A menudo converso con personas enfadadas, quienes no se sienten a gusto con una realidad y —según ellos— si estuviera a su alcance con gusto la cambiarían. No son directivos, líderes, padres o ejecutivos de una empresa, pero sus preocupaciones son válidas y en gran medida razonables. Siempre he creído que sin tan solo pudiéramos darle a esas personas disgustadas las herramientas para convertir sus dolores en remedios, sus preocupaciones en triunfos o sus sueños y anhelos en realidades, podríamos cambiar su mundo, ¡y con ello también el nuestro!
Por ejemplo. Hay hermanos que no se sienten a gusto con el recibimiento que la iglesia le da a los visitantes, pero no pueden hacer nada porque no son parte de la directiva. Otros opinan que la iglesia debería estar visitando vecinos, pero se mantienen estáticos porque consideran que esa es la responsabilidad del pastor. Algunos están furiosos porque un miembro de la comunidad está enfermo y nadie le ha hecho una visita. Claro está, ellos tampoco lo harán porque no son parte del comité.
He descubierto que muchos de los conflictos de nuestras congregaciones son causados por nuestras estructuras —y luchas— de poder. Estamos tan acostumbrados a que alguien decida por nosotros, coordine para nosotros y resuelva nuestros problemas, que nos creemos inútiles hasta para darle la mano a un amigo que visita nuestra iglesia por primera vez. Si yo fuera presidente… Si tan solo fuera parte del comité… Si eso que me molesta estuviera en mis manos… Nos quejamos y malhumoramos, pero la solución feliz está al alcance de la mayoría de nosotros.
Nuestras estructuras tradicionales, en forma de pirámide, frenan las mejores ideas y detienen la innovación. Convierten en zombis nuestros mejores recursos. Cuando todas las decisiones que afectan nuestra realidad son tomadas allá arriba, en la cúspide, a puertas cerradas, es bien difícil ser creativos. Si para introducir cualquier cambio o mejora tenemos que pasar a través de diez filtros y esperar dos años por la aprobación de una junta directiva, estamos en un problema.
Estamos acostumbrados a pensar en el poder como medio para lograr las cosas, pero no en la influencia. El poder es útil, pero extremadamente peligroso, temporal y limitado. Cuando hablo de poder me refiero a la capacidad de influir sobre otras personas por medio de una posición (directiva, junta, comité) privilegiada. La influencia es algo muy parecido, pero se ejerce desde cualquier lugar, sin necesitar la posición.
La mayoría de nuestra gente tiene muy buenas ideas, pero piensa que es necesario llegar a la cúspide de la pirámide para ponerlas en práctica. Creen que para iniciar un proyecto necesitan esperar las próximas elecciones, correr como candidatos en una plancha y conseguir los votos suficientes. Nuestro modelo de elecciones, juntas y comités ha matado la iniciativa particular.
He aquí un secreto: para generar un cambio se necesita influencia… pero nuestro nivel de influencia puede llegar a ser más grande que nuestra posición nominal. Aquello de que para impulsar el cambio es necesario llegar a la punta de la estructura es un gran mito. Por lo regular, quienes están allá arriba están tan preocupados por mantener el elefante caminando y tan atados a los procesos burocráticos que les es imposible ser creativos. Ya saben, esto es un secreto, no se lo cuenten a nadie.
Todos tenemos algo de influencia, pero es posible tener más. Si tienes muy buenas ideas o estas viendo grandes oportunidades, no esperes escalar a la cima para ponerlas en práctica, mejor procura aumentar tu nivel de influencia. La influencia es cuantificable, si quieres saber tu nivel de influencia solo hazte la siguiente pregunta: ¿Cuánta gente me escucha? Me gusta ver la influencia como la cantidad de oídos que tenemos disponibles. Ya que hay tanto ruido en el ambiente, es sumamente difícil lograr ser escuchados, por esto, la influencia se mide en audiencia. La audiencia es la herramienta para conseguir el cambio.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.