Todos mis amigos, en el otro lado del mundo, están esperando ansiosos el inicio del mundial. Aunque parezca imposible de creer, en esta media isla, República Dominicana, nadie patea balones, no conocemos el término «hincha» ni morimos por Maradona. Puedo contar con los dedos de una mano las veces que he visto a alguien con un balón de fútbol, y si caminando por a calle me encuentro con algo así, me parecería bastante snob.
La verdad es que «la pelota» —así le decimos al béisbol— es lo nuestro. En casi en cada sector hay play —así le decimos al estadio—, y si no hay, se improvisa. Hace años que no practico ningún deporte, el único ejercicio físico que hago últimamente es subir tres pisos por la escalera hasta la oficina varias veces al día, y que conste, que lo hago por temor a quedarme encerrado, nada que ver con la salud. Veré la semana entrante —creo que inicia el 9 de junio— si logro sintonizar algún juego y le tomo el gusto al asunto.