La primera reunión de La Red fue un miércoles, a las seis de la tarde. Fuimos llegando por partes a la hora señalada. Subí las escaleras y entré a la galería de la casa de mi amigo, estaban él y cuatro personas más. Saludé, tomé una silla y me uní a la conversación. Al poco rato llegaron los demás. Solo faltó uno de todos los convocados. Ya era tiempo de empezar.
En la imágen: Noche de películas. Una de las actividades de La Red. Junio 25 del 2004.Nuestro primer día no fue muy extraordinario, nada fuera de lo común. Hacía menos de una semana desde aquella conversación, en mi casa, donde nació la idea del proyecto. No hubo reuniones de planificación, programas elaborados —para entretener— ni invitaciones a colores. El plan fue el siguiente: diez personas, una vez por semana durante una hora, solamente una hora. Anotamos unos cuantos nombres para invitar y acordamos hacerlo una sola vez, sin rogar ni presionar a nadie.
Si hubiéramos seguidos las formas acostumbradas, los preparativos para un evento como este hubieran sido los siguientes:
En resumidas cuentas, esto era la red: grupos de jóvenes que se reunían en las casas sin un objetivo muy claro. Orábamos los unos por los otros, conversábamos sobre los percances de la semana y compartíamos alguna enseñanza. Y comíamos, claro está, como todo buen cristiano, siguiendo el ejemplo de Jesús.
El asunto comenzó medio lento, pues casi todo era improvisado sobre la marcha y no había una descripción clara de lo que pretendíamos lograr. Alcanzar el crecimiento espiritual era una meta, pero bastante subjetiva. Entonces, a medida que pasaba el tiempo, las reuniones se tornaban mejor, ¡y mucho más desordenadas!
Tuve que dejar de intentar controlar el grupo por medio de un riguroso programa (oración, testimonios y estudio bíblico) para que las cosas empezaran a fluir. Los líderes siempre manipulamos el pueblo para no perder la sensación de control. No hay nada de espiritual en seguir una liturgia rígida, con el cronometro en la mano. Lo que pasa es que cuando así se hace, nos sentimos poderosos, en dominio, haciendo las cosas a nuestra manera. Actitud esta bastante carnal.
Las familias, cuando están juntas, no deben ser limitadas. Comen cuando quieren, ríen cuando les da la gana, y sobre todo, conversan todo el tiempo. Nosotros, la familia de Dios, parecemos aristócratas desabridos. Nos reunimos en templos elegantes sobre bancos de madera preciosa, a aburrirnos los unos a los otros con programas puntuales. Nadie conversa, nadie se mira a los ojos ni se toca, solo miramos al frente. Tan tiesos y rígidos como un cuerpo sin vida. Si alguien habla es reprendido: «Jehová esta en su santo templo, calle delante de él toda la tierra».
En la imágen: Una reunión de La Red. Junio 23 del 2004.Parece un sueño. Todos los integrantes de La Red llegaban temprano, alegres y sin necesidad de presión. Es incomprensible la cantidad de presión que tienen que ejercer los líderes de una iglesia para que la gente se integre a las actividades. Se pide por favor, se ruega, se apela a las emociones y hasta al temor. La verdad, es que casi nadie quiere estar aquí, y quienes están, no están por buenas razones. Entrar al templo para evitar ser dejado fuera en la segunda venida de Cristo no es muy cristiano que digamos…
En La Red no había urgencia por divertir a nadie, íbamos solo por estar ahí, participar era nuestra única expectativa. Yo tenía la responsabilidad de mantener caminando el culto del sábado, y era todo un trauma. Los jóvenes no asistían, y cuando lo hacían, llegaban justo al momento de la despedida —mi parte favorita—. Teníamos veinte comités distintos: seguimiento, bienvenida, música, dramas y muchos otros; pero ni con cien comités más lo lograríamos. Los de bienvenida llegaban para el cierre. Un evento especial, con refrescos y predicador famoso incluido, motivaba algo. Pero no siempre estaba el dinero para darnos ese tipo de lujos.
Otra cosa, en la red participaba todo el mundo. No había uno que se quemaba los sesos por entretener y una multitud que se sentaba expectante a ser entretenida. Todos disfrutábamos siendo parte de algo mucho más grande que nosotros mismos: la iglesia, la familia de Dios. Pero no solo disfrutábamos estar juntos, sino, que cuando fue pasando el tiempo, empezamos a sentir algo más. Ese algo, por ser casi un misterio, es hasta difícil de explicar. Fue lo que vivieron esos primeros cristianos que se mencionan en el libro de los hechos: una unidad de propósito, un querer estar juntos; todos, sintiendo una misma cosa.
Los sábados, el culto iniciaba a las siete y terminaba a las nueve. Siempre teníamos que empezar a las ocho y media con siete jóvenes haciendo una cadena de oración para matar el tiempo en lo que llegaban los demás. Era como si nadie deseara estar ahí. En La Red, llegábamos antes de la hora a cordada —seis de la tarde— y algunas reuniones se terminaron a las doce. El problema no era llamar a sus casas para que los jóvenes asistan, sino, llamar para dar una buena explicación a los padres de algunos —habían adolescentes— de la razón por la cual sus hijos llegaban a casa después de la media noche.
A este punto el problema no era traer gente, sino, evitar que vengan. Se había corrido la voz de que en esas reuniones hogareñas algo estaba pasando. Otros jóvenes preguntaban detalles del asunto, pero teníamos el firme compromiso de mantener el grupo solo en diez personas. Les decíamos que pronto iniciarían otros grupos, que tuvieran paciencia, pero no era suficiente. Algunos se colaban, llegaban temprano a la reunión y no había forma de dejarlos afuera.
Estoy convencido de que lo que mantenía la iglesia del libro de los hechos creciendo (en calidad y cantidad) no era un líder poderoso con la habilidad de mantener entretenida una multitud expectante. No eran las luces de colores, las voces afinadas o las canciones en un proyector. El secreto de la iglesia en el siglo primero es que experimentaban algo que nosotros hemos perdido, y ese algo es la iglesia misma. Experimentar ser la iglesia es mucho más que visitar el templo, cantar tres alabanzas, pararse a ofrendar, escuchar el sermón y volver a casa. Es reunirse de manera sencilla y espontánea a ser familia, a estar con los hermanos, cumplir los unos a los otros del Nuevo Testamento (ámense los unos a los otros, ayúdense los unos a los otros, tolérense los unos a los otros) y dar testimonio de nuestra fe en medio de la gente.
No teníamos un director de alabanzas, pero algunas veces alguien llegaba con su equipo de sonido a cuestas y una canción para compartir. Nos faltaba profesionalidad, pero nos sobraban las manifestaciones espontáneas de adoración. Además, cuando se comparte en familia, la calidad no depende de la destreza de un músico o la melodía de un coro de voces, sino, que disfrutamos lo que tenemos, porque es nuestro. Cuando los creyentes nos unimos como hermanos, sin la intención de divertir o impresionar a nadie, lo más importante no es tener profesionales infalibles, sino, siervos inútiles, pero con disposición de carácter y sinceridad de corazón.
Con los alimentos era parecido. Alguien llevaba unos litros de Coca-Cola —la bebida favorita de los cristianos— y otra persona podía aparecerse con galletas. Pero no era esto una pesada carga o sacrificio, sino, una manifestación espontánea de querer compartir con los hermanos. Varias veces no hubo nada que compartir, y tampoco hizo falta.
A las pocas semanas la voz había corrido tanto que se volvió imposible impedir que otros llegaran. Decidimos iniciar otro grupo. Hacerlo tampoco no fue ningún trauma. Dejé el grupo inicial reuniéndose solo —yo no era imprescindible— por unas semanas e invitamos otro número igual de jóvenes, tal como lo hicimos la primera vez. En la primera reunión de este segundo grupo tuvimos como quince personas —solo invitamos diez, rigurosamente—. No puedo compartir mucho sobre la experiencia de estos, pues solo los acompañé por dos semanas, dejándolos abandonados para volver a mi grupo. Ellos tendrán que contar su historia.
Hay otra cosa bien interesante, y es que cada nuevo grupo tenía un sabor diferente, una personalidad única. Llegamos a tener tres, y aprendían a reunirse por sus propios medios. Se ponían de acuerdo, hacían sus actividades y entre ellos mismos resolvían sus propios problemas. Una o dos veces me consultaron sobre algo, pero yo no tenía el control, ni siquiera del primer grupo. Yo era un miembro más, mi voz no era más fuerte que la de ninguno de mis hermanos.
Pasó el tiempo y terminamos desenredados, La Red volvió a ser solo hilo y nosotros volvimos a aquello de solo sentarnos en los bancos. Mis mejores amigos en la iglesia los conocí en la Red. Ya no nos reunimos semana tras semana, pero de alguna forma seguimos estando juntos: en una llamada, en una visita, o cuando nos encontramos en el templo. Nuestras vivencias en La Red siempre son un tema de conversación. Pero, a pesar de esto, todavía hay algo que esta en mí, y sospecho que también en muchos otros jóvenes: el recuerdo de que el cristianismo puede ser algo más que reuniones, algo más que actividades programadas con el cronometro en la mano. La sola sospecha de que esto que vemos el domingo puede llegar a ser algo más (más trascendental, más vivo, más significativo), me llena de esperanzas.