Uno de mis temas favoritos es el management, aunque trabajo en el área de tecnología, tengo más pasión por la gestión de organizaciones que por las computadoras. Hace unos años leí la fabula ¿Quién se ha llevado mi queso? Era el libro de moda en el momento, un libro sobre la reacción al cambio escrito por Spencer Johnson. Jonson, Ken Blanchard y Tom Peters escriben un género de management que casi raya en la autoayuda. Sería autoayuda para ejecutivos, y tiendo a evitarlo.
En fin. El libro cuenta la historia unos ratoncitos quienes despiertan un día con la sorpresa de que su queso ha desaparecido. La trama se desenvuelve en un laberinto donde los personajes intentan reencontrar su queso. El queso sería la metáfora de lo que queremos conseguir en la vida: una mejor posición en el trabajo, una gran familia o ¡un templo repleto de miembros!
El sueño de todo pastor, líder de jóvenes o presidente del comité de seguimiento es un templo repleto de gente, y ellos sobre la plataforma, contemplándolos en posición faraónica. Muchos miembros, colocados sobre bancos, en filas ordenadas, unos de detrás de los otros, sería su queso. Predicando el domingo pasado recordé el mencionado libro y tuve que citarlo. Los cristianos nos preocupamos demasiado por meter gente en el templo, por sentarlos en un banco y atemorizarlos para que vuelvan a sentarse el domingo. Cuando dejan de venir, nos alarmamos y nos preguntamos: ¿Quién se ha llevado mis miembros?
Colocamos los bancos en posición diferente, cambiamos el programa (si antes era: dos alabanzas, ofrendas y predicación; ahora es: predicación, ofrendas y alabanzas) o quitamos del coro la hermana que desafina, para mejorar la calidad del sonido. Esperamos; y no llegan. Cambiamos el personal de la iglesia, jubilamos los tres presidentes de sociedades y hacemos un nuevo comité de seguimiento para que meta presión telefónica. Esperamos; y no llegan. Nos paramos en el púlpito, gritamos y reprendemos la congregación por ser una congregación de doble ánimo y mandamos a pintar un letrero lumínico en una de las vigas del templo: «No dejando de congregarnos como algunos tienen por costumbre». Esperamos; y nada de queso.
Llegado a este punto tenemos tres opciones: o criticamos al pastor de la otra pecera a donde se fueron nuestros peces —si en verdad fueron a otra pecera—, despotricamos contra los programas de televisión dominicales o nos amargamos con nosotros mismos por ser un fracaso en el ministerio. Lo que nunca nos pasará por la cabeza es que el cristianismo, quizás, no se trata de meter peces dentro del templo como sardina en lata, sino de sacarlos. Últimamente he estado predicando un mensaje inversamente proporcional al grito pastoral del domingo: hermano, no invite sus amigos al templo, invítelos a su casa. Sea usted la iglesia (24 horas, 7 días a la semana) en medio de la gente.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.