He estado releyendo —y reflexionando en— el manifiesto de cluetrain (tren de claves). Creo que esta es una muy útil lectura para todo aquel que esté interesado en el impacto que están causando las nuevas tecnologías en la iglesia. Aunque está más orientado a los mercados, es posible extrapolar las tesis de este manifiesto a la iglesia sin mucho esfuerzo. Paso a mencionar una de ellas y mis comentarios al respecto.
Primera tesis: Los mercados son conversaciones. Esta es bien fácil, pues el movimiento de la iglesia emergente hace rato que viene hablando de conversar. Es un punto que cae como balde de agua fría sobre la vieja escuela de liderazgo autoritario que tanto mal le ha hecho a la iglesia. El predicador de saco y corbata que se monta en un púlpito a gritar su bosquejo al auditorio está de capa caída. Tendrá que bajar de la tarima a sentarse junto a sus hermanos —en círculo, quizás— a aportar y recibir ideas. La predicación tendrá que ser una conversación abierta, sincera y humilde donde todos podemos ser corregidos instantáneamente.
Si alguien quiere saber hasta donde gritar es la norma actual en casi todas las congregaciones, que se atreva a levantar la mano en la santa hora del sermón. Sería una irreverencia, ese señor que está allá arriba no vino a conversar, sino, a sermonear. Además, si no tiene la respuesta para la pregunta hará cualquier cosa para quedar bien, hasta mentir, de ser necesario. Reconocer que no es una enciclopedia sería perder autoridad.
Los maestros de las nuevas generaciones serán más prácticos que teóricos, en vez de leer y gritar versículos estarán ayudando a sus hermanos a aplicar esas verdades a sus vidas. Tendremos que reconocer que no tenemos todas las respuestas y disfrutar junto a nuestros hermanos de un viaje donde conversando, quizas, encontremos algunas de ellas.
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En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.