Ayer en la noche estuve terminando la introducción de una serie de artículos que pretendo iniciar. Ya que el tema de los mismos es bastante delicado, por decirlo de algún modo, estuve pensando en lo falible y cambiantes que somos todos los hombres. Quizás, en veinte años no me pueda convencer ni a mí mismo con los argumentos que actualmente sustento, pero de no sustentarlos ahora, principalmente en papel, tampoco me daría cuenta de mi error. Seguiría siendo tan ignorante como hoy. Al final decidí seguir escribiendo, pese a conocer está posibilidad, pues escribiendo y conversando se aclaran las ideas.
Por poner un ejemplo. De todos los artículos que escribí el año pasado solo he releído uno o dos, pero tengo la corazonada de que cuando lo haga me sorprenderé. Sin volver a ellos, presiento que muchas cosas ya no las veo como las veía entonces. Si eso es en menos de un año, que será de aquí a diez, veinte o a treinta.
En mis memorables discusiones con religiosos un apartado de especial importancia eran las particularices de sus líderes. Que si fulano dijo o escribió tal cosa en el siglo diecinueve o si sutano afirmaba lo otro. Es como si todas las palabras pronunciadas por un hombre fueran las inamovibles palabras de Dios. No somos objetos estáticos, no hay nada más cambiante que el corazón de los hombres. Cualquier persona puede pasar de la extrema derecha a la izquierda recalcitrante de un día para el otro, sino, pregúntenle a un tal Sáulo que en algún momento persiguió la iglesia y después ofreció su cabeza por la misma causa de sus perseguidos.
De algún modo, con cada letra que escribo voy cambiando, y mientras más lo haga más diferente seré, por eso lo sigo haciendo. Escribir aclara las ideas, y cuando nuestras ideas son iluminadas por el foco de la escritura gran parte de ellas terminan siendo reformadas. Es como si en cada oración que logro amarrar en el papel voy desatando algo dentro de mi cabeza.
Si para poner un grano de arena por el reino de Cristo fuera necesario hacer gala de infalibilidad o inamovilidad, todos quedaríamos descartados. He visto personas defender argumentos honorables y relevantes siendo refutadas por otras trivialidades que dijeron muchos años atrás, las cuales ni siquiera serían sustentadas por ellos mismos actualmente. A veces ni recordamos lo que una vez dijimos, por lo que cometemos perjurio sin proponérnoslo.
Ahora me causan risa las barbaridades que he soltado desde los púlpitos. Tengo varias anécdotas en este sentido, pues en mí se conjugan unos tremendos nervios al hablar en público con un grupo de referencias mentales sin confirmar —leídas o escuchadas en algún lado— que tarde o temprano terminan convirtiéndome mentiroso, o mejor, en un contador de cuentos. Soy bastante impreciso, le atribuyo a Eliseo los milagros de Elías y mal cito las escrituras constantemente —esto no es adrede, claro está—.
Un caso memorable fue aquella reunión de Damas donde prediqué por cerca de una hora sin abrir la Bíblia. Me moría de los nervios y pasé directamente al bosquejo volándome la lectura del versículo acostumbrado. En el siglo primero casi todos los creyentes así lo hacían —casi nadie tenía copia de las escrituras—, pero este argumento no fue suficiente para evitar la represunción de mi madre, quien me acusó, rumbo a la casa, de ser desordenado y confiar demasiado en mí mismo. El sistema nervioso me traicionó y me hizo irreverente.
Por permanecer innecesariamente tanto tiempo sustentando argumentos ya gastados o errados, es que terminamos siendo mentirosos e hipócritas. Ser hipócrita no es cambiar de posición, sino, permanecer predicando asuntos en las cuales ya no creemos por compromisos históricos. Quienes siguen avanzando en la misma dirección terminan siendo fundamentalistas y fanáticos. Ellos no están tan preocupados por extender el reino como lo están por cuidar de su buen nombre. Quizás la grandeza de un hombre no esté en ser irrefutable, sino, en sacar el pie temprano cuando se mete la pata.
Todos cambiamos, pero a fin de cuentas, en todo corazón hay un conjunto de ideas básicas o rectoras, ellas van saltando con nosotros a través de los años, de artículo en artículo y conversación en conversación, como si de atravesar un río utilizando piedras se tratara. Ellas, quizás, sean las únicas, a grandes rasgos, que no acompañen hasta el final. Nadie debe ser tomado textualmente o juzgado por particularidades, para aproximarse a las ideas de los hombres es necesario ver el gran cuadro.
El milagro de la escritura no es tanto la conservación precisa de las ideas en forma de palabras, sino, la función que desempeña al ayudarnos a seguir el hilo de nuestros pensamientos a lo largo de los años y documentar nuestras múltiples transformaciones. Escribo para moverme, pero también para saber que me he movido.