Desde hace unos tres años, los temas que comparto en las iglesias han dado un gran giro. Pasé de predicar Teología Bíblica y Sistemática —casi filosofía—; profunda, académica y sumamente impersonal, a compartir con mis hermanos sermones mucho más sencillos y eminentemente prácticos. Dejé de predicar apuntando a la cabeza de la gente para intentar hacerlo tocando sus corazones.
Según varios amigos, no he sido del todo justo con la teología, pues invertí varios años en su estudio para terminar renegando de ella. Quiero aclarar que disfruto conocer a Dios, pues por definición, la teología es la «ciencia» se ocupa del estudio de Dios y lo divino. Lo que evito es convertir a Dios en una simple objeto de estudio científico-académico. Ahora entiendo que debemos conocer a nuestro padre de forma relacional, natural y cercana. El misterio más grande es que Dios, siendo Dios, eterno, creador del cielo y de la tierra, todavía anhela, disfruta y desea ardientemente darse a conocer a nosotros, simples criaturas mortales, de forma personal.
En esos años de profundidad intelectual adquirí mucha información sobre Dios, pero un escaso conocimiento sobre Él. Una cosa es tener información de una persona, asuntos como el color de su piel, su lugar de trabajo o su número telefónico; y otra, muy distinta, es conocerle o ser su amigo.
Es bien difícil abrir tu corazón a alguien que solo desea informase sobre ti, es muy poco lo que podemos compartir de nosotros a un perfecto desconocido. Que frustrante es el trabajo de aquellos que quieren conocer a Dios mecánicamente, con sus libros, sus hipótesis y sus herramientas. Le hacen preguntas y Él permanece mudo, le llaman y Él no responde. Creo que Dios está cansado de tanto estudiante y tan poco amigo; de tantas preguntas y tan poco sentimiento; de tanta academia y tan poca cercanía.
He notado que muy pocos estudiosos académicos de la teología son amigos personales de Dios; saben de su santidad, de su poder, de sus grandes obras pasadas o de «los objetos de su creación», pero muy poco de sus sentimientos, su corazón o sus planes para nosotros. Parecen detectives o expertos en criminalística, tanto en su dedicación al estudio como en la frialdad de sus actos. Están tan obsesionados con obtener evidencias, pruebas y pistas sobre Dios y sus obras que nunca llegan a relacionarse con Él directamente.
Los creyentes más orgullosos, vanos y fríos que he encontrado en este reino son aquellos que se pavonean a haber conocido a Dios solo porque saben predicar citando directamente los manuscritos originales. Cuando enseñan no hacen mas que deleitar el auditorio con palabras rebuscadas y párrafos secos. Su mensaje es una cátedra, no enseñan para edificar, sino para deslumbrar. No aman, y esa es la evidencia más grande de que no han conocido a Dios. La expresión de C. H. Spurgeon sigue teniendo relevancia, cuanta sabiduria en tan pocas palabras:
No dudo en afirmar que me he encontrado personas que pueden dividir un cabello y descubrir la línea que divide su parte oeste de la parte noroeste, en asuntos de teología, pero que no saben nada del verdadero significado de las cosas de Dios. Nunca las han bebido de tal manera que lleguen a sus almas, sino que sólo las han sorbido en sus bocas para luego escupirlas sobre otros.
Tengo que darle la razón a mis amigos, indiscutiblemente, esos años de comer letra como si fueran pan, me han sido provechosos en el ministerio (básicamente me han servido para saber que caminos evitar; el académico, principalmente). Se supone que en la construcción de un edificio, primero se excava hacia abajo, para hacer zapata, y luego hacia arriba, para edificar la estructura; lo que ocurrió conmigo fue que me concentré a tal punto intentado conocer a Dios en las profundidades que nunca alcancé a mirar la superficie.
El sábado, mientras preparaba una enseñanza sobre el pecado para los jóvenes de mi congregación, quise rebuscar en mis libros de Teología Sistemática. Recordé mis tiempos de vanidad, cuando creía que la más grande hazaña que se podía alcanzar en estos caminos era humillar públicamente a otro creyente en un debate o poner a temblar a los falsos maestros por medio de la retórica. Estudiando recordé, que si algo puedo decir sobre el pecado, son aquellas memorables metidas de patas que yo he mismo he dado, y las memorables recogidas que me ha dado Dios en cada una de ellas.
La más profunda teología no se aprende en las bibliotecas, se aprende en la experiencia de caminar con Dios a través de los años. Creo que es posible conocer a Dios, y que Dios quiere darse a conocer a nosotros, pero ha sido su voluntad hacerlo de forma personal. Aquello de: «Adán, donde estás tú» —Dios, queriendo comunicarse con el hombre—, que se escuchó en el Edén por primera vez hace ya muchos años, todavía retumba, el día de hoy, en los oídos de nosotros.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.