El viernes pasado concluí el cuento en siete partes sobre Brian, el joven misionero. Terminó llamándose Corazón de misionero. Ha sido una gran experiencia de aprendizaje esto de escribir a diario un capítulo de la historia, pues no soy un ejemplo en lo que a disciplina o constancia se refiere. Me vino bien.
A principio de este año estuve conversando sobre un proyecto hipotético con Eliana Gilmartin, escritora argentina —también pastora— que de vez en cuando me da una mano (corrigiendo mis garabatos o pasándome un buen consejo). El proyecto era algo medianamente grande. Escribí un capitulo y terminé dejándolo a un lado, engavetado. Comprendí que escribir y predicar son cosas muy distintas. No se trata solo de armar un libro, sino, de hacer literatura. Y para hacer literatura se necesita más que una buena idea. Las herramientas de las que dispongo son en su mayoría aplicables a la predicación oral, no a la literatura escrita. Con sermones no se hacen novelas, ni cuentos.
Inicié en esto de escribir transcribiendo mis mensajes, consejo recibido en las clases de homilética del instituto bíblico. Pero estaba el inconveniente de mi forma de enseñar. Eso se transcribir funciona bien para lo predicadores bautistas, con sus sermones expositivos de punto numero uno, punto numero dos y punto numero tres; introducción, conclusión y está listo para entregar. Yo no puedo predicar así. Los latinos, especialmente los jóvenes, se duermen con ese tipo de sermones. Trato de enseñar por medio de la conversación informal. El mayor reto que se me presenta cuando me invitan a una iglesia es primero evitar usar una corbata —a veces no lo logro y termino amarrándome el cuello—, y después, olvidarme de los bancos de madera y ver los ojos de la gente. No puedo poner voz de locutor de FM o tono lúgubre, trato de vestir y hablar como lo hace mi gente, y siento que así ellos me entienden.
Si intento transcribir una de mis enseñanzas (ya lo intenté) terminará siendo un hibrido entre literatura mediocre y lenguaje informal. El único libro basado en sermones que me ha gustado es Discurso a mis estudiantes, de Carlos Spurgeon, pero eso es grandes ligas. Las enseñanzas de este predicador se basaban en ilustraciones y figuras literarias, convertir un sermón de Spurgeon en un libro sería sumamente sencillo. En cambio, he ojeado otros libros de predicadores que parecen un sobreesfuerzo por convertir en texto una voz que se resiste. Literatura es literatura, oratoria es otra cosa, no se puede jugar béisbol con las reglas del nado sincronizado.
Hay grandes oradores que pueden por medio de la voz crear historias, contar cuentos y elaborar complejas figuras de dicción, y les queda bien, sobre todo se le entiende, que es lo más difícil de lograr. Ahora, escribir un cuento, usando las letras, es mucho más difícil que contarlo, usando la voz. Volviendo al cuento de Brian, como casi todo lo que se aprende en la vida, amarré la historia por tanteo. Ese cuento es en gran medida un proyecto experimental. Lo que estoy intentando hacer es aprender a narrar, usar otro juego de herramientas. Quizás dentro de un tiempo me embarque en algo más grande, pero por ahora voy de a poco en poco, escribiendo para contar y también para aprender a hacerlo.
Ahí están los CDS o Casetes para los predicadores que no quieran aprender a escribir, yo lo seguiré intentando, pues le he tomado el gusto.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.