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Cristianismo eventual

Rafael Pérez 17 May 2006 : 3:13 pm 870 Lecturas
Este artículo es la segunda parte de esta serie de tres. Pueden leer la primera: Buscando algo.

CalendarioEsto es el cristianismo en el siglo veintiuno: una serie de eventos, concatenados como la pista de un tren, que nos mantienen haciendo algo actualmente y deseando otro algo mayor al mismo tiempo. No es filosofía, este punto es bastante simple, funcionamos de la siguiente manera: nos predican —alguna expectativa—, nos convertimos —mucha expectativa—, nos bautizamos —casi un éxtasis— y nos sentamos… Cuando llegamos al punto de sentarnos, sin ningún otro paso inmediato por delante, inicia el descenso.

Según los expertos en el crecimiento de la iglesia, en esto marcan la diferencia las iglesias en crecimiento (megaiglesias) con relación a las iglesias tradicionales, cuya matricula está estancada desde hace años: la pista del tren en las iglesias tradicionales termina con el bautismo, en las megaiglesias es mucho más grande, siempre hay un nuevo evento por delante.

Un gran líder de hoy es aquel que puede mantener la expectativa en la congregación, aquello de que «algo grande está por venir». La mejor iglesia es la que tiene los programas más dinámicos para entretener a sus miembros. Después del bautismo, hay que llenar el espacio, colocar otras secciones en la pista del tren para no aburrir, y aquí está otra de nuestras grandes debilidades actuales: en vez de compórtanos como una familia y aprender a pasarla bien estando juntos los hermanos de forma cotidiana en compañía de nuestro padre, nos comportamos como si fuéramos la audiencia de un gran circo.

Hace años libré una batalla con la televisión. Sabía permanecer desde la tres de la tarde frente a ese aparato y quedarme ahí hasta la media noche, con el control en la mano. Conocía de memoria la programación de cada canal, cuando terminaba un programa en uno saltaba para el otro y eso era mi vida: ir a la escuela y llegar a casa para ser entretenido por los programas que transmitía la caja de luz. Ese ritmo de vida no difiere mucho del cristianismo contemporáneo. Vamos a la escuela bíblica el domingo en la mañana y nos pasamos el resto del tiempo ante la gran pantalla de la plataforma. Si existe alguna diferencia, está en que disfrutamos los programas en vivo.

Algunos creyentes viven con el control en la mano. Escuchan las canciones en una congregación, salen corriendo hacia otra a escuchar el mensaje y participan en los programas de entre semana de otra. Me es difícil escribir esto, pero tengo que hacerlo: Antes de cambiar tu suscripción, de una iglesia a otra —como si fuera una compañía de cable—, asegúrate de conocer su programación. Que tengan programas infantiles, deportes —área de juegos—, música y buenos canales de noticias con comentaristas profundos —predicadores—. A este punto deberíamos ir pensando en hacer algo parecido a la TV Guide, con todas las congregaciones locales y sus variados programas.

No nos juntamos para ser familia, sino, para ser entretenidos por cantantes y músicos profesionales primero y un predicador experto después. Las iglesias más grandes del mundo tienen en común los tres elementos siguientes: buenos programas, buena música y un predicador entretenido. Ir a la iglesia es algo eventual, será tan significativo como se haya propuesto el creativo que hizo el programa.

Tu calidad cristiana es directamente proporcional a tu participación en los programas, según la medida actual. Un creyente fiel es aquel que asiste, y al mismo tiempo asiste para ver y sentir algo. En este punto tenemos que volver a leer aquella recomendación que tanto usamos para mantener la gente participando nuestros programas: «no dejando de congregarse como algunos tienen por costumbre». ¿Acaso se trataba de asistir para ser entretenidos o asistir por algo más? Más relevante y mucho más significativo.

Casi todos los libros sobre iglecrecimiento que he visto tratan de enseñar «a los pastores» como mantener «las ovejas» haciendo algo ahora, en el presente, y esperando algo mañana, en el futuro; y no me refiero precisamente a compartir hoy el evangelio y esperar mañana la segunda venida de Cristo.

La clave del iglecrecimiento es la programación de actividades entretenidas y llamativas; entretenidas para los miembros y llamativas hacia los ojos del mundo. Las congregaciones que implementan estas estrategias alcanzan un alto nivel de crecimiento por unos meses para terminar nuevamente estancadas. Cuando llega el estancamiento, es hora de programar otras actividades tanto o mas entretenidas que las anteriores.

Esto me recuerda una cita de Carlos Spurgeon, predicador del siglo diecinueve:

He observado congregaciones que han sido reunidas velozmente y grandes adiciones se han hecho de repente a la iglesia. ¿Y qué ha sido de ellas? ¿Dónde están esas iglesias en el momento presente? Los desiertos más lúgubres de la cristiandad son aquellos lugares que fueron fertilizados por el estiércol ostensible de ciertos avivamientos falsos. Toda la iglesia pareció haber gastado su fuerza en un arrebato y en un esfuerzo por buscar algo y terminó en nada. Construyeron su casa de madera y apilaron el heno, e hicieron una pila de rastrojos que parecía alcanzar los cielos, y entonces cayó una chispa, y todo se fue en humo. Y el que vino a laborar la siguiente ocasión, el sucesor del gran constructor, tuvo que hacer que se barrieran las cenizas antes de que él pudiera hacer algo bueno.

Un buen líder debe mantener el ritmo, manejar el arte de la orquestación; tener siempre la gente haciendo y esperando algo. En movimiento y expectativa. Una congregación bien administrada llega todos los domingos al templo esperando ver algo diferente: un drama, la iluminación, un nuevo programa, un chiste o al pastor luciendo una camisa de colores vistosos.

Este cristianismo eventual, basado en programas, es de alguna forma un paliativo para el aburrimiento. También convierte ese algo que todos buscamos y a todos nos hace falta en un conjunto de metas, alcanzables a corto plazo, por medio de cada nuevo programa. Es bastante entretenido y hasta menos individualista que el cristianismo tradicional.

Aun así, sigo pensando que ser cristiano debe ser amucho más trascendental que sentir algo, o participar en algún programa divertido; debería ser un algo superior, un algo que nos trastorne a nosotros mismos y a nuestro mundo como sucedió en la iglesia del libro de los hechos.

Pretendo concluir esta serie de tres artículos mañana, hablando del cristianismo cotidiano.