Hay un aspecto de la generación de mis padres que me venía dando vueltas en la cabeza desde hace mucho, pero que no encontraba como expresar. El jueves, en una conversación, escuche la siguiente oración que me dio luz: «la generación de nuestros padres fue una generación de buenos y malos».
Creo que esa es la expresión perfecta para explicar la idea, hace cuarenta años la sociedad tenia límites muy claros para dividir el lado de los buenos y el lado de los malos; los que estaban bien de aquellos que estaban mal. En realidad no existían los malos, pues solo había dos polos opuestos; la sociedad era una recta numérica donde ambos lados se creían positivos, el negativo eran un lugar coyuntural habitado por todos aquellos que no pensaban como yo.
Por un lado estaba la izquierda, con sus ideas extrañas —vistos así desde el otro lado—, y por el otro la derecha conservadora con su visión retrograda —para los izquierdistas—. El radicalismo hoy es noticia, pero siempre ha estado con nosotros, es más, los radicales eran los de antes. Las familias eran demócratas o republicanas; reformistas o perredeístas; pobres o ricas; blancas o negras; cristianas o ateas.
Ya ni siquiera en las familias se puede hablar de estándares. Antes los padres decían orondos «mi familia es reformista» o «mi hogar es un hogar cristiano». Hoy, hablar así sería mucho pretender. Es tan posible que un cristiano tenga un hermano que simpatice con las ideas de Mahoma como que un gringo aparezca en la guerra lanzando balas desde el lado Talibán, como ha pasado; o que una madre en su cuarto vea el Club 700, su esposo en la sala el juego de béisbol y su hija, en el suyo, esté peleando con su otra hermana: una quiere ver a Madonna en MTV y la otra a Walter Mercado. Todavía recuerdo los tiempos cuando solo había un televisor por casa y todos veíamos Sábado Gigante.
Hace un tiempo la cara de John Walker Lindh, un ciudadano americano capturado en la guerra de Afganistán peleando del lado de los malos —el lado Talibán era el lado malo según los gringos— cubría la portada de todos los diarios del mundo. Al ser interrogado respondió lo siguiente:
Soy un muchacho americano, criado con MTV; pero los muchachillos que veía en los anuncios de Pepsi, ninguno se parecía a mí. Busqué una luz que me sacara de la sombra y lo primero que me tocó el corazón fue la palabra de Mahoma, alabado sea su nombre. Si mi papi me mirara hoy, encadenado de los pies, no entiende que un hombre tiene que luchar por sus creencias, y yo creo que Dios es grande, si me muero, me llevará al cielo, como Jesús, que en paz descanse.
Un ciudadano americano casi de mi edad peleando en Afganistán en el ejercito contrario es un contra sentido para las generaciones anteriores, para la mía no es más que su simple elección. Hace cuarenta años sería imposible tolerar algo así, pero un ejército de voces, de las nuevas, se alzó a defender al «Talibán Americano». Escribieron canciones y hasta celebraron el triunfo cargándole el dado al presidente americano del momento; el cual es también coyuntural.
En las pasadas elecciones voté inverso al voto tradicional de mi familia, y eso hubiera sido una afrenta en otros tiempos. Realmente no quería votar, pero a media tarde encendí mi auto y llegué hasta el centro de votación. Cuando estuve frente a la boleta tuve varias opciones: votar por aquel partido por el cual tradicionalmente votaba mi familia, votar por otro partido supuestamente amigo del pueblo evangélico o doblar la boleta en blanco y depositarlo nulo. Decidí hacerlo a conciencia y voté —a tientas— por aquellos candidatos que me parecían mejores. Tanto el supuesto evangélico como el tradicional quedaron fuera, por lo menos en mi boleta. Mi voto fue mixto.
Antes éramos islas ahora somos un gran mercado. La sociedad de antes se manejaba en base a células aisladas: por apellidos, por posición económica o por ideología. Los ricos no se mezclaban con los pobres ni los católicos con los protestantes. Nos movíamos con cuidado entre islas con las que tuviéramos relación de confianza. Hoy el mundo solo tiene unas leves líneas sociales, casi difusas, por las que todo el mundo transita sin muchos miramientos al respecto. Como dice la canción de Serrat:
Hoy el noble y el villano, el prohombre y el gusano bailan y se dan la mano sin importarles la facha. Juntos los encuentra el sol a la sombra de un farol empapados en alcohol magreando a una muchacha.
La única diferencia entre esta canción y nuestra realidad presente está en que para Serrat la fiesta duraba una noche y para nosotros es el día a día.
Generalizar está mal visto. Antes las islas hablaban como si el mundo entero fuera su realidad, pues no conocían nada fuera de ellas mismas. Como la tierra se hace cada vez más plana es más posible que cualquiera pueda conocer dos, cinco o diez realidades distintas y que estas converjan en el mismo espacio y tiempo. Trabajo en una empresa con miles de empleados los cuales habitan en cientos de lugares diferentes y tienen tantas realidades, cosmovisiones e ideologías que se vuelve imposible hablar en términos genéricos. Estoy totalmente seguro de que así como para mí algo está bien, al mismo tiempo está mal para cientos de personas que trabajan a pocos metros de distancia de mi escritorio. Lo que para mí es una aberración puede ser lo más normal para mi vecino.
Ahora son públicamente aceptadas, celebradas y hasta bien vistas las parejas interraciales o del mismo sexo. Las grandes ciudades son un monumento a la diversidad, donde todo el mundo puede hacer lo que bien le parezca —aquello de «lo bien visto» es un asunto personal—. En días pasados estaba estacionado en el parqueo de una empresa y vi como una mujer pasó a recoger a otra y al abrirle la puerta del auto le dio un beso en los labios. Eso es un duro golpe a mis valores cristianos, pero si me quejó me responderán que cuando les destrocé el tímpano con mi megáfono, o les dañé la noche con mi campaña evangelística al aire libre, ellas no me golpearon, que las deje en paz.
En una discusión abierta sobre un tema como este, es muy probable que hasta quienes no estén de acuerdo con el lesbianismo se manifiesten en mi contra. Dice Jonathan Franzen en su libro de ensayos Cómo estar solo, que actualmente el derecho más apreciado por los ciudadanos es el derecho a ser dejados en paz. Bono, el líder y vocalista de la banda de rock U2, quien también es un fuerte activista social, muestra durante sus conciertos, en pantalla gigante, la expresión «Coexist» (coexistir) escrita ingeniosamente con la cruz del cristianismo, la estrella de David —judaísmo— y la media luna del Islam. Su discurso es ese: vive y deja vivir.
En mi generación no hay ideologías, solo hay puntos de vistas coyunturales, tan cambiantes y temporales como el pestañar de un par de ojos. Mi generación no es radical, a menos que se trate de reclamar su derecho a ser dejada en paz; es sumamente tolerante, individualista y muy dada a las comunidades locales. No creemos en buenos y malos. Para mis amigos los buenos pueden estar en cualquier sitio, en un bar o en una iglesia; y los malos en todas partes. A diferencia de la generación de nuestros padres, nosotros no vemos el mundo a blanco y negro o a escala de grises, sino con matices y a todo color.
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En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.