Piensa en el agua, no en el pozo — PezMundial
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Piensa en el agua, no en el pozo

Rafael Pérez 29 September 2006 : 2:17 pm 1,577 Lecturas
Este artículo es otra parte de una serie de ideas que compartiré el próximo sábado en una enseñanza. El objetivo es darle herramientas a un grupo de jóvenes para que transformen su realidad presente por medio de la influencia. Pueden ver otra idea en la misma línea.

AguaCierta vez salió Jesús caminando, de Judea, rumbo a Galilea. En el camino, pasó por un pueblo de Samaria llamado Sicar —estaba en la ruta—. Se encontró en un lugar histórico, de gran significado para los locales, pues era el terreno que su antepasado Jacob le había regalado a su hijo José. Allí había también un pozo, tanto o más simbólico y lleno de significado para ellos como el terreno mismo: el pozo de Jacob. En el pozo, estaba una mujer sacando agua.

Durante este mes he estado releyendo el evangelio de Juan, inicialmente como preparación para volver a predicar una enseñanza, pero luego quedé atrapado. El encuentro de Jesús con la mujer Samaritana es una de las partes que más he disfrutado, y donde encontré un principio espiritual que pienso compartir el sábado en otra congregación. El principio es el siguiente: la influencia de una iglesia puede ser más grande que su lista de miembros, su posición geográfica o sus días de reunión. Hasta puede llegar más allá de su confesión de fe. Solo tiene que dejar de pensar en el vaso y pensar en el agua.

Entre los samaritanos y los judíos existían barreras enormes que les impedían hasta compartir el agua. Barreras políticas, religiosas, geográficas y culturales. Es más, para un judío, un perro y samaritano eran la misma cosa. Jesús rompió con siglos de conflictos y con montañas de prejuicios al ir donde la mujer a pedirle agua. Quiero aprovechar todas las razones que dio la mujer a Jesús —inicialmente, para no hacer misericordia con un Judío— y enseñar con ellas lo mucho que dejamos nosotros que las mismas razones y argumentos nos limiten a la hora de dar agua.

El argumento de la religión: «La mujer samaritana le dijo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí». Nosotros, con esta religión que cargamos en los huesos, tampoco creemos que sea posible que personas de religiones diferentes se traten entre sí. Hacemos misericordia, pero entre gente de nuestro mismo ecosistema de fe. Me viene a la mente la imagen que usa la banda de rock U2 en sus conciertos. Aparece en pantalla gigante la palabra «Coexist» (coexistir) escrita ingeniosamente con la cruz del cristianismo, la estrella de David —judaísmo— y la media luna del Islam. Es posible, y absolutamente necesario, hacer misericordia sin preguntar el credo del necesitado.

El argumento de la vasija: «La mujer le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva?». Una vasija es un recipiente para sacar y guardar el agua, también un medio para transportarla. Los creyentes nos hemos creído que por estar en el camino somos dueños de la ruta. Yo tengo vasija y puedo sacar agua, ya que tú no tienes una, dependes de mí. Dios es el dueño del agua, y también del vaso, no podremos extender el reino hasta que no dejemos de sentirnos superiores que los demás.

El argumento del pozo: «¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados?». Tristemente, los cristianos invitamos más personas a visitar nuestros pozos —lugares de reunión— que a beber agua. Es lamentable que nuestra estrategia más usada para traer gente a Cristo sea la gastada invitación: te invito a mi iglesia—templo—. No saciamos la sed de la gente, sino que invitamos a algunos privilegiados a visitar nuestras hermosas instalaciones. Hay congregaciones con pozos históricos, lugares de reunión con tanta tradición, tanta reverencia y tanta preponderancia que no les permiten ver el agua.

El argumento de las posiciones históricas: «Nuestros antepasados adoraron en este monte, pero ustedes los judíos dicen que el lugar donde debemos adorar está en Jerusalén». Es sorprendente como las posiciones —teológicas, dogmáticas, de interpretación— separan los hermanos. ¡Me da pereza! Hace dos días nos encontramos en la empresa donde trabajo tres cristianos de diferentes confesiones. Y en seguida, no sé cómo, llegó el tema de la literatura apocalíptica. Que si las profecías se cumplieron, que si en el siglo primero, que si Mateo 24, que si fueron setenta semanas literales las del libro de Daniel. Alrededor de nosotros los demás compañeros, no creyentes, nos miraban. Tuve que ser un poco descortés; de lo contrario todavía estuviéramos forcejeando.

Regularmente enseño en congregaciones que por su posición geográfica —el pozo está lejos—les es difícil llegar a la comunidad. La clave para salvar esta barrera es llevar el agua donde está la gente, no esperar que vengan solos a un lugar especifico para poder beber. Otras hablan más de sus cultos que de su mensaje —la religión—, y por eso la gente les corre. La solución para ellas sería hacer Cristo su mensaje, no sus rituales. Algunas que se sienten tan especiales que creen tener el derecho exclusivo de sacar agua del pozo —vasijas—. Ellos necesitan saber que no hay nadie imprescindible para Dios, y que Él, en su misericordia, utiliza múltiples vasijas para saciar múltiples ansiedades.

Cristo es el agua que salta para la vida eterna, y esta agua no puede ser contenida por un pozo, una vasija o un vaso. Nunca ha sido la intención de Dios limitar el agua, su voluntad, por medio de Cristo, es derramarse en cuanta alma sedienta sea posible, mientras más gente beba, mejor. Será imposible saciar la sed del mundo si seguimos pensando en pozos, en vasijas, en lugares o en posiciones históricas. Si seguimos pensando como la mujer samaritana.