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Extraño mi banco

Rafael Pérez 3 May 2006 : 9:55 am 552 Lecturas

BancosDurante aproximadamente mes y medio no pude asistir al templo donde se reúne mi congregación los domingos. Realmente quería haber estado, pero no pude. Está bien, eso no es totalmente cierto. Fue un respiro para mí no tener que asistir al templo los domingos, me sentía muy bien —inicialmente—. Pero a la tercera semana ya había algo dentro de mí que me hacía querer sentir ese objeto de madera donde nos sentamos domingos tras domingos: el banco.

Esto es raro, pues yo casi nunca me siento en un banco. Por lo regular, busco cualquier excusa para no usarlos. Salgo varias veces a tomar agua o voy a mi vehículo inexplicablemente a buscar algo que no olvidé. Salgo, abro una puerta o el baúl, saco cualquier cosa (un lápiz, otra Biblia o una menta) y regreso al templo. Espero encontrarme al llegar con la “desagradable” sorpresa de que alguien ocupó mi lugar. Otro recurso que me funciona es ceder mi espacio en el banco a alguna anciana, ¡o a las visitas! Soy el primero en ofrecer el mío cuando llega un amigo.

Este mes y medio de no asistir al templo acostumbrado me sirvió de mucho, especialmente, me hizo ver como funcionan mis genes religiosos. Los cristianos tenemos la religión metida hasta los tuénanos, esto es lo que nos hace calentar un banco los domingos, orar antes de consumir cualquier alimento y decir «que el Señor lo reprenda» cuando mencionamos al diablo —«que el Señor lo reprenda», ahora digo yo—.

No dejé de asistir durante ese tiempo para quedarme dormido, mi razón no era tampoco como la de esos cristianos pusilánimes que van a la oficina «el día del Señor». Estuve coordinando los programas de escuela bíblica dominical de mi congregación el año pasado, por lo que en 365 días fui el primero en llegar, para abrir el templo. Cuando terminé, en diciembre pasado, tenía acumuladas varias invitaciones a enseñar en otras congregaciones. Compartí tres talleres en una iglesia metodista, unas enseñanzas en Pedernales y otra en una iglesia de la capital. Todo esto, en día domingo.

Mi iglesia necesita de mí. Si yo no asisto, se verá un hueco en el banco, y eso es feo. Es feo porque transmite un mensaje negativo a los que si asisten: hay un miembro rebelde que está haciendo en este momento lo que tú también harías si fueras un poco más fuerte (dejar de asistir). Cuando me encontraba con los hermanos de mi congregación —en el culto de los jueves, regularmente— me decían cosas como:
—Hermano, donde estaba usted el domingo en la mañana.
Yo ponía mi mejor cara y trataba de explicarles la verdadera razón, amablemente. Aunque sospecho que muchos no quedaban conformes. En mi mente les contestaba:
—Donde usted hubiera querido estar el domingo a la misma hora… En mi casa, viendo TV, con el control en la mano…

Algunos hasta llegaron a pensar que me había descarriado o que molesto por algo me fui a otra congregación.

El primer domingo sin sentarme en un banco me sentí fenomenal, el segundo, bien y al tercero ya me hacía falta. ¡Gloria a Dios! Que beato, dirán algunos, pero esto no es cristianismo, es religión: el conjunto de tradiciones y prácticas que utilizamos para “creernos” más cerca de Dios. Ya que no estuve esos días viendo TV en casa, sino, predicando en otras iglesias, debería sentirme bien. Es más, en algunas ocasiones hasta me senté en otro banco, o mucho mejor, me paré detrás de un púlpito de madera. Pero esos no eran ni el banco ni el púlpito de mi congregación, y ellos me hacían falta.

Es triste, pero la mayoría de los cristianos no nos sentimos parte de la iglesia, la familia de Dios, sino, parte del templo. Somos objetos funcionales y decorativos, como los púlpitos, las puertas o los vitrales. Nos reunimos los domingos y junto a los bancos y nuestra ropa de domingo nos convertimos en objetos. Al final, alguien pronuncia el último amén y nos paramos del banco para ser iglesia (familia) —esto sí lo disfruto— por unos diez minutos. Nos reímos, nos saludamos, nos miramos a los ojos y conversamos. Durante ese corto tiempo parecemos de verdad que somos la familia de Dios. Entonces regresamos a nuestras casas, y guardamos la ropa de iglesia hasta el próximo domingo, cuando junto a ella y nuestro banco, volveremos a ser solo un número, objetos que ocupamos un lugar en el espacio del templo.

No quiero ser parte de un banco, naturaleza muerta, es mi deseo formar parte viva de la iglesia, la familia de Dios. Pensando en esto, escribí la siguiente expresión, la cual resume este punto de vista:

Es mejor ser parte de la familia que ser un objeto más de la casa. Deja de competir con los bancos, sé parte viva de la iglesia.