De la iglesia a la Biblia — PezMundial
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De la iglesia a la Biblia

Pienso que este artículo puede crear algún tipo de malestar, por tratarse de cuestiones relacionadas con nuestro sagrado libro, la Biblia. Solo les pido que lo lean con amor y tengan pendiente que estas son mis impresiones personales —como todo lo que escribo—. Después de todo, también puedo estar errado.

Nuevo TestamentoEl domingo pasado, mientras regresaba de un campamento en Jarabacóa —precioso pueblo montañoso de la República Dominicana—, ya en el autobús, una hermana me regaló un folleto con versículos bíblicos. Leí en la primera página algo como: «Las sagradas escrituras son fuente de esperanza, fortaleza e inspiración para millones de personas en todo el mundo». Hacía énfasis en la importancia de leer la Biblia.

Estoy totalmente de acuerdo con la introducción del folletito. Puedo dar testimonio de primera mano sobre los beneficios de estudiar las escrituras. Ahora mismo estoy devorando en mis lecturas diarias el libro de Proverbios y mientras más lo leo más me gusta. ¡Cuanta sabiduría y profundidad en tan simples palabras! Pero lo que quiero compartir ahora no es el folletito en sí mismo, sino una conversación en la que participé, en el autobús, mientras bajábamos de la montaña rumbo a la ciudad.

Cuando me pusieron el folleto en las manos, con la mejor de las intenciones, pensé en la utilidad práctica de regalar literatura. Le pregunté a mi novia —la tenía al lado—, si acaso no hemos nosotros, cristianos de este tiempo, quitado el énfasis de la iglesia para dárselo al libro. Mi pregunta parece una irreverencia, y sé que explicar mi punto sin rayar en la herejía no es tarea fácil, pero creo conveniente conversar un poco sobre esto.

He regalado muchas Biblias, Nuevos Testamentos y porciones de las escrituras como la que me regalaron ayer. El mes pasado fui a la Liga Bíblica Dominicana y compré ejemplares de las escrituras para mis compañeros de trabajo. Hace dos años hice lo mismo (colocar un ejemplar de las escrituras en cada una de sus manos) y fue muy significativo para ellos el detalle del regalo. Lamentablemente, de quince nuevos propietarios de Biblias que hice, no creo que pueda conseguir al día de hoy, dos años después, ni siquiera dos lectores. Por eso, con ingenuidad, compré más Biblias, para aumentar mis probabilidades.

Muchas personas me han pedido de motus propia que les regale una Biblia, y lo he hecho, pero solo para terminar sorprendido al conocer sus verdaderas motivaciones. Este país tiene una fuerte herencia católica, el dominicano común no solo reverencia el sagrado libro, sino que le atribuye poderes mágicos y lo usa como amuleto. Una señora te pide una Biblia, pero frecuentemente ni siquiera sabe leer, sino que espera abrirla en el Salmo 23 y colocarla como resguardo debajo de su almohada.

Una vez, como regalo, le compramos un precioso ejemplar de las escrituras a un familiar comerciante junto con un cobertor negro, con cierre, para protegerla. Sacó la Biblia y la puso en una gaveta. Usó solo el cobertor, para guardar el dinero que depositaba en el banco todas las tardes. Salía con él por las calles, como si guardara una Biblia. Así ningún ladrón sospechaba.

Siempre esperamos el milagro. En cincuenta años es posible que el bisnieto inquieto de la vecina encuentre ese libro extraño abierto en el Salmo 23, sople sobre él para remover el polvo, empiece a leer el Nuevo Testamento y termine entregando su vida a Cristo y siendo parte de la iglesia. Es posible que el comerciante regrese del banco, saque la Biblia de la gaveta para buscar unos recibos que estaban debajo, y cuando la ponga sobre el escritorio, una brisa del norte la abra justamente en Juan 3:16 y en un mar de lagrimas entregue su vida a Cristo.

En el instituto Bíblico, un profesor apasionado con la distribución de literatura me contó la siguiente anécdota. Un hermano distribuidor —así se les llama a quienes entregan literatura— regaló una tratado evangelístico a un caballero. Este no lo consideró valioso, pero por cortesía se lo guardó en el bolsillo de la camisa. Al llegar a su casa, su mujer, la cual era en extremo celosa y le revisaba la ropa en búsqueda de lápiz labial, números telefónicos o indicios de infidelidad, encontró el tratado, lo leyó y se entregó a Cristo. Años después, el caballero, quien nunca leyó el tratado, fue alcanzado por el testimonio de su esposa. ¡Gloria a Dios!

Historias como la anterior he escuchado muchas. Está también da del hombre que sobrevivió a una balacera protegido por las escrituras. Tenía en el bolsillo de la camisa un ejemplar del Nuevo Testamento. La bala entró en el libro y este evitó que llegara al cuerpo, salvándole la vida. ¡Otro milagro!

Una hermana de mi congregación, a quien tengo en alta estima y creo que habla verdad, testifica que Dios le enseñó a leer para que leyera la Biblia. Se lo pidió al Señor en oración y Él hizo el milagro. Hoy lee la Biblia con fluidez y es un testimonio vivo del poder de Dios.

Una forma común de intentar cumplir la gran comisión es dejar literatura cristiana en lugares claves. Los Gedeones Internacionales, por ejemplo, dejan su Nuevo Testamento azul en hoteles, moteles, escuelas, hospitales y cárceles. He escuchado de personas que estando a punto de quitarse la vida en un hotel, abrieron la gaveta para buscar el arma, se encontraron con el Nuevo Testamento y desistieron de sus planes.

Creo en los milagros, creo en la importancia y valor de las sagradas escrituras, pero no creo que sea conveniente esperar cumplir la gran comisión (hacer discípulos) por acciones sobrenaturales. Es más, pienso que pueden perdonarme otro comentario un poco agrio, aunque bien intencionado: nosotros nos recostamos en el libro para no vivir sus enseñanzas en medio de la gente. Las personas no necesitan un nuevo trozo de las escrituras, necesitan un vivo ejemplo de ellas.

El plan de Dios, por medio de Cristo, no era dejarnos una Biblia, sino la iglesia. Ese era su secreto mejor guardado, esa era su carta debajo de la manga, y hasta me atrevería a decir que ha sido y es la pasión de su corazón. Tener una novia, una expresión, un cuerpo, una familia, un mensaje dado al mundo por medio la representación visible de su voluntad.

El panfleto, el tratado, el anuncio, el mensaje mismo de Dios al mundo no es la Biblia, sino la iglesia. Claro está, la Biblia nos enseña lo que es la iglesia, ella contiene los planos originales de la obra que edificamos y nos ayuda a no desviarnos de la idea del maestro constructor. Casi nadie entiende de planos, pero si se maravilla cuando ve la casa. Nuestro error ha sido entregar planos en vez de obras de amor, dar números en vez de ejemplos, dar versículos en vez de abrazos, entregar sermones en vez de pan.

La Biblia no es un libro fácil de entender. Es casi imposible, humanamente hablando, que alguien que desconoce totalmente la iglesia llegue a comprenderla por la sola lectura de los planos. Tenemos historias apasionantes de personas que han conocido la voluntad de Dios por medio de la lectura sincera de las escrituras, como Martín Lucero o Casiodoro de Reina, pero gran parte de ellos ya tenían una base y trasfondo cristiano y un perfil intelectual. Yo mismo, no conozco a nadie que lo haya logrado.

Nuestra gente necesita ver primero la casa —la iglesia— y después entrar en contacto con los planos —la Biblia—. No entiende la iglesia porque nosotros no se la enseñamos. No ven la hermosa edificación, sino unos planos abstractos de ella. Es más fácil regalar los planos, como queriendo decir «hágalo usted mismo», que ser una expresión de la iglesia en medio de la gente. El enfoque de los primeros cristianos, en el primer siglo, era sembrar iglesias, el de nosotros, en el siglo veintiuno, es regalar Biblias. Definitivamente, es más fácil dar un libro que un abrazo, un tratado que un pedazo de pan.

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Rafael PérezRafael Pérez (Pastor)
Conoció al Señor en el Templo Evangélico de la 19 de Marzo (1989) —Azua—, sirvió durante diez años en la Iglesia de Lucerna (Asambleas de Dios) y como maestro en varias congregaciones de Santo Domingo. También ha trabajado para el Departamento de Publicaciones de las Sociedades Bíblicas Unidas (SBU). En Abril del 2008 comenzó junto a su familia y un grupo de amigos la Comunidad Cristiana PezMundial. Rafael es Administrador de Empresas y vive en Santo Domingo (República Dominicana) junto a su esposa Carolina.

Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com



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