero dejar claro que hay causas y hay causas. No creo que sea bueno para ningún creyente estar dando saltos de comunidad en comunidad. He escuchado tantas razones vanas para cambiar de iglesia que no pretendo citarlas todas una por una, pues me faltaría espacio y no me daría el tiempo. Lo que si quiero expresar es que existen razones de peso para justificar que un creyente cambie de congregación, y me atrevería decir, que de no hacerlo, su salud espiritual correría peligro.
También he visto otra cosa, y es que son aquellos creyentes que nominalmente son parte de una iglesia aunque no se sientan a gusto en ella los que a la larga terminan pululando de congregación en congregación. Dicen: «Tengo mi iglesia local, donde me congrego el domingo, pero también visito esta, aquella y la otra». Como está mal visto cambiar de iglesia, nunca dan un salto definitivo, sino que se mantienen viajando.
A los creyentes nos es difícil hablar de este tipo de cosas, pues una serie de prejuicios nos condicionan a pensar que deberíamos seguir siendo parte de aquella congregación donde conocimos al Señor o pertenecemos actualmente. Estos funcionan como cadenas, atándonos a nuestra realidad actual. Al ser tan fuertes, ni siquiera contemplamos la posibilidad de romperlas. Paso a citar algunas.
Estoy traicionando a mi pastor.
Este es uno de los prejuicios más comunes, y en cierto modo es fomentado por los mismos líderes. Hay pastores que no pueden comprender como un creyente «normal» pueda no sentirse a gusto en su iglesia. No alcanzan a entender que la iglesia es a fin de cuentas una comunidad, y toda comunidad está compuesta por personas con elementos comunes. Un creyente podría aceptar, tolerar y hasta amar una comunidad y no desear formar parte de ella.
Tengo una congregación ultra-pentecostal justo al frente de mi casa. Cuando les paso por el frente, en las noches, los observo desde afuera y me sorprende su liturgia. Son ruidosos, gritones y extremadamente expresivos, muy poco parecidos a mí. Aún así, me deleito cuando los veo adorar, disfruto escucharles cantar con tanta fuerza y celebro la diversidad del cuerpo de Cristo en sus diferentes expresiones. Aún así, no me imagino siendo parte de ellos, los respeto y admiro, pero no.
Somos una familia, no puedo abandonar a mis hermanos.
Este argumento se desprende del abuso de una de las figuras con que Dios presenta la iglesia: una familia. Si no me siento a gusto con mi familia carnal —dicen algunos— irme a otra no es una opción. Tengo que soportarlos como son o hacer el esfuerzo porque resolvamos nuestros problemas.
Este argumento suena bien y hasta parece lógico, pero no es posible extrapolarlo a la realidad de la iglesia. Un cristiano pertenece a una familia mucho más grande que su iglesia local: la familia de Dios. Cuando decide cambiar de una congregación a otra no está dejando la familia Pérez para ir a formar parte de la familia Gonzáles, como mucho está cambiando de habitación. Es como si un padre tuviera trescientos hijos y los mismos, por asunto de espacio, vivieran bajo diferentes techos. Seguirás siendo parte de la familia de Dios aunque vivas en otra casa con otros de sus hijos.
El problema está en mí.
Un buen cristiano, de corazón sincero, piensa que si no está a gusto en su congregación actual, es porque tiene un problema. Debe ser que soy carnal o que me estoy descarriando —dice—. Lo más gracioso es que puede ser que no exista tal problema en ninguna parte, ni en él ni en la congregación, sino solo que sean diferentes. Si la personalidad de tu iglesia es totalmente diferente a la tuya, posiblemente este no sea tu lugar.
Que un creyente no se sienta a gusto siendo parte de una congregación no quiere dejar dicho nada; ni del creyente ni de la iglesia. Hay congregaciones extrovertidas y congregaciones introvertidas; personas gritonas y personas calmadas; iglesias grandes e iglesias pequeñas, mega-iglesias e iglesias celulares o en las casas. Dios es más tolerante que nosotros y celebra la diversidad. En este tipo de cosas no hay estándares.
Ir a la iglesia debe ser un sacrificio.
Este más que un prejuicio es un mito, y tiene su dejo de cristianismo medieval, cuando los creyentes sacrificaban su cuerpo y se sometían al maltrato físico para fortalecer el espíritu. Hay hermanos que no pueden pensar en ir a la iglesia como algo satisfactorio, piensan que si no se están sintiendo a gusto en la comunidad es porque Dios está moldeando su carácter.
No hay nada espiritual en estar en una comunidad cuando no compartimos sus valores, su visión o no podemos fluir con la personalidad de sus miembros. No puede ser que para una familia de creyentes estar juntos sea igual a hacer un ayuno.
No se trata de gustos, la iglesia no es un club social.
Este es uno de los argumentos más fuertes y a la vez uno de los más errados. La iglesia no es un club, pero es un cuerpo, un organismo comunitario, compuesto de gente. Y sí, ¡tiene implicaciones sociales! Ser parte de la iglesia debe ser algo relevante, placentero. ¿Cómo no va a ser social, si allí está una gran parte de nuestros amigos y relacionados, posiblemente conoceremos allí nuestra pareja, levantamos nuestra familia y afectará significativamente nuestras vidas?
Solo dos cosas más
1. Quiero terminar con mi testimonio personal. Hace más de diez años soy parte de una comunidad de creyentes preciosa (Iglesia Asambleas de Dios de Lucerna), donde Dios ha formado mi carácter cristiano y he podido desarrollar mi ministerio. Es una iglesia pentecostal —un poco menos ruidosa que mis vecinos— y yo no lo soy. Creo en los dones del Espíritu y considero que el pentecostalismo ha tenido sus logros en estos 100 años de historia; pero no me siento parte de este movimiento.
Conocía a Cristo en una iglesia con influencia de bautistas y presbiterianos, sembrada por misioneros, estudie durante años en un colegio católico —sí, fui a misa muchas veces, aunque en contra de mi voluntad, obligado por las monjas— compartí en otro momento con los menonitas y en los últimos años he estado entre pentecostales. Al final terminé dejando de usar apellido para llamarme solo cristiano, como en los viejos tiempos.
En las tres comunidades de creyentes donde he estado aprendí algo, sobre todo a aceptar las diferentes expresiones de la novia y amarla sin importar el nombre. Con esto quiero dejar claro que no es necesario que nuestra iglesia local sea un espejo de nosotros mismos para estar a gusto. Puede haber unión en la diversidad. Podemos llegar a formar parte de una comunidad de creyente aunque sus miembros no sean nuestros clones.
2. Es cierto que a veces el problema podría estar en nosotros, que para ir a la iglesia de vez en cuanto tenemos que hacer sacrificios y que algunas congregaciones podrían ser solo un club. De todos modos, esto no impide que cada creyente procure estar en una comunidad de fe donde se sienta a gusto. Les dejo esta cita de Peter Drucker:
Trabajar en una organización cuyo sistema de valores es inaceptable o incompatible con los propios condena a la persona tanto a la frustración como al no desempeño.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.