El miércoles pasado —feriado en República Dominicana— estuve compartiendo una enseñanza con los hermanos de la Iglesia Misión Bíblica, quienes estaban de pasadía. Les hablé de conversación, específicamente entre generaciones. Usé este mismo tema la semana pasada durante la semana juvenil de mi congregación; le estoy tomando el gusto a repetir la misma enseñanza una y otra vez.
El punto principal se desprendía del siguiente principio: es la voluntad de Dios reconciliar en Cristo todas las cosas, las que están en los cielos y las que están en la tierra, haciendo la paz (Colosenses 1:20). Creo que esto también incluye reconciliar las generaciones.
Históricamente las generaciones han estado en conflicto, y esto se proyecta hacia el interior de la iglesia. La generación de mis padres se desconectó de la generación de mis abuelos y mi generación no quiere estar cerca de la generación de mis padres; cada cual hizo su isla y así nos acostumbramos a vivir. Lo mismo pasa en la iglesia: cada generación de creyentes piensa que es la mejor cosecha de la historia y desmerita la siguiente reprochándole no ser como ellos (en oración, en ayuno, en santidad, en frutos o en celo cristiano).
La iglesia ya enfrentó anteriormente el problema y lo «solucionó» por la vía rápida en una movida casi salomónica. Que se haga una sociedad de jóvenes, así cada generación tendrá su culto y no entrarán en conflicto. Al parecer, las parejas también reñían, pues se creó una sociedad de damas y otra de caballeros. Los grandes olvidados fueron los mayores, nunca tuvimos sociedad de ancianos.
El siguiente paso natural, fue pasar de la sociedad de juvenil a la iglesia de jóvenes, con lo que cruzamos al otro lado del agua y quemamos los barcos. Cantaremos nuestra música, tendremos nuestra liturgia; ustedes, por su parte continúen con su himnario de gloria. Me quedé esperando la aparición de la iglesia de damas y las congregaciones masculinas, pero nunca llegaron. Lo que sí he visto son iglesias de niños, cuyo objetivo ha sido muchas veces simplemente sacarlos del templo para que no hagan ruido durante la hora del sermón.
No es mi intención desmeritar las iglesias de jóvenes. He conocido varios ministerios exclusivamente juveniles fructíferos y creo que siempre y cuando sea una visión de alcance puede ser relevante. Lo mismo con las iglesias de niños, he conocido ministerios infantiles preciosos y extremadamente útiles. Aún así, creo absolutamente necesario reconciliar las distintas generaciones de creyentes y fomentar una conversación entre ellas.
Darnos la espalda no puede ser la solución a nuestros problemas. Nos cansamos de predicar sobre la importancia de la familia, la comunicación en el hogar y la relación entre padres e hijos, pero la estructura tradicional de nuestras congregaciones no hace más que fomentar el problema por medio de la división. A menos que no nos veamos, nos relacionemos, nos toquemos el miedo y aprendamos a respetarnos los unos a los otros nunca limaremos nuestras asperezas.
La generación de mis padres tiene delirio de persecución. No tienen contacto con jóvenes porque piensan que serán rechazados —aunque nunca han hecho el intento de probar sus supuestos sobre el terreno—. Los jóvenes evitamos el contacto con ellos porque los creemos innecesarios: «podemos arreglárnoslas por nuestros propios medios».
Hay un anuncio muy interesante de la tienda de subastas Mercado Libre, dice: «Alguien tiene lo que tu buscas, alguien busca lo que tu tienes». Las generaciones anteriores tienen conocimiento —un tipo de sabiduría eminentemente práctica, adquirida en 30, 40 o 50 años de caminar con Dios— y experiencia; nosotros tenemos tiempo, fuerza e información. Si las damas y los caballeros no se siembran en los jóvenes por medio de una conversación relevante, nunca haremos el relevo generacional, siempre estaremos empezando desde cero. Nuestras generaciones son distintas, pero estamos conociendo y sirviendo a un Dios que no cambia; él se mantiene inmutable a través de los años.
Una iglesia preciosa no es aquella que tiene un departamento por cada generación, sino aquella, donde los ancianos cargan los niños, los jóvenes conversan abiertamente con los mayores y los mayores tienen la humildad necesaria para reconocer virtud en la generación de sus hijos. Cuando dejemos de darnos la espalda estaremos glorificando a Dios como una familia.