Estuve leyendo el prologo del libro Avaricia, de Phyllis Tickle. Este forma parte de la serie Los siete pecados capitales, editada por Editorial Paidos. La autora presenta la avaricia como «la matriarca del clan de los pecados capitales», pero lo que más me interesó fue el prologo, donde presenta la religión con la imagen de un cable o cuerda de significado.
El cable tendría tres filamentos, una envoltura interior (imaginación común o compartida) y un revestimiento exterior o piel (la historia). Los tres filamentos trenzados serían los siguientes:
Dice:
Históricamente, la cuerda de significado —de la religión— sostendría la sociedad o a un grupo de gente durante décadas, a veces incluso durante siglos, antes de que debido a un cambio cultural o acontecimiento, la historia se quiebre o deshilache y la imaginación se vea afectada. Cuando se desgarran el revestimiento protector y la envoltura aislante, los tres filamentos, que siempre se distinguen aunque se hallen entrelazados, salen inevitablemente a la luz. Una vez que ha ocurrido, la cultura resultante a de volver a extraer cada filamento por separado de la envoltura y del cable, manipulando e inspeccionándolo a su antojo, para luego devolverlo al trenzado del cable, si bien esa nueva posición jamás será idéntica a la anterior.
La autora cita algunos momentos de ruptura, como el renacimiento, la reforma protestante o la ilustración. Se supone que ahora mismo estamos presenciando la recomposición de este cable por medio de un nuevo momento de ruptura: el postmodernismo. El reto de esta generación debería ser tomar nuevamente los filamentos, estudiarlos y trenzarlos para recomponer el cable.
Muy buen prologo. Espero después comentar un poco más, especialmente sobre el segundo y el tercer filamento: la materialidad y la moralidad.
Etiquetas:
Retroalimentación: Puedes usar el siguiente formulario para enviar cualquier pregunta o comentario sobre este artículo directamente al autor. (Ni tu comentario ni tus datos serán publicados.)
Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.