Recibo y leo más información de la que es humanamente posible procesar. Esta información me llaga por tantos medios diferentes que se vuelve inmanejable y con tanta velocidad que se convierte en ruido. El año pasado escribí dos veces algo al respecto, primero hablando de la forma en que aprendo y después sobre la forma anárquica en que archivo.
Me gusta leer y conocer, por placer y por utilidad. Pero este caos de información deriva en los siguientes inconvenientes:
El mejor libro que he leído sobre organización personal es el de David Allen, Organízate con eficacia, o GTD (Getting Things Done). Su punto principal sería dejar la mente vacía, quitarnos todos los pendientes de la cabeza y colocarlos en una bandeja de entrada, para ser procesado en el futuro. En otras palabras: funcionar más como un sistema de procesamiento de información y menos como un almacén mental de cosas pendientes por hacer o leer. Estoy desempolvado las ideas de este libro e intentando conseguirlo nuevamente (lo presté y no regresó). Iré compartiendo las ideas sobre organización personal que ponga en funcionamiento a lo largo de esta semana. A ver qué logro de aquí al próximo viernes.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.