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Entre peces

Este artículo es el punto central de una conferencia sobre evangelismo que quiero preparar. Además, creo que engloba completamente mi visión de lo que debe ser el cristianismo —la misma del libro de los hechos— y hacia donde quiero llegar.

PecesDebo tener más de quince años (empecé temprano) viviendo mi fe dentro de una pecera. Es bien cómodo estar ahí, en un ambiente seguro, sin peces rebeldes, la comida caliente y personas que te cuidan. Casi todo es color de rosa; aunque tiene sus dificultades. Por citar algunas: poco espacio, sumamente monótono y repetitivo, los peces no nadan libremente en el lugar —sería una irreverencia—, solo se sientan uno al lado del otro y miran hacia la plataforma (como si fueran canguros); y sobre todo, se supone que yo debería estar trayendo otros peces a Cristo, no esperando que ellos se afilien solos a una la pecera.

Cuando Cristo estuvo entre nosotros vivió entre peces. El maestro no fue tonto, no se acuarteló en una sinagoga a convencer al convencido; Él caminó entre la gente, fue a sus casas, comió con ellos, los miró a los ojos, los tocó y cargó sus niños. Sí, de vez en cuando fue a una pecera —a una sinagoga—, pero ese no era su logar habitual; su lugar habitual eran las calles, los montes y las casas.

Mi punto es el siguiente: a menos que los cristianos estemos en extinción, no hay necesidad de mantenernos en cautiverio, alejados del mundo. Cuando alguna especie corre peligro, los científicos la toman, la ponen en una jaula, la estudian minuciosamente y buscan la manera de fomentar su reproducción bajo techo y a puertas cerradas. Ahora, que nadie se llame a engaño, un ave en cautiverio no es un ave y un pez solitario en una pecera no es un pez; cuando una especie es sacada de su ecosistema natural se convierte en un simple objeto decorativo.

En la imágen: La jaula plástica. (29 de febrero del 2006)

Dentro de la pecera los peces se ven muy lindos, crean un buen ambiente en la sala de cualquier casa, pero están fuera de su entorno, una jaula de cristal no es su lugar natural. Lo peor que puede hacer un padre para fomentar en su hijo el amor por la naturaleza es comprarle un pez, debería llevarlo a ver el mar. En estos quince años de vivir en la pecera no he aprendido a amar a los no creyentes, sino, a cuidarme de ellos, a despreciarlos y a creerme superior. Sí, los de la pecera nos creemos superiores, pues tenemos comida segura, compañía obligada —al sentarnos todos en el mismo banco— y protección.

La pecera nos da la ilusión de ser mejores, de pertenecer a otra clase o estar en un nivel más alto que los otros peces. Si por cosas del destino un pez de la pecera se ve entre peces salvajes, no cultivados, de los que viven en el mar y no van a la escuela bíblica, se asusta. El primer consejo que se recibe al llegar a la pecera es este: no camines solo por el mar, es peligroso; ni converses con peces salvajes, te contaminan. Sobre todo, recuerda siempre que eres superior a ellos, perteneces a otra clase social, estás domesticado.

Cuando un pez salvaje, sucio y con las aletas cansadas, entra a nuestra pecera por primera vez, todos, al mismo tiempo, le clavamos los ojos encima. Es como cuando un pobre entra a la cena de los ricos, se crea una tensión social, de un lado se siente miedo y del otro vergüenza. Cada parte quiere salir corriendo. ¡Sáquenlo! ¡Está sucio! ¡Ensuciará el agua de nuestra santa pecera!

Mi meta es vivir el cristianismo entre los peces y visitar la pecera de vez en cuando. Quiero conocer los peces salvajes, ir a sus casas, escuchar sus dudas, sus temores y sus necesidades. Después, quizas, puedo regresar a la pecera a contarle a mis hermanos las historias que aprendí en el mar, para que le pierdan el miedo.

No soy ingenuo, la mayoría de los peces de allá a fuera no vendrán a la pecera, pero tampoco el cristianismo se trata de vivir entre cuadro paredes, de cemento o de cristal. El reino de Cristo no se vive bajo techo, a puerta cerrada, se vive entre la gente, entre los peces salvajes, en alta mar. No fuimos llamados a repetir consignas de victoria dentro de un templo, fuimos enviados a proclamar las buenas nuevas del evangelio a los confines del mundo, a vivir entre peces como vivió Jesús. Sin pecera, pero con cardumen, nadando contra la corriente.

Mañana publicaré unas cuantas ideas para saltar al agua y no morir en el intento. Si quieren leer esto mismo con otras palabras, ven la serie Hacia el cielo en bicicleta.

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Rafael PérezRafael Pérez (Pastor)
Conoció al Señor en el Templo Evangélico de la 19 de Marzo (1989) —Azua—, sirvió durante diez años en la Iglesia de Lucerna (Asambleas de Dios) y como maestro en varias congregaciones de Santo Domingo. También ha trabajado para el Departamento de Publicaciones de las Sociedades Bíblicas Unidas (SBU). En Abril del 2008 comenzó junto a su familia y un grupo de amigos la Comunidad Cristiana PezMundial. Rafael es Administrador de Empresas y vive en Santo Domingo (República Dominicana) junto a su esposa Carolina.

Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com



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